. No voy a hablar de
todos y cada uno de ellos al completo, pues no es mi intención hacer
una crítica literaria de dichos libros, sino dar una opinión,
totalmente subjetiva, de algunos aspectos de los mismos.
Comenzando
por el más antiguo, Ab
urbe condita, LXI Periochas, de
Tito Livio, me ha llamado especialmente la atención el momento en
que Escipión el Africano llega a Numancia, se hace cargo del
ejército romano, y comienza el terrible asedio de la ciudad ibera.
Patéticas las palabras de Escipión, en traducción libre, de
prohibir a sus soldados matar a los enemigos cuando estos salieran a
forrajear, a proveerse de alimentos, pues cuanto más sean, dice,
menos les durará el trigo y el agua. Los iba a rendir por hambre, ya
que no podía hacerlo por las armas. Algunos numantinos, pese a todo,
murieron luchando contra el enemigo, imagino que ni podrían sostener
las espadas entre las manos; otros se lanzaron los unos contra los
otros dándose muerte mutuamente, y los demás, al parecer, junto con
mujeres y niños, se suicidaron. No hay ninguna descripción, tal vez
a Livio no le interesara, de las consecuencias de la hambruna y de lo
terrible de la situación, cercados y sin comida. No se dice nada
sobre mujeres, niños y ancianos. No se oye el llanto de ningún niño
pidiendo algo de comer. En el libro de Livio, historiador
nacionalista donde los haya, no interesa sino destacar la
inteligencia de Escipión, la vuelta a la férrea disciplina del
ejército romano, y su espectacular triunfo. Las personas no cuentan.
Y menos si son bárbaros.
No
hace mucho estuve de nuevo en Numancia. Allí, y antes de que
entraran varios grupos de turistas, conducidos por un guía
disfrazado de legionario romano, solo, me pregunté, una vez más,
para qué tanta muerte y tanto dolor. ¿Qué sentido había tenido
todo aquello? No encontraba respuesta que me satisfaciera... Mal que
bien me contestaba a mi pregunta a través de la ambición de unos
personajes, y la falta de visión de otros. Significativa, en estos
tiempos que corren, la muerte de Viriato, traicionado por los suyos
por unas monedas. Al parecer trató de unificar a todas las tribus,
sin conseguirlo, para hacer frente a Roma. Y esta necesitaba tierras,
que nunca repartía. Por eso los senadores podían disfrutar de
tantas casas y villas en Roma, Pompeya o donde fuera. Y por eso los
legionarios viajaban tanto.
El
comportamiento de los romanos en Hispania tuvo muy poco de ejemplar,
si es que lo tuvo en algún lugar.
Pero la guerra, claro está, tiene su lógica. Y todo vale con tal de
ganar una batalla, o unas kilómetros cuadrados de tierra de
labranza, acompañada de sus correspondientes esclavos.
No
es nada dada la épica a fijarse en el sufrimiento humano. No es esa
su misión, sino cantar la fuerza del héroe, su irresistible empuje
en el campo de batalla, su valor y su esfuerzo. Comenzando por la
primera obra épica, que olvida el sufrimiento de los sitiados, habrá
que esperar a una obra tan terrible como Las
troyanas, para
imaginar, levemente, lo que supone, sobre todo para mujeres y niños,
perder una guerra, la de Troya en este caso. Muerte, humillación,
concubinatos con los asesinos de los maridos y los hijos y hasta de
los nietos. Pasar a ser esclavos, nada.
Antes
de la invención de la pólvora, de la artillería, las ciudades,
castillos o fortalezas, se rendían o por traición o por hambre. En
ninguna obra se describe esta terrible situación con la fuerza que
consigue hacerlo don Benito Pérez Galdós en Gerona,
uno
de los tantos episodios nacionales.
Patética
resulta la descripción que hace del hambre que pasan los niños, del
desaliento, de la desmoralización, y de la salida a la superficie
del más tiránico de los egoísmos: “En la batalla, la vista del
compañero anima; en el hambre, el semejante estorba”.
No se puede decir con mas sencillez.
Paseando
por entre las ruinas de Numancia, antes de que el legionario, seguido
por una tropa irregular comenzara su recorrido, me pregunté si no me
estaba planteando una pregunta equivocada: ¿Y tanta muerte y
destrucción, para qué, qué sentido tenía? No encontraba ninguna
respuesta satisfactoria como no fuera la ambición desmesurada, o la
cosificación del hombre, mucho mejor explicada por don Benito: “Don
Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino una cosa con que
rellenar los cementerios, y que, si no puede servir para batirse, no
sirve para nada.”
