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Los idus de Marzo


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14/03/2015

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Pero ante todo es propio del hombre la diligente investigación de la verdad. Cicerón, Sobre los deberes

La primera obligación que impone la justicia es no causar daño a nadie, si no es injustamente provocado; la segunda ordena usar de los bienes comunes como comunes y de los privados como propios. Cicerón, Sobre los deberes





Hay personajes históricos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, y que van cambiando con nosotros conforme vamos madurando, o acercándonos, también nosotros, al final de la misma. No obstante, resulta difícil cambiar de opinión; y así aquel personaje que nos resultó simpático en un primer momento es difícil que adquiera características negativas por mucho que lleguemos a conocerlo un poco mejor, o por muchos libros que leamos sobre él. Resulta verdaderamente complicado olvidarse de aquel primer poso de simpatía. Es conveniente, sin embargo, desconfiar de él, y no dejarse llevar por odios ni por rencillas. Aquel sólo sirve para cerrarnos puertas.

Muy a menudo me he preguntado, dándome respuestas más o menos verídicas, más o menos convincentes, de dónde me surgió la simpatía por Julio César, y la antipatía por Marco Tulio Cicerón. También me he recordado, muy a menudo, que no se puede juzgar a un personaje del pasado con los supuestos del presente. No recuerdo dónde ni de quién, era un personaje romano, creo recordar, leí que llevado a juicio, cuando vio a los jueces, protestó: alegó que quería no jueces jóvenes, como los que le habían tocado en suerte, sino jueces de su edad, es decir, personas que partieran de sus supuestos, que lo entendieran, y lo juzgaran de acuerdo con ellos.

Resulta muy difícil, pasados los años, y los siglos, meterse en la mentalidad de un romano o de un griego de la época, y ver o juzgar el mundo según lo hacían ellos. Así no hay vez que no piense en la esclavitud que no se me pongan los pelos de punta. Imagino que debe de ser horrible estar bajo la potestad de una persona que puede hacer, con la otra, todo cuanto le apetezca o le venga en gana. Más de una vez me he preguntado, sin embargo, si para aquellas personas había tanta diferencia, como yo imaginaba, entre la libertad y la esclavitud. Quizás la única diferencia fuera el cambio de amo o de villa y pueblo. Cierto es que han llegado hasta nosotros documentos sobre el trato dado a los esclavos, o las crueldades cometidas contra estos. Algo, no lo olvidