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La
educación y el entorno social y cultural desempeñan un rol decisivo en el
desarrollo de las conductas violentas. Resulta más beneficioso y saludable para
una sociedad no aceptar la violencia de ninguna forma y promover una cultura de
valores, de respeto y de aceptación de las diferencias sociales.
La
violencia en todos sus grados tiene consecuencias múltiples y, por consiguiente
una gran repercusión en la salud mental, que puede derivar en depresión e
intento de suicidio y también, en muchos casos se utiliza como un arma de
dominación y control social. Una actitud violenta engendra más violencia y
aumenta el temor.
El Dr.
Etienne Krug, Director del Departamento de Prevención de los Traumatismos y la
Violencia de la O.M.S., señala que “la violencia no es inevitable, ni
constituye un componente intrínseco de la condición humana”.
Esto me
lleva a pensar que la violencia no forma parte de la identidad verdadera del
hombre.
Es
demostrable diariamente la influencia de los medios de comunicación en la
conducta agresiva de las personas, y en especial entre los más jóvenes. Un 78%
de la población adolescente y joven española piensa que las campañas de
sensibilización contra la violencia de género ayudan a concienciar a la
sociedad sobre este problema, y el mismo porcentaje cree que sirven para ayudar
a las víctimas a tomar conciencia de su situación.
Pero
existen también otras alternativas viables. Una de ellas es que las personas
violentas pueden encontrar en la espiritualidad el pleno sentido de la vida
porque ocuparse de lo espiritual determina lo verdadero concerniente a todos. A
través de ella se puede llegar a la comprensión de lo divino en acción. Es esa
espiritualidad basada en valores como el amor, la ternura, la compasión, la
solidaridad, lo que ayuda a disminuir los actos de violencia ocasionados por
manifestaciones de odio y rencor.
Un ejemplo
de violencia fue el de Sury Victoria Prieto de Guadalajara, México
que ante un acto abusivo trató de reconocer la inocencia de su agresor
afirmando verdades espirituales y enfocando al abusador como una idea espiritual y
verdadera que incluía pureza e inocencia y no podía dañar a otra idea
espiritual. De esa forma pudo calmar su temor y hablar con el joven sobre esas
ideas; él la escuchó, dejó de tocarla, le pidió perdón y se fue.
Responder
al odio con amor es una cualidad amorosa inherente al hombre y puede convertir
a cada uno en un verdadero instrumento de paz.
Mary Baker
Eddy, teóloga e investigadora de la salud y la espiritualidad, abogaba: “El
odio no puede horadar la paz ni penetrar la sólida armadura del Amor”.
¿Quién no
ha anhelado tener paz en todo sentido, o escuchado la frase “La paz está dentro
de ti”? Las personas luchan contra sí mismos porque no encuentran esa paz. Es
como si alguien tuviera un tesoro dentro de la casa sin saberlo y se pasa el
día mendigando, cuando tiene la solución a su alcance, dentro de sí mismo.
No se
trata de palabras, sino de acceder a esa quietud interna reconociendo la
naturaleza individual como enteramente espiritual. Es posible sanar la
violencia y experimentar la paz que reside en el corazón al comprender la
unidad que cada uno posee con la Inteligencia suprema y ser su expresión completa.
Dentro de esa Inteligencia no hay lugar para el caos y la violencia. Esto dará
dominio sobre cualquier tipo de impulsos y la salud no se verá afectada.
Estar
consciente en todo momento de la presencia y de la protección divinas es una
herramienta segura para prevenir la violencia y para una sociedad más
saludable.
María Damiani escribe acerca de la salud y el bienestar
desde una perspectiva espiritual y es Comité de Publicación de la Ciencia
Cristiana en España. Email: spain@compub.org Twitter: @compubespana Blog: http://saludyalegria.org