. Luego, con el
paso del tiempo, que nada perdona, y más en ciertos momentos, llegué
a dudar hasta de mi propia existencia, que la veía brumosa, casi
inverosímil, por la cantidad de cosas que se iban quedando atrás, y
que ya no sabía si eran reales o ficticias, imaginadas, soñadas o
vividas. A veces, para sobrevivir, me tenía que anclar en un
recuerdo, en una sensación, siempre en cosas etéreas. Y así, no ha
mucho, quizás para darle un toque de distinción, o justificar
aquello que no necesita de justificación alguna, reconocí ante un
amigo, que, tal vez, mi visión maniquea de Cicerón dimanara de la
película de Joseph L. Mankiewicz, Julio
César, película
en la cual, si no recuerdo mal, no aparece Cicerón, pero sí Deborah
Kerr, ¡qué mujer, Dios, qué mujer!
En
mis años mozos los personajes simpáticos y positivos eran, por
supuesto, César y Marco Antonio. Y lo siguieron siendo, para mí,
durante muchos años. Cicerón, por el contrario, era el personaje
abyecto, antipático y digno de todo reproche. Por supuesto que
estaba equivocado. Y hubiera seguido viviendo con ese error, a saber
los que llevaré metidos entre pecho y espalda, de no ser, en un
principio, por la obra de Lucano, Farsalia,
y
más tarde por otras varias lecturas.
Como
se sabe Farsalia
está dedicada, entre otras muchas cosas, a las luchas entre Pompeyo
y César. Luchas que van a terminar en Farsalia con la derrota de
Pompeyo. Pues bien, en un momento determinado, Lucano afirma que las
diferencias entre ambos contendientes eran mínimas por no decir
inexistentes: los dos buscaban lo mismo, hacerse con el poder. No la
salvación de la República, como era conocida desde la expulsión de
los reyes, aunque tuvieran que guardar las formas, sino el uso y
disfrute del poder, seguramente en beneficio propio.
¿Qué
papel jugaba aquí Cicerón, que era el personaje que a mí me
interesaba? Complejísimo para comentarlo en dos o tres líneas.
Máxime cuando, intrigado por el personaje, tuve la feliz ocurrencia
de leer las famosas Filípicas.
Lo
hice sin conocer a Marco Antonio, como no fuera por la película de
Joseph L. Mankiewicz, Julio
César, o
por la insufrible Cleopatra,
del
mismo director. Ahora bien, no me cabía en la cabeza que un autor
tan reputado como Cicerón fuese capaz de decir todas las cosas que
le dice al amigo de César. A veces me indignaban, pues creo que no
hay ni un insulto, por grueso que sea, que se dejara Cicerón en el
tintero. Nada lo detiene. Tampoco comprendía, desde luego, su
aferrarse con uñas y dientes al senado, la defensa a ultranza que
hace de este oponiéndose a toda reforma; y su machacona insistencia
en que él, Cicerón, sin utilizar las armas, salvó a la República
de un personaje tan nefasto como Catilina. Esto último lo repite
hasta la saciedad.
Es
posible, aunque no lo creo, que a lo largo del bachillerato y de la
carrera, oyera hablar de Catilina. Es posible, pero me parece que no.
Así que mi primer recuerdo de él, por extraño que parezca, va
ligado al siglo XIX español, y al nombre de Fernado Calpena, héroe
de la tercera serie de los Episodios
nacionales, de
don Benito Pérez Galdós. Este nombra a Cicerón en multitud de
ocasiones, pero es en el episodio titulado Mendizábal,
donde
se repiten los elogios una y otra vez, pues la Conjuración
de Catilina será
la obra utilizada por el reverendo don Narciso Vidaurre para educar a
Calpena. Para don Narciso, Cicerón es la expresión de la claridad.
Una y otra vez el cura también lo pondrá como ejemplo de claridad,
nitidez y estilo: Nihil
agis, nihil moliris, nihil cogitas quod ego non modo audiam, sed
etiam non videam. Cicerón
le está hablando a Catilina.
