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La ventana de mi habitación da a un
cruce de calles. Un poco más hacia la izquierda, fuera de mi campo
de visión, hay una gran rotonda. El cruce que hay bajo mi ventana
tiene dos sentidos, ambos con tres carriles cada uno. Están
regulados por sendos semáforos, que se coordinan con unos segundos
de retraso. El paso cebra, que enlaza con la calle que procede de una
amplia avenida con un largo parque, está situado al bies. Hace mucho
tiempo que las rayas del mismo están medio borradas. El sol lo
castiga con toda justicia. No hay ni un centímetro de sombra. El
único árbol que había, junto a uno de los semáforos, se lo llevó
por delante un coche cuyo conductor tenía mucha prisa por llegar a
casa de su novia.
Hace ya un tiempo, a media mañana,
un malabarista ocupa, con sus juegos, uno de los pasos cebras, el más
alejado de mi ventana, cosa que me permite observarlo mucho mejor. La
primera vez que lo vi, enfrascado yo en la lectura de un libro, fue
al levantar la vista del mismo. Mi primera reacción fue la sonrisa.
Observé, luego, que el chico, sombrero de bombín, nariz redonda y
roja, y pantalones ajustados, esperaba en el semáforo a que se
pusiera verde para los peatones. Entonces, en dos saltos, se plantaba
en medio del paso cebra, hacía una reverencia llevándose la mano
derecha al estómago, se colocaba una maza en la punta de la nariz,
se quitaba el sombrero, se lo ponía de nuevo, y comenzaba a tirar y
recoger las mazas. Nunca parecía tener prisa por terminar su
ejercicio. A veces le venía justo apartarse y dejar pasar a los
coches. Me daba la impresión de que no tenía mucho interés en
pasar el sombrero, o en recoger los posibles donativos. No obstante,
de vez en cuando, terminaba antes, y entonces sí, entonces, con el
sombrero en la mano, iba caminando por entre los coches. No sé el
dinero que recogería; no creo que fuera mucho. El hombre, sin
embargo, no perdía el sentido del humor, al menos aparentemente.
Saludaba a los niños que cruzaban el paso cebra, hablaba con los
ciclistas durante el breve descanso, semáforo en rojo, y algunas
personas le recogían las monedas que le lanzaban algunos
conductores.
Me quedé sorprendido la primera vez
que vi que se quitaba el sombrero, a veces va tocado con una gorra de
visera: está calvo; no completamente calvo, pues tiene pelo por las
sienes y por detrás de la cabeza. Eso me hizo sospechar que era
mayor. Y creo que le gusta lo que hace, o tiene mucha necesidad: lo
he visto hacer juegos malabares, siempre con las mazas, incluso bajo
la lluvia. El día que llovió, sin embargo, vino a buscarlo una
chica. Habló brevemente con él, y se fue tras ella no sin antes
dedicar una profunda reverencia, mano derecha en el estómago y
sujetando el sombrero, y la izquierda con las mazas, a sus últimos
espectadores a los que no les pidió nada.
Sentí cierta curiosidad por este
hombre. Bajé a la calle, y crucé por el paso cebra donde actúa él,
como si tuviera que dirigirme a algún sitio. Lo vi de cerca. Lleva
los brazos tatuados. Y pendientes y anillos en orejas y nariz. No es
nada joven. Nunca me han gustado ni los tatuajes, me resultan
repulsivos, ni esas anillas que se ponen en narices y cejas. Me
imagino que debe de ser un incordio cuando uno tiene que sonarse o
está constipado. Pese a todo esto, que me hizo sentir un principio
de antipatía hacia él, había algo, por encima de anillos y
tatuajes, que me atraía de este hombre. Y que me sigue atrayendo.
Vuelto a mi habitación, a mi
ventana, lo he vuelto a ver día tras día. Y creo que sigue sin
ganar en habilidad. Pese a su bombín, pese a lanzar las mazas sin
descanso, aun cuando tenga el semáforo en rojo para él, rara vez
consigue terminar una, digamos, actuación sin que una de las mazas
ruede por el suelo. Cuando sucede esto más de una vez, recoge la
maza, o las mazas, con un cierto enfado, saluda y se va a la acera
sin haber pasado la gorra. A veces, cuando todo le sale bien, es tan
feliz que se le pasa el tiempo y no se acuerda de pedir dinero. En
más de una ocasión me he preguntado si vive de estas breves
actuaciones, no creo que tenga trabajo dado a las horas que ocupa el
paso cebra. ¿Y está su honestidad por encima de su posible
necesidad? En estos tiempos que corren semejante actitud resulta
incomprensible. Días ha habido que, al salirle mal dos o tres
ejercicios seguidos, ha cogido las mazas, un tanto enfadado, y se ha
ido, supongo que a su casa, con su paso flexible y ligero. ¿Está
allí la mujer que lo rescató de la lluvia? No hace falta que diga
que está tan delgado como el negro tubo del semáforo que marca sus
intervenciones.
Pese a todo últimamente he dejado
de prestarle atención. Me hace daño: ni gana en habilidad ni pierde
en honestidad. Un ejemplo a seguir.