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También
merece la pena analizar si, como dice el Presidente, tenemos un problema
cultural de corrupción, el presupuesto base cero ayudará a solucionar el
problema de los diezmos, los moches y la asignación de contratos a empresarios
favoritos.
La
lógica de un presupuesto base cero es que exige que cada entidad que quiere
gastar, justifique ese gasto. Exige también ordenar cada posible erogación de
acuerdo a su prioridad. Se dice que los costos son como las uñas, requieren de
ser constantemente cortados. Eso es más evidente cuando se trata de gasto
público, pues el incentivo a gastar es infinito y el beneficio de ahorrar no es
suficientemente inmediato.
En
una empresa se evalúa el desempeño de la gerencia con base en los resultados
obtenidos. Se busca maximizar la diferencia entre el ingreso y el gasto,
obligando a cierta disciplina antes de realizar cada desembolso. Pero, también
influye en los criterios de inversión, provocando que se busque alcanzar la
mayor rentabilidad posible sobre los recursos invertidos. Exige también que se
elija qué proyecto es prioritario, ante la certeza de que los recursos a
invertir son, por definición, escasos. Sin embargo, un gobierno busca gastar
tanto como sea posible, pues su gasto es el ingreso de alguien más, quien
quedará agradecido por éste y eso se traducirá en lealtad y votos.
El
gasto clientelar no es un mal exclusivo de México, es un costo implícito en la
democracia, que se exacerba en entornos poco transparentes, donde la rendición
de cuentas no es cotidiana; sobre todo, cuando no se cuenta con instituciones
sólidas y donde el imperio de la ley no es norma.
Pero
ese gasto clientelar está reñido con un gasto público potencialmente eficiente.
Se habla mucho de que el gasto público no ha sido suficiente y que eso se ha
traducido en menor crecimiento. Me pregunto, sin embargo, si lo ideal no sería
que simplemente se gaste menos pero que eso se tradujera en una reducción en
las tasas impositivas.
El
gasto público nunca es una solución de largo plazo a problemas de crecimiento.
Si ese fuera el caso, no existirían países pobres en el mundo. El gran reto del
gasto público es cómo financiarlo, habiendo solamente dos alternativas reales:
hacerlo con crédito o mediante recaudación de impuestos. Ambas alternativas
tienen sus “problemas”.
Financiar
gasto corriente con crédito es suicida, tanto en el caso de un gobierno, como
en el de una empresa o de una familia. Si se trata de financiar inversión, el
gran reto es la eficiencia. Cómo hacer lo más posible, con los menos recursos
posibles. Cómo elegir proyectos que maximicen bienestar o detonen crecimiento.
Además, si se exagera en la contratación de crédito, éste se encarecerá, y ese
encarecimiento se reflejará también en el costo de crédito de las empresas
privadas, lo cual reducirá el número de proyectos de inversión económicamente
viables.
Cuando
se decide financiar gasto con impuestos, es importante considerar que cada peso
de impuestos que el gobierno recauda es un peso que se le está quitando a
empresas que usualmente podrían invertirlo con más eficiencia que el gobierno,
o a familias que podrían utilizarlo para consumir, beneficiando a quien les
ofrece un bien o servicio.
El
reto de un presupuesto base cero está en que para que funcione tiene que haber
una transformación coyuntural; incluso, implica un cambio de costumbre y
educación de los ciudadanos. Tiene que cambiar la relación entre burócrata (o
funcionario público) y ciudadano, la consciencia de que existe la obligación de
rendir cuentas por cada peso gastado pues los recursos provienen del
contribuyente. Es indispensable que el jefe predique con el ejemplo. Sin
embargo, entramos en la discusión de esta nueva forma de presupuestar cuando el
presidente decide llevar una comitiva de 440 personas a una visita de Estado a
Francia. Un viaje más en una serie de visitas cuya importancia no es oportuno
discutir, pero para las que pudo llevar a una cuarta parte de los acompañantes,
sin afectar en absoluto el resultado.
Pero,
más aún, cuando vemos que la administración del presidente Peña Nieto pone
énfasis en grandes obras como el tren México-Querétaro, el acueducto Monterrey
VI o el aeropuerto de la ciudad de México, daría la impresión, en el mejor de
los casos, de que buscan hacer obras llamativas, más que inversión estratégica.
Parece que el gobierno no tiene claridad sobre qué inversiones públicas
maximizarían el efecto multiplicador que proviene de detonar inversión privada.
Me pregunto si consultan a empresarios o potenciales inversionistas extranjeros
sobre dónde están los cuellos de botella, sobre qué les hace falta.
El
tamaño de nuestro gobierno es excesivo y su costo es obsceno; más, habiendo
tanta pobreza. Las estructuras existentes siempre buscarán parecer
indispensables. Un presupuesto base cero sería una herramienta útil si
cuestionáramos cada gasto, cada oficina, cada empleado, cada programa y cada
secretaría. Me temo, estimado lector, lectora, que ese no será el caso.
¿Para
qué plantear un presupuesto base cero si lo que da resultado es el gasto
clientelar? Soy de los pesimistas que solo ve un sentido político en ello.
En
México nos hemos resignado a que el funcionario público y cualquier político se
sientan dueños del dinero público y, por ello, merecedores de enriquecerse en
grotescos esquemas donde la corrupción es “su derecho” y rendir cuentas una
molestia prescindible. Pregúntele a Carmen Aristegui.
@leon_alvarez