Parecía,
pues, dejando a este de lado, que el mérito de Cicerón como
escritor era indiscutible. Lo cual hizo que me siguiera intrigando
más y más. Tanto que terminados los Episodios,
y
algunas otras obras de don Benito, me volví hacia Cicerón. Tuve que
reconocer, cosa que ya no me molestaba, que un cura, aunque fuera en
la ficción, tenía razón: Cicerón escribe como los ángeles. Y eso
que leí las catilinarias en una traducción, muy buena, pero
traducción al fin y al cabo. Quedó pendiente mi deseo de leerlas en
el original.
Nadie que yo sepa ha discutido la
importancia de Cicerón como escritor. Cosa distinta es cuando lo
consideran como filósofo. Y fue por aquí por donde este buen hombre
comenzó a serme bien quisto. Tengo una mente que se obnubila ante
cualquier abstracción. Necesitaría, como el joven Törless, que
alguien me explicara, muy bien, la raíz de menos uno, cosa que
siempre me ha mareado, al igual que el lenguaje filosófico tan
rebuscado como artificial. Yo, amante de realidades concretas, era
incapaz de ir más allá de Platón. Cicerón me hizo dar un paso un
poco hacia delante, o eso creía. Pues no tardé en enterarme de que
Cicerón, como filósofo, era un mero divulgador, un voceras nada
original: adaptó la filosofía griega al latín, nada más; esa es
la conclusión final de quienes lo atacan: la total ausencia de
originalidad, de voz propia.
No
sé si este segundo paso me vino motivado por mí mismo o lo leí en
algún libro e enciclopedia; pero recuerdo que pensé que, en aquella
época, sin diccionarios ni gramáticas, traducir del griego al
latín, una lengua que algunos todavía sostienen que es una lengua
de agricultores, seguramente por aquello del collige,
o virgo, rosas,
traducir del griego al latín, repito, toda la filosofía platónica,
o buena parte de ella, no debió ser cosa baladí, ni muchísimo
menos. Y por otra parte, me encantaban, y lo siguen haciendo, las
obras de Cicerón, Sobre
la vejez, Sobre la amistad; y,
sobre todo, las Disputaciones
tusculanas. Eso
sí, seguía sin comprender sus posturas políticas, tan
reaccionarias, su eterno apoyo al Senado en contra de Catilina o de
cualquiera que atentara contra los inalienables derechos de la
aristocracia. No es que César fuera un héroe, pero él vio
claramente aquello que Cicerón, y el senado, se negaban a ver: no se
puede gobernar un imperio con el mismo sistema utilizado cuando Roma
era una aldea de pastores. El imperio romano se estaba
resquebrajando.
Todo
sistema político, como todo al fin y al cabo, lleva en sí el germen
de su muerte. Este se puede alargar mediante las armas, la represión,
la televisión y el cine, las trampas y las marrullerías; pero, a la
larga, como la serpiente, o como un cuerpo pálido sometido durante
mucho tiempo al sol en la playa, muda aquello que es mudable para
seguir viviendo.
La
sociedad romana, según me enteré después, en mis pesquisas
ciceronianas, era una sociedad muy jerarquizada. Cicerón era un homo
novus, un
recién llegado, aquel a quien siempre desprecian los puros por no
tener, como presumía Sancho Panza, tres dedos de enjundia de
cristiano viejo. A Cicerón no le hubiera servido el refrán
quijotesco: Sancho, Sancho, no con quien naces sino con quien paces.