La
artillería del siglo XIX no era tan potente como para que una
ciudad, bien amurallada, no pudiera hacerle frente. Y en ese caso, se
recurría a la vieja arma utilizada en Numancia, al hambre. La cosa
llega a tal extremo en Gerona
que no por una rata, sino por una figurita de alfeñique dos personas
llegan a las manos y casi a la propia destrucción, tras una enconada
pelea sin más armas que las propias. En el último momento, sin
embargo, uno recupera el sentido común: “Quedéme paralizado,
dudaba si era hombre, reflexioné rápidamente sobre el sentimiento
que me llevara a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi
asombro, huí despavorido de aquel sitio”.
Desde
que leí los Episodios
nacionales, de
don Benito, nunca lo he podido evitar: Numancia, lo que queda de
ella, siempre me ha recordado a Gerona. Y las tropas de Napoleón,
aquel que quería llevar la revolución francesa a todo el mundo, a
las legiones romanas, que impusieron el latín, clásico o vulgar,
con unos métodos muy poco ortodoxos pero muy eficaces. Siempre, no
obstante, me he quedado con las ganas de saber, y parece que esto es
imposible, qué pensaba un legionario romano de todas aquellas
guerras y hambrunas en las que estaba participando. ¿Se puede
aproximar a la mentalidad de un legionario el pensamiento de un
personaje del siglo XIX? “La mejor batalla del mundo, hija mía,
será aquella en que perezcan todos los soldados de los dos ejércitos
contendientes”.
Creo que no. Seguramente Escipión pensaría que tenía razones de
peso y de sobras para cercar por hambre a Numancia hasta rendirla; y
los numantinos y Viriato para luchar por sus tierras.
Con
la mentalidad de hoy, consideramos que la llegada de los romanos a la
península, así como la de los cartagineses, fue una invasión.
Ahora bien, ¿existía el concepto de tierra, patria o algo similar
en aquellos momentos? Si observamos el celo con el que los romanos
defendían sus lares, no queda la menor duda que existía el
concepto. ¿Y por qué no podía tenerlo un lusitano o un numantino?
Lo tuvieran o no, se vieron sometidos a unas guerras y a unas
situaciones verdaderamente bestiales. Y la diferencia que media entre
Numancia y Gerona, ambas sufriendo unas terribles hambrunas, pone
bien a las claras lo poco que avanza la humanidad. Eso por no hablar
de guerras más recientes, la guerra civil española, o la revolución
rusa, perfectamente retratada, desde este punto de vista del hambre y
de la necesidad, en el libro de Manuel Chaves Nogales, El
maestro Juan Martínez que estaba allí. El
maestro Juan Martínez sí que le da la razón al personaje
galdosiano: “Llegué a la conclusión de que, aproximadamente,
había tantas víctimas de los rojos como de los blancos. Era un
balance desolador, porque no podía uno inclinarse a ningún lado con
la esperanza de hallar un poco menos de ferocidad en algún platillo
de la balanza. Asesinos rojos o asesinos blancos, ¿qué más daba?
Todos asesinos.”
Algo similar iba a suceder en la
Guerra de la Independencia española. “La guerra de la
Independencia fué la gran academia del desorden”.
El ejército casi estaba desaparecido, así que los guerrilleros se
hicieron cargo de la guerra. Y ya se puede imaginar uno,
desmitificando la situación, lo que sucedió: “No me hable usted
de los guerrilleros, que si hay en la tierra plebe inmunda digna del
presidio, ellos lo son. Compónense las partidas de los asesinos,
ladrones y contrabandistas de cada lugar, con los más holgazanes,
que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar de aquí
a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey
Fernando tendría que colgarlos a todos para poder reinar en paz.”
Sabido es que los guerrilleros saqueaban los pueblos que antes habían
saqueado los franceses dejando a la población sin nada que llevarse
a la boca. Más hambre y desolación.
Todos ladrones y asesinos, pero no
todos pasaban hambre. Habla tanto de ella el maestro Juan Martínez,
durante la revolución rusa, que sólo por ello ya merece la pena
leer el libro. Y le da tanta importancia que fue ella, el hambre,
quien determinó la victoria: “Pero los rojos eran unos asesinos
que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos ahítos. Se
estableció, pues, una solidaridad de hambrientos entre la población
civil y los guardias rojos. Unidos por el hambre, arremetieron
bolcheviques y no bolcheviques contra el ejército blanco, que tenía
pan. Y así triunfó el bolchevismo. El que diga otra cosa miente; o
no estuvo allí, o no se enteró de cómo iba la vida.”
