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Sobre el Bien y el Mal


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10/08/2015

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¿Qué se define por hacer bien y hacer el mal? ¿De dónde surge el “placer” de hacer el mal? En verdad no es placer, es resentimiento, egoísmo o quizás una terrible inmadurez.


El problema es cuando sí hay placer en el mal acto.

A partir del momento en que la religión se mezcló con la política se definió para siempre el concepto del bien y el mal. La figura de Dios se expandió y, aunque no diese el ejemplo con esos arrebatos y diluvios, se comenzó a precisar definitivamente el porqué robar, golpear o asesinar estaba mal.

Y con ello llegó el condicionamiento.

Una de las preguntas que surgen es, si uno nace ajeno a toda esta moral creada, ¿qué sucede? ¿Agredirá a otra persona sin inmutarse con tal de comer? Bien le parecerá normal coger lo que vea aquí o allá o procreará sobre la mesa de una cafetería. Su moral no entiende ni de bien ni mal, sólo sabe de una cosa, la más primordial de todas:

Existir y reproducirse.

Sin embargo, con tal de llevar a cabo ese designio de los genes llegará a un acuerdo con la sociedad, más porque es mayoría y pueden acabar con su seguridad con facilidad. Una vez pactado, se adaptará a ser uno más y se ganará el pan como nos han dicho que se hace. Tendrá que saber y poner en práctica qué está bien y qué mal, lo que le llevará su tiempo. Alguna vez hará daño con sus acciones, pero se le podrá perdonar porque forma parte del grupo, lo que antes, cuando era un ser con exceso de instinto, no le era permitido ni perdonado.

Tras esta teoría quiero centrarme en el mal: el verdadero mal. ¿Qué es? ¿El placer de hacer daño y robar sin motivo? ¿El dejarse llevar aunque se cause la destrucción incluso propia? Hasta el Lucifer de los libros tiene sus motivos, interpretándose según el autor que sus actos surgen de la envidia, por enamorarse de Eva, o por parecerle injusto el sistema de Dios. El primer caído tenía sus motivos para hacer el mal, pero incluso algunos defienden que fue un punto de vista, por lo que puede ser relativo el bien y el mal en su ser. Fueron los milenios lo que terminaron de requemarle, poniendo incluso a prueba al hijo de Dios porque bien él también lo es, y como hermano mayor quiere dar una lección, sabiendo en el fondo que aún está atado a su padre y sus planes; para Lucifer nada ha cambiado nunca, y eso lo atormenta, le da una causa para ser el señor del mal. Su final más justo es provocar el mal adrede para que el bien pueda ser valorado como merece.

Aunque hay cosas peores que el demonio, y en parte porque son reales. Los psicópatas y sociópatas que llegan al extremo de matar podrían ser un ejemplo, pero en la mayoría de casos hay causas relacionadas con una enfermedad mental o una neurosis acumulada demasiado tiempo. Hay muchas buenas personas que matan de repente debido a que no podían más y la válvula de escape tuvo que ser la violencia. Pero, ¿y cuando alguien mata de forma gratuita? Los animales matan por sobrevivir, es su ciclo, y eso los convierte en los seres más inocentes de todos. Los humanos tienen un instinto similar, solo que han aprendido a domarlo. ¿Qué sucede entonces con quien mata y destruye porque sí y a conciencia? ¿De verdad pueden existir esas ideas? ¿Qué obtiene…?

Nada. Y es esa sensación lo que hace a uno pensar que el mal existe, mucho más que el bien.

Mirando la televisión uno descubre enseguida que lo que vende es el mal. El bien son sonrisas escuetas, pero el mal perdura en conversaciones más allá de los medios. Parece como si el humano, sobre todo antes de que existiese el concepto actual de moralidad, hubiese intentado huir de esa naturaleza. Siempre ha sido consciente de sus errores, y durante siglos ha ido confeccionando una clase de leyes de perfeccionamiento para negar la realidad que lo atormenta. Cuando se pasa de la raya lo niega, un sistema de defensa, y aunque lo acabe aceptando obligará al olvido a actuar. Crear un sistema moral no ha permitido ni logrado nada, y la esperanza de enseñar a las nuevas generaciones no sirve porque todos acabamos actuando por naturaleza incluso aquellos que obedecen las normas al máximo. Éstas no pueden tener el control, y eso que están hechas para ser cumplidas con facilidad… ¿no? Si es así, ¿por qué no podemos evitar desobedecer? Si sabemos que es por nuestro bien y por el de los demás, ¿por qué el sistema no es perfecto?

Las personas nunca hemos dejado de actuar igual desde el primer hombre. La diferencia ha sido las máscaras que hemos ido mudando para poder adaptarnos. Nada ha cambiado, y eso es abrumador si se piensa en frío.

Nunca ha habido bien o mal, sino un único concepto con nombre propio y que nadie quiere admitir. En el fondo sabemos que algo siempre ha estado ahí, y es lo único real que saco de todo esto.



Etiquetas:   Educación   ·   Reflexión   ·   Religión   ·   Ética   ·   Sociedad
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