Cicerón pació con el senado; pero, al parecer, jamás fue aceptado
por este: siempre sería el recién llegado. Estremecedor me resultó,
siguiendo con estas pesquisas, leer el discurso de Mario, otro homo
novus, reclamando
al senado, para sí, la jefatura del ejército a fin de emprender la
guerra contra Yugurta. Ahí ya está todo dicho: yo me he hecho a mí
mismo, viene a decir Mario; ellos, por el contrario, los nobles, nada
han hecho que no sea nacer en el seno de una determinada familia. Y
quizás por eso, por saberse unos inútiles, se cierran en banda, y
defienden sus privilegios hasta la muerte y más allá. Mario
sucumbirá, al igual que Cicerón. Los nobles añejos serán muy
cortos y poco inteligentes; pero tienen el poder y el ejército, y no
se andan con chinitas cuando ven peligrar sus propiedades.
La
ambición es lo único que, al parecer, no tiene límites ni fondo.
Hemos visto casos actuales en los que el corrupto ha robado tanto que
necesitaría tres o cuatro vidas para gastar todo aquello de lo que
se ha ido apropiando. Algo similar sucedía con los senadores
romanos: amontonaron tierras, propiedades, casas, algunos de ellos
hasta tres o cuatro, esclavos, valles y montañas, en tanto la plebe
se moría de inanición y tenía que esperar el reparto de trigo con
cargo al tesoro. Los Graco intentaron poner remedio a la situación;
pero, también, como los anteriores, fueron asesinados. Y todo, al
parecer, siguió igual. Hasta que se produjeron las disensiones entre
Marco Antonio, el sucesor de César, y Octavio Augusto, heredero de
César. Y el imperio dejó de ser una República. Entre tanto,
Cicerón ya había sido ejecutado. Antes de su muerte, sus enemigos
emplearon contra él todo tipo de subterfugios: lo acusaron de haber
hecho matar a los seguidores de Catilina sin haber sido sometidos a
juicio. Pura hipocresía. No hay más recordar las actuaciones del
Senado en la guerra contra Viriato y contra Numancia.
No
se puede juzgar a un hombre sin conocer su contexto. No recuerdo
quién, algún senador romano, creo, al ir a ser juzgado pidió que
los jueces fueran de su misma edad, pues de ser jóvenes hablarían
dos lenguajes diferentes, partirían de postulados distintos, y, tal
vez, irreconciliables. Sin duda tenía razón. Entre Cicerón y
nosotros han pasado unos cuantos siglos. Cicerón hablaba una lengua
distinta a la nuestra, y su época era diferente a esta en la que
estamos. No por ello Cicerón deja de ser comprensible, como
cualquier otro personaje. Quizás lo más importante para ello sea
despojarnos de nuestros prejuicios, y echar mano de nuestra
imaginación para “vivir” en su momento, y ser capaces, hasta
donde podamos, de meternos en su piel. Al fin y al cabo hay
situaciones que nos aproximan a todos, pues no han cambiado lo más
mínimo. Sentí una enorme simpatía por Cicerón cuando este, solo,
nunca más solo en su vida, llora la muerte de su joven y querida
hija. Por lo demás, tal vez Cicerón no viera nada más allá de
defender sus privilegios de homo
novus, que
tanto le habían costado lograr. Es posible que le faltara un toque
de humildad, de filosofía estoica, de la noción de que debemos
devolver aquello que tenemos todos de prestado, hasta la vida, y que
tenemos que dejar aquí. Aun así cuántas cosas por conocer y
comprender de Cicerón y de muchos más. Pensado en ello siempre me
viene a la mente el famoso poema de Borges, cito de memoria: “yo,
que tantos hombres he sido, jamás fui aquel en cuyos brazos
desfallecía Matilde Urbach”.
Ni
Matilde Urbach, ni Deborah Kerr, ni muchas otras, por supuesto.
Tantas cosas por comprender y entender; tantas mujeres que nunca nos
amarán, y tantas y tantas cosas que nos moriremos sin llegar ni
siquiera a vislumbrar. La vida misma: un pequeño circulito del cual
no podemos salir. Demasiadas limitaciones. Y eso que estamos hechos a
imagen y semejanza de Dios, dicen.
No hay más que pedir. Vale.