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El Hinduismo, en sus variadas
tendencias, nos sugiere que el ser humano es Dios, o una Parte de Dios. Las
escuelas esotéricas modernas que enfatizan el método del YO SOY, se esfuerzan
en demostrar que el ser humano si es Dios. Y procuran decretar realidades
subjetivas que se espera que se hagan realidades objetivas. En algunos casos
logran concretar sus deseos y esperanzas, en otros casos no.
El Vedanta insiste en que el ser
humano es Atmán, y que no tiene diferencia alguna con el Brahmán, o con el Ser
Absoluto. Y por eso los Swamis, hijos espirituales de Sánkara, viven dia y
noche repitiendo interiormente su mantram esencial. Aham Brahmasmi. Que traducido
significa: Yo soy El. O Bien: Yo soy el Espíritu Uno y Eterno.
Ese es el dogma fundamental de la
metafísica monista de Oriente. Occidente, en cambio, se ha concentrado más bien
en un proceso espiritual diferente. En la Teosis, es decir, el proceso de
llegar a Divinizar el alma, en llegar a Ser Dioses, y ulteriormente llegar a
Ser Uno con el Padre.
Era la meta de Pitágoras, de
Platón, del cristianismo primitivo, de los misterios egipcios y la meta de los santos. Hoy la Nueva Era nos dice que
llegaremos a ser Dios por Evolución, mostrando con esa afirmación una
ignorancia metafísica y teológica salvaje.
Y muchos, sin mayor análisis, y
con mucha ingenuidad, andan repitiendo esa cancioncita en diversos grupos de
buscadores en todos los ambientes. Y diversos libros de amplia circulación lo
refuerzan y, supuestamente lo prueban. Y es porque no han usado en profundidad
el instrumento fundamental de la búsqueda espiritual, que es la razón, pero la
razón bien informada, pues hasta los mejores computadores fallan si no se le
dan los datos adecuados para trabajar.
A santo Tomás de Aquino sus
alumnos le plantearon directamente la pregunta, si acaso el pensaba que el
hombre era parte de Dios. Su respuesta inmediata fue No. No es parte de Dios. Y
explicó por qué no lo era. Sus razones, magistrales, merecen una mirada atenta
de los hombres y mujeres que buscan la verdad.
No lo es pues Dios es UNO, no es
un Compuesto, no es un ente múltiple. Por eso no podemos ser Parte, pues El no
tiene partes. Es el Todo sin división alguna.
Además, el ser humano no es Dios
ni parte de Dios pues el Absoluto es Inmutable, es decir, no sujeto a cambios
ni a limitación alguna. Y tampoco sufre evolución alguna. Dios está por encima
del tiempo, y los procesos de cambio y de evolución son propios de las creaturas,
no del Ser increado.
En cambio el ser humano está
sujeto a cambios permanentes, sufre carencias, desviaciones, pecados,
elevaciones y caídas. Carece del ser permanente y de la inmutabilidad de Dios.
Nace, vive y muere, y sólo por ser la imagen de Dios, tiene la POSIBILIDAD de
hacer nacer en él la naturaleza divina por unificación con Dios, por gracia, no
por derecho. Esa es la glorificación, o la teósis de los griegos. Así la
naturaleza humana es Absorbida por Dios. Y vive en otro orden del ser. Ya no es
criatura. Ha pasado del tiempo a la eternidad y posee conciencia divina.
Dios, según Maimónides,
Aristóteles y Santo Tomás, no es un cuerpo, ni es el universo. Pues el cuerpo y
el universo con causados, no son causa de sí mismos. El hombre no es causa de su existencia, si lo fuera sería Dios. El
ser humano es causado por Otro como Causa Primera y por otros como causas
segundas o intermediarias.
Decir que el ser humano es parte
de Dios es un error tanto metafísico como teológico. Pero puede aceptarse la
frase como un acercamiento gradual a la Verdad, como una pedagogía para
conducir al ser humano hacia concepciones más elevadas, por ejemplo a decir que
Dios es el Espíritu de mi espíritu, o la Esencia de mi esencia.
Siempre que se entienda que esa
Esencia o ese Espíritu es el mismo detrás del espíritu de todos los hombres y
de todas las creaturas. Como el Yo trascendente y omnipresente detrás y por
encima de todos los yoes individuales. Así el yo individual es como un rayo del
sol divino, pero no es el sol. Al decir: “como”, indicamos que usamos un
lenguaje analógico o metafórico, que apunta hacia la verdad pero no es la
verdad completa. Es la diferencia entre mirar la luna reflejada en una pileta
de agua en la noche y no mirar a la luna misma.
