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Pepe Goteras y Otilio


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22/07/2015

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Hay personas que convierten en mojiganga todo aquello en que ponen la mano. Benito Pérez Galdós, Cádiz.


Decir a estas alturas que la Unión Europea no está sabiendo resolver sus problemas es una obviedad: en el caso de Grecia, los griegos poco menos que se han tenido que vender como esclavos para que Europa les tienda una débil mano e intentar, así, salir de la endemoniada situación en la que se encuentran. El otro gran problema, que ya lleva tiempo coleando, y que no saben cómo solucionar, es el terrible de la emigración. Creo que nadie emigra por vocación o por conocer otras gentes y otras tierras. Y menos todavía si se tiene que jugar la vida en una travesía por alta mar metido en una barquita similar a las que usan los niños en las piscinas municipales.

Es verdad que los tiempos, las tecnologías, avanzan que es una barbaridad. Pues de pasar esto en la Edad Media, el fenómeno de la emigración, estaríamos ahora hablando de una nueva invasión. Quizás se hubiera alzado ya algún profeta, o varios, por aquí y por allá; y con la ilusión de llevar su fe allende los mares, hubiera lanzado a los excedentes de población a buscarse la vida en otros ámbitos. Tal cual, las cruzadas, el descubrimiento de América, César y las Galias, los árabes y Castilla, y lo que se quiera y desee. Pero estos tiempos no son aquellos. Y los que tienen la suerte, ahora, de desembarcar en Europa no tienen dinero ni para comprarse una navaja de Albacete, menos una espada toledana. Y ahora, por otra parte, no son las tropas de don Julián o don Rodrigo quienes los están esperando en el Gaudalete, sino policías y guardias armados hasta los dientes. Los emigrantes que llegan, llegan desnudos y sin líderes. Y sin más fe ni bandera que la de sobrevivir, que no es poco. Ni la honra de la Cava van a limpiar.

Hace ya algún tiempo que el Ministro del ramo, tan católico como lenguaraz, ante las quejas de varias asociaciones por el trato dado a los emigrantes que trataban de saltar las vallas con concertinas, propuso que esas buenas personas le dieran sus direcciones, y él les mandaba dos o tres emigrantes a casa, cuantos que quisieran. Seguramente el buen hombre estaba recordando aquella vieja campaña de la postguerra de ponga un pobre en su mesa. Sólo le faltó recomendarles a esas personas que vieran, antes, la magnífica película de Luis Buñuel, Viridiana, pues así sabrían que todo iba a terminar como el rosario de la aurora, incluida la foto con la cámara de Lola Gaos.

Pese a no hacer estas recomendaciones, el señor Ministro del ramo no debió recibir muchas peticiones, pues los emigrantes, en condiciones deplorables, han seguido y siguen llegando. Y la Unión Europea, que tan de acuerdo está en machacar a un país que no paga porque no puede, no sabe qué hacer con quienes tienen los bolsillos tan vacíos como las esperanzas. Pero, y no sé porqué, los políticos tienen que hablar de todo, y explicarlo todo y dar a entender que tienen soluciones para todo. Se parecen a aquellos viejos profesores, dicen que de la Edad Media, quienes tenían un miedo horrible al vacío, al no saber qué responder o decir ante cualquier pregunta. Y así llegamos al absurdo de que en la punta de una aguja caben 6.666 ángeles, dado que no son materia del todo, pero tampoco espíritu del todo. No cabe más sabiduría.

No hace mucho se propuso, ante el fenómeno de la emigración, bombardear los barcos que utilizan las mafias o los particulares para cruzar el estrecho o llegar a la isla de Lampedusa. No hace falta enviar barcos: creo que una escopeta de caza pueden hundir toda la flota. No debió gustarles la idea a algunos europeos, tal vez por guardar las formas: no vamos a bombardear a gente indefensa. Ahora bien, si a algunos no les ha gustado, a otros, por el contrario, parece que les atrae. Y así el señor Ministro del ramo de España ha recogido una comparación del parvus Nicholaus, quien dijo, pensamiento de altura formulado sin intentar elevar su pequeñez, que la emigración es como las goteras: se puede poner un pozal aquí, un cubo allá, una palangana acullá, pero el agua sigue penetrando en la vivienda. Lo que hay que hacer, así lo recomienda el sentido común, es tapar las goteras. Pero Grullo en acción. No hay más que hablar.

Ahora bien, dejando de lado, metáforas, comparaciones y símiles, qué quiere decir con eso monsieur Sarkozy, ¿que vayamos a los lugares de origen a taponar las salidas del agua? ¿Y cómo lo hacemos, invadiendo Argelia otra vez, resucitando al rey Leopoldo de Bélgica? ¿Bombardeando todas las playas africanas? ¿Dedicándonos a la trata de negros diciendo, de paso, que estos no tienen alma y jugando con ellos al tiro al blanco en tanto saltan vallas y concertinas? Le petit president no lo explicó. Sonrió, eso sí, y ahí dejó la perla de sus pensamientos, sin duda para que nos percatáramos de la profundidad de sus versos, que es mucha.

Llama la atención que el señor Ministro del ramo, tan español y tan católico él, llegó a afirmar que la caída del muro de Berlín se debía a la virgen de Fátima, ¿o fue a la de Lourdes?, utilice también esta gracia del parvus Nicholaus. Un hombre que ha sido capaz de condecorar a la Virgen, no le faltan méritos a esta, desde luego, debe considerar que los hijos de Dios, o del Espíritu Santo, y de la susodicha, no son sino los europeos, o los chinos, es decir aquellos que no saltan vallas ni van por los mares ahogándose y dando la vara. Por lo tanto hay que tapar las goteras. Cómo lo va a hacer esta pareja de cómicos, estos nuevos Pepe Goteras y Otilio, es un secreto muy bien guardado, que se pondrá en ejecución cuando lo consideren oportuno. Con un poco de suerte, con una de estas chapuzas a domicilio, se les cae el edificio y nos mudamos de casa. Y allí no tendremos porteros corruptos, ni ministros incompetentes, ni políticos necios y absurdos, ni sobresueldos, ni caja B, ni acémilas con corbata y sin ella... hasta reaparecerán los reyes magos, y seremos felices. Todo es cuestión de fe. Volerán las oscuras golondrinas...







Etiquetas:   Literatura   ·   Políticas Sociales   ·   Europa   ·   Emigración

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