. Durante los últimos 25 años México ha tratado de “alinear”
su economía hacia estos objetivos (sin mucho éxito), de ahí que las reformas
estructurales sean tan necesarias y urgentes.
Bueno, estimado lector, lectora,
todavía estamos en fase de implementación y viene una gran prueba de fuego para
las economías emergentes, entre las más importantes (es ocioso decirlo) está
México.
Con
lo que está sucediendo en el mundo, particularmente con China, este es un
momento para incrementar la productividad en forma obsesiva. Si la economía
mundial no crece (se espera un lustro prolongado de ajustes), la única forma de
lograr crecimiento proviene de quitarle participación en el mercado a otro.
Esto sólo se logra con competitividad.
Después
de las fuertes caídas en los mercados accionarios internacionales, estamos
presenciando una recuperación que dice justificarse porque el ministerio de
finanzas chino anunció planes para acelerar proyectos de construcción y reducir
la carga fiscal corporativa. Eso es una gran mentira.
En
los últimos años, mi objeción principal al modelo económico chino proviene de
mi absoluto escepticismo a la posibilidad de que un gobierno pueda dictar
crecimiento, que tenga capacidad indefinida para establecer contrapesos a las
fuerzas del mercado. En la historia de la humanidad, no ha existido un Estado
con tal fuerza, por autoritario o inteligente que sea.
El
problema de generar crecimiento en base a crédito está en que cada vez se
necesita más. Se crea una pirámide invertida insostenible en la que la calidad
del crédito otorgado va siendo cada vez menor. Conforme crece el número de
deudores que deja de pagar, se van deteriorando los balances bancarios.
Esto
ha pasado en China. Pero, en un sistema bancario estatal que no responde a los
intereses de accionistas privados sino a los del gobierno central, los bancos
han estado más que dispuestos a acelerar el otorgamiento de crédito a deudores
que claramente no tienen capacidad de pago, prestándoles simplemente para que
tengan con qué pagar los intereses de lo que deben. Esa práctica no es
sostenible.
No
lo es por otro gran problema que se genera cuando se busca invertir con el
único objetivo de crecer. Idealmente, el proceso de invertir implica asignar
recursos al mejor proyecto posible, a aquel en el cual se logrará optimizar la
relación riesgo-rendimiento. Cuando el encargado de elegir dónde invertir es un
gobierno que busca maximizar empleo y crecimiento, se cae en construir grandes
elefantes blancos, ciudades fantasmas, e infraestructura redundante (El defecto
más notable de cualquier político). Por ello, el impacto marginal de cada
unidad adicional de crédito va decreciendo. En 2007, cada yuan de crédito nuevo
añadía 83 centavos de PIB. Para 2012 esa cifra se había reducido a 29 centavos,
y para el primer trimestre de 2013 ya eran sólo 17.
Sabemos
que China había decidido cambiar de modelo económico de uno que buscaba
maximizar inversión a otro que quería depender de mayor consumo local, conforme
fuera creciendo la pujante clase media. En ese “paso de la muerte”, cambiando
de un modelo al otro, el crecimiento se cayó más rápido de lo esperado. La
fragilidad de una dictadura se manifiesta cuando el factor que la legitima
desaparece, ese factor era el crecimiento, que permitió una mejora continua en
el nivel de vida de su población.
Tal
y como ocurrió en China, muchas economías emergentes crecieron en base a
crédito. Aprovecharon un entorno de tasas de interés históricamente bajas,
combinado con que sus monedas estaban históricamente fuertes, para construir
capacidad que les permitiera producción creciente de materias primas, como el
acero brasileño por ejemplo, para poder proveer a la insaciable demanda china.
Al detenerse ésta en forma súbita, ahora se topan con que tienen enorme
capacidad instalada potencialmente ociosa, una deuda cuantiosa y una moneda
devaluada.
La
tentación natural de esos productores será utilizar la capacidad creada para
vender, aunque sea con pérdida, con tal de generar flujo de efectivo que les
permita seguir amortizando su deuda y pagando salarios, con la esperanza de que
sean sus competidores en el mercado los que revienten antes, permitiendo así
una reducción en la capacidad total que permita que los precios se recuperen.
Ese
proceso será largo y doloroso. Por lo pronto, sabemos que la demanda que
proviene de economías emergentes será mucho menor en los años por venir.
Sabemos también que en muchos casos la oferta de bienes como el petróleo, por
ejemplo, excederá por mucho a la demanda. La presión deflacionaria generada por
esa situación hará un fuerte daño a la economía mundial.
Por
todo lo anterior, los ajustes que empezamos a ver en los mercados financieros
apenas empiezan. La capacidad de las empresas para generar utilidades se verá
fuertemente mermada por la debilidad de la demanda global y por el excedente de
oferta, en lo que van quebrando algunas empresas y se retiran del mercado.
Este
es un momento para incrementar la productividad en forma obsesiva. En un mundo
que no crece, la única forma de lograr crecimiento proviene de quitarle
participación en el mercado a otro. Esto sólo se logra con competitividad.
En
un entorno así, la corrupción es particularmente dañina. Lo es no sólo porque
encarece todo proyecto productivo y desincentiva a inversionistas potenciales
de asumir riesgo en el país en cuestión; sino también porque sesga la
asignación de recursos tratando de llevarlos a proyectos que maximizan la renta
de los políticos corruptos, y no a los que son prioritarios o hacen más
sentido.
Los
grandes cambios que vienen no se medirán en meses sino en lustros. Es
importante tener consciencia de ello. Hay una oportunidad para nuestra economía
y su estabilidad macroeconómica si se logran implementar correctamente las
reformas, ojalá no se equivoquen por ser año electoral.
@leon_alvarez