Los numantinos, por el contrario, fueron derrotados. Y muchas
personas, en Gerona, murieron de hambre.
Por
desgracia ni todos los días, ni todos los cursos, es posible llevar
a los alumnos a ver Las
troyanas para
hacerlos reflexionar sobre la guerra y sus consecuencias. Ahora bien,
gracias a las pizarras digitales, a los discos, y a las nuevas
tecnologías, les hice ver una película que no les gustó mucho por
lo que de revulsivo tenía y por no ser de aventuras. Hablo de la
película china Ciudad
de vida y muerte, de
Lu Chuan, director que, según parece, tuvo algún problema en su
país porque en la película hacer aparecer un japonés que es bueno,
o, al menos, no tan malvado como el resto de sus conciudadanos. Es
una película dura, muy dura. Rodada en blanco y negro, como toca.
Terribles
las escenas en las que las mujeres chinas, reunidas como un ganado en
una iglesia de la derrotada ciudad, se tienen que ofrecer voluntarias
al ejército japonés a cambio de alimentos y leña para sus padres e
hijos. Prostituirse, y en qué condiciones, para que coman sus hijos.
Terribles las escenas en que las sacan reventadas, muertas, desnudas,
a carretadas, ante la indiferencia de la soldadesca, que canta
alrededor de un piano. Creo que sobran los comentarios. Tal vez al
gobierno chino le interese mantener un recuerdo maniqueo de aquella
guerra para justificar el odio actual a su vecino.
Aquí,
en Hispania, y cito un último libro,
se mantuvo el recuerdo de otra guerra ganada, con su correspondiente
dosis de hambruna, con la que se justificó una larguísima posguerra
llena de odios y rencores, represión y muerte. Tratarían de
borrarla, parcialmente, y pasados muchos años, con aquella gran
mentira llamada la Transición. Esta la hicieron quienes ganaron la
guerra, o sus hijos. Y tal vez eso explique la miseria de aquellos
años y la hediondez de los actuales. En realidad en la historia no
existen los cortes radicales: unas cosas llevan a otras, y apenas si
varían estas de aquellas.
Este
muy bien documentado libro, apasionante, reconstruye los años que
van de 1962 a 1996. Aquí estaríamos hablando de otro tipo de
hambruna no menos seria que la anteriores. Y de los tejemanejes de
unos y otros por mantenerse en el poder, usurpado y mantenido tras
una guerra civil y una posguerra llena de sangre, plomo y tristeza.
Es un libro luminoso, con una ingente cantidad de información, y
nada complaciente con nadie. Si la gran cantidad de guerrilleros y
frailes en el siglo XIX, sirve, tal vez, para explicar aquello de
“¡Vivan las cadenas!”, quizás el mandarinato y la cacareada
transición, ni tan feliz ni tan gloriosa como nos la han querido
vender, sirva para explicar la miseria y la podredumbre de muchos de
los políticos y de las políticas de hoy en día, herederos de los
modos y maneras de los de ayer. Parece como, una vez más, si nos
estuvieran empujando a otra nueva hambruna. No es de extrañar, al
fin y al cabo, Vulpes
pilum mutat sed non mores. ¿Por
qué la política aquí siempre está alejada del más mínimo
sentido de la ética?
Se
puede leer un resumen muy completo de dicho comportamiento en
Historia de Roma, Theodor
Mommsen, Libro IV. La revolución. Editorial Turner, Madrid, 1983,
ps. 11 y ss.
Benito
Pérez Galdós, Gerona, XI
Ibídem
XIV
Ibídem
XIX
B.Pérez
Galdós, La batalla de los Arapiles, XXX
Manuel
Chaves Nogales, El maestro Juan Martínez que estaba allí,
Barcelona, 2010, p.216
Benito
Pérez Galdós, Juan Martín el Empecinado, V
Benito
Pérez Galdós, El equipaje del rey José, XVIII
Manuel
Chaves Nogales, El maestro Juan Martínez que estaba allí,
p. 221
Gregorio
Morán, El cura y los mandarines, historia no oficial del Bosque
de los Letrados. Madrid, 2014