La democracia llegó para quedarse

Chile, en los últimos meses, ha vivido una activación de los movimientos sociales sin precedentes, que si bien pueden recordar a los años ‘60, ‘70 e incluso los ‘80, estos nuevos movimientos no están bajo el alero de ningún partido político institucionalizado.

 

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Son chilenos y chilenas que no están de acuerdo con la forma en la que se da acceso a la educación, que creen que todas las parejas tienen los mismos derechos y  que la Patagonia no debe tener represas. No están dispuestos a que el gobierno decida qué es lo correcto, y están preparados para movilizase pacíficamente de todas las formas posibles, a tomar las calles, los colegios, las embajadas, las sedes de partidos políticos y a invitar a todos a participar en acciones de todo tipo  – desde artísticas hasta ridículas- para llamar la atención de los medios de comunicación internacionales y nacionales, mostrando un extraordinario despertar ciudadano.

¿Qué significa esta nueva dinámica social para las fuerzas políticas de Chile? ¿Qué significa para el diseño de políticas en Chile?

En el papel, la democracia volvió a Chile hace 20 años, pero parece que solo hoy la ciudadanía ha resuelto que es ella la que deciden y que nadie puede decidir por ella.  La democracia, en su concepción clásica, es un proceso constante, impregnado en el quehacer de cada día, en cada ciudadano, y no solo en el simple acto de votar.  En este ideal democrático ya no basta con que los elegidos por voto popular argumenten a favor de una decisión; la ciudadanía exige que su opinión sea considerada.

Si bien esta forma de proceder de la ciudadanía se puede ver como un fracaso de los partidos políticos en representar, cristalizar y expresar el sentimiento ciudadano, conclusión que se derivaría en que la solución es un nuevo partido que represente el sentir actual, de esta crisis de representación también se puede deducir que lo que está pasando es una nueva forma de hacer democracia, donde el voto espaciado ya no es suficiente.

Esta crisis puede ser el fin de la democracia representativa como la entendemos de manera clásica y el potencial nacimiento de la democracia basada en la antigua virtud cívica, donde las decisiones se toman con la gente y no únicamente para la gente.

Esta es una fuerza nueva e increíblemente poderosa que, de no ser considerada, tiene un gran costo político para sus adversarios u oponentes, como lo han mostrado las cifras de rechazo al gobierno y a la oposición en Chile, las incansables acampadas de la civilidad en España o las violentas manifestaciones populares en Grecia. Visiblemente, quienes sean capaces de entender y canalizar estas visiones, serán los que puedan emplear esta nueva fuerza de manera constructiva en vez de luchar contra ella.

Esto tiene importantes consecuencias para la forma en la que se ejerce el gobierno y se administra el poder. La políticas que en su diseño no incluyan la participación ciudadana vinculante serán, sin duda alguna, una fuente de conflicto permanente y de gran costo político para quien sea que este en gobierno.

Hoy se encuentra en discusión los mecanismos de participación ciudadana en políticas ambientales y evaluación de proyectos con impacto ambiental en Chile. Esta es una gran oportunidad para incorporar estas nuevas fuerzas ciudadanas en un tema sensible como es el medio ambiente y comenzar a diseñar una nueva forma de hacer políticas. Si los actores de gobierno lograrán incorporarlas efectivamente es una pregunta abierta, pero lo que sí está claro es que la democracia participativa, preanunciada hace algunos años por las ciencias políticas, al fin llegó para quedarse.

UNETE



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