. Según he sabido, Guillen es un adolescente de San Pedro del Pinatar que sufre
distrofia muscular, y con ese anuncio se pretende que a través de SMS se done
el importe simbólico de un café para apoyar la investigación de las
enfermedades raras.
A primera hora
de la mañana –cuando todavía el sol no ha despuntado- y a última hora de la
noche –cuando todo el mundo duerme-, algunas personas salen de sus casas,
arrancan su coche y recorren cientos de kilómetros para deambular por
supermercados, colegios, bares, restaurantes y centros comerciales para recoger
tapones o pegar carteles. Aunque, por lo general, no conocemos sus caras porque
no salen en televisión -y lo que no sale en televisión no existe-, son los
padres de niños como Guillen, o como
Ana, Alejandro, Paula, Aitana, Nacho y otros tantos niños y niñas que sufren las llamadas
“enfermedades raras”. Sus nombres no nos suenan ni enviamos mensajes de apoyo
ni recogemos tapones porque no participan en Gran Hermano ni en Supervivientes
ni en ningún otro concurso de esos que tanto nos emocionan. Estos padres
combinan con muchas dificultades su trabajo con el cuidado de sus hijos, la
pegada de carteles y la recogida de tapones para alcanzar su propósito de
conseguir los 300.000 o 500.000 euros que se necesitan para que se investigue
sobre la enfermedad de sus hijos o para poder llevar a cabo una operación en un
hospital situado en la otra punta del mundo. Paradójicamnete, en muchos
ayuntamientos medianos, ese es el gasto de móviles al año.
Muchos de estos
niños, por lo general, no saben lo que es un parque, ni asistir al colegio con
regularidad, ni una pizza cuatro estaciones, ni una película en el cine, ni
unos patines en línea, ni la arena de la playa, porque se pasan la mayor parte
de su vida ingresados en un hospital. El azar, ese que nos puede señalar a
todos con el dedo, ha querido que padezcan una enfermedad poco común, y han
pasado de padecer una enfermedad rara a convertirse en niños raros. Viven acostumbrados
a estar rodeados de tubos, máquinas, respiradores, llagas y jeringuillas. Sin
embargo, siempre tienen una sonrisa en la cara Si la esperanza tuviese una
imagen en los diccionarios, sería esa sonrisa –si el heroísmo tuviese una
imagen, sería la de sus padres-. Sin embargo, a pesar de que los ojos de estos
niños son igual de luminosos que los ojos de cualquier otro niño, a pesar de
sus sonrisas y a pesar de que sus lágrimas tienen el mismo sabor amargo que las
nuestras, son raros. O poco rentables, que en una sociedad tan avanzada como la
que vivimos suele ser lo mismo. Por lo general, al margen de las ayudas de
entidades y fundaciones, este tipo de niños no tienen acceso a medicamentos que
ayuden a mitigar su padecimiento o a revertir su enfermedad, sobre todo porque
para la industria farmacéutica su enfermedad es tan poco generalizada que la
producción o el estudio de un medicamento no es rentable. Y lo que no es
rentable, no interesa.
Al final, cuando
uno lo piensa detenidamente, se da cuenta de que en realidad estas enfermedades
no son raras, y de que estos niños no son raros. La que es rara es esta
sociedad; esta sociedad que considera como algo normal que los estados y las
grandes empresas se desvinculen de este tipo de problemáticas; que considera
normal que la rentabilidad se mida en euros y no en sonrisas; que considera
normal enviar “salva a Belén Esteban” pero no “salva a Guille”; que considera
normal, en definitiva, que un padre o una madre cada mañana al levantarse tenga
que elegir entre el tapón o la vida.ME GUSTA EN FACEBOOKSÍGUEME EN TWITTERCONOCE MIS PUBLICACIONES