Liberar la mente es posible: ¡di no al prejuicio!



Irreverente. Y mucho. Así ha sido mi cabello: desdeña los dictados de la moda, sin importar las suaves tendencias de la temporada primavera-verano, o los inquietantes dictados de la temporada otoño-invierno. En una y otra temporada, mi cabello reta a toda campaña publicitaria que invita a decir no al ya famoso frizz...

 

 

Y así como existen campañas publicitarias no sólo para alisar un cabello naturalmente rizado, sino también para reducir al máximo las dimensiones corporales, o para encajonar un estilo de vida en un carro o un zapato, he pensado que deberíamos esforzarnos por realizar una campaña personal para tener una cabeza libre de prejuicios... Porque, me pregunto: ¿qué importa que el ‘frizz’ esté ausente, si el diario actuar es gobernado por juicios anticipados, por estereotipos que impiden una sana comunicación e interrelación?

 

En más de una ocasión he sido testigo de una cruel actividad: el juicio de las personas por su apariencia. Cuando la conducta, vestimenta o forma de expresarse de otra persona es distinta a lo que creemos que debe ser, nos esforzamos por reforzar un estereotipo, dándole cabida, de forma casi inmediata, al prejuicio.

 

No es una tarea sencilla, desde luego: es una labor que corresponde por igual a formadores y formadoras, tanto en los hogares como en las escuelas. Sin embargo, para quienes estamos en edad adulta, considero que es una obligación analizar, responsablemente y con objetividad, la información que recibimos de los diversos medios de comunicación, en un ejercicio necesario para identificar esa intención (válida o no) de orientar nuestro pensamiento hacia lo que es correcto.

 

Es urgente, desde mi punto de vista, que volteemos a ver a nuestro alrededor para reconocer personas: no marcas, no modelos ni tendencias, simplemente personas. Personas con defectos y virtudes, con capacidades mayores o menores que las nuestras, con pensamientos e ideologías similares o quizá muy distintas a lo que defendemos o creemos, pero a final de cuentas, personas.

 

Y así, desde esa óptica, quizá seamos capaces de retomar una relación saludable con el mundo que nos rodea, sin tomarnos la molestia de etiquetarles. Si cuidáramos la forma en que nos relacionamos tanto como cuidamos el aspecto que lucimos, estoy segura que muy pronto lograremos una sana convivencia...no sé si libre del frizz, pero sí de los prejuicios. 



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Liberar la mente es posible: ¡di no al prejuicio!


Irreverente. Y mucho. Así ha sido mi cabello: desdeña los dictados de la moda, sin importar las suaves tendencias de la temporada primavera-verano, o los inquietantes dictados de la temporada otoño-invierno. En una y otra temporada, mi cabello reta a toda campaña publicitaria que invita a decir no al ya famoso frizz...

 

 

Y así como existen campañas publicitarias no sólo para alisar un cabello naturalmente rizado, sino también para reducir al máximo las dimensiones corporales, o para encajonar un estilo de vida en un carro o un zapato, he pensado que deberíamos esforzarnos por realizar una campaña personal para tener una cabeza libre de prejuicios... Porque, me pregunto: ¿qué importa que el ‘frizz’ esté ausente, si el diario actuar es gobernado por juicios anticipados, por estereotipos que impiden una sana comunicación e interrelación?

 

En más de una ocasión he sido testigo de una cruel actividad: el juicio de las personas por su apariencia. Cuando la conducta, vestimenta o forma de expresarse de otra persona es distinta a lo que creemos que debe ser, nos esforzamos por reforzar un estereotipo, dándole cabida, de forma casi inmediata, al prejuicio.

 

No es una tarea sencilla, desde luego: es una labor que corresponde por igual a formadores y formadoras, tanto en los hogares como en las escuelas. Sin embargo, para quienes estamos en edad adulta, considero que es una obligación analizar, responsablemente y con objetividad, la información que recibimos de los diversos medios de comunicación, en un ejercicio necesario para identificar esa intención (válida o no) de orientar nuestro pensamiento hacia lo que es correcto.

 

Es urgente, desde mi punto de vista, que volteemos a ver a nuestro alrededor para reconocer personas: no marcas, no modelos ni tendencias, simplemente personas. Personas con defectos y virtudes, con capacidades mayores o menores que las nuestras, con pensamientos e ideologías similares o quizá muy distintas a lo que defendemos o creemos, pero a final de cuentas, personas.

 

Y así, desde esa óptica, quizá seamos capaces de retomar una relación saludable con el mundo que nos rodea, sin tomarnos la molestia de etiquetarles. Si cuidáramos la forma en que nos relacionamos tanto como cuidamos el aspecto que lucimos, estoy segura que muy pronto lograremos una sana convivencia...no sé si libre del frizz, pero sí de los prejuicios. 




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