En el rigor del pensamiento
teológico no podemos decir que Dios está “dentro” de nosotros, pues eso sería
circunscribir a Dios como un ser Espacial o sometido al espacio y el espacio es
una cualidad del universo material, no del espíritu puro. Lo mismo cuando
decimos que Dios es Grande. No puede ser grande ni chico pues no es un ente
espacial ni corporal. Solo son analogías pedagógicas para acercar al espíritu
humano a la idea de un ser ilimitado o infinito. Y desde luego hacer a los
hombres más humildes y conscientes de sus limitaciones.
Dios habita dentro de las
personas, pero también afuera de ellas, y también las trasciende. La Biblia y
el Bhagavad Gita nos informan sobre eso. Así san Pablo nos ilustra y guía
cuando nos dice: “Cristo en vosotros es la esperanza de gloria”. Lo mismo hace
San Lucas cuando nos dice que En Dios vivimos, nos movemos y somos. Ver:
Colosenses 1,27 y Hechos de los Ap. 17,28.
Como bien dice Paramahansa
Yogananda, “Dios es el Ser Interior del hombre, y la Única Vida del Universo
entero”. Pero debo agregar que es un Ser y una Vida No sometida a las
condiciones ni a los errores ni a los pecados de los seres humanos, pues es
inmaculado, un ser puro y acto puro, que traducido en lenguaje moderno
significa Conciencia Pura y Energía Pura.
Tampoco es correcto decir, salvo
como pedagogía del entendimiento, que tenemos una chispa de Dios dentro de
nosotros, no es una chispa, pues Dios es la llama entera, jamás dividida en
chispas. Y no solo por no ser un compuesto, sino porque la palabra chispa lleva
implícita la idea de la transitoriedad, de la impermanencia. Y Dios es lo
contrario, la Permanencia de su Ser y su inmutabilidad son sus cualidades
inherentes. Y se puede observar esa Permanencia e inmutabilidad en las leyes
naturales de todo el universo. Esas Leyes cósmicas son el Logos de Dios.
Así decía Heráclito. El logos es
la matriz de líneas ordenadoras del fluir de las fuerzas del universo, es el
Verbo o la Razón Cósmica. Una expresión del Ser Absoluto. Las leyes naturales
nos permiten conocer algo de Dios, su presencia como legislador inteligente.
Por eso decía San Pablo que podemos conocer a Dios racionalmente por medio de
sus Obras. Y espiritualmente lo podemos conocer por medio de la experiencia mística, como Luz Increada
y sin límites. O como la Palabra Eterna, que por venir de más allá del tiempo
nos puede revelar el futuro, como ocurre con los profetas.
En realidad sólo sabremos a
ciencia cierta si somos Dios el día bienaventurado en que nos veamos a nosotros
mismos como la Luz Infinita y no como frágiles creaturas sufrientes, pecadoras
y limitadas. A al 99,999 % de las personas les falta mucho, pero mucho, para
eso. Solo los Krishnas, los Budas y los Cristos vivientes saben eso. Esa es su
Gnosis sobrehumana. Ellos SABEN que son Omnipresentes, y que existen como Uno
con Dios desde siempre y para siempre. La evolución no existe ni ha existido
nunca para ellos. No son criaturas, Son el Creador mismo. Son el Ultra Yo, la Persona
Trascendente y Única que existe tras la pantalla cósmica de lo múltiple.
Por eso Jesús les dice a la
muchedumbre que lo escucha: VOSOTROS SOIS DE ABAJO, YO SOY DE ARRIBA, vosotros
sois del mundo, yo no soy del mundo. (Evangelio de Juan 8,23). Y otra parte del
mismo evangelio nos dice: El Padre y yo somos uno. Eso indica la distancia
entre los seres fenoménicos sujetos a evolución y al dolor, y el orden del ser
divino. Pasar de un orden de ser al otro no se logra por esfuerzo humano, sino
por Gracia. Por eso el mismo evangelio de Juan nos informa en su capítulo primero,
versículos 12 y 13: ” … más a todos los que le recibieron, a los que creen en
su nombre, les dio potestad de ser hechos Hijos de Dios, LOS CUALES NO SON
ENGENDRADOS DE SANGRE, NI DE VOLUNTAD DE CARNE, NI DE VOLUNTAD DE VARON, SINO
DE DIOS. Eso deja fuera la evolución. Pues ella es un esfuerzo en el orden natural, no en el orden divino de la
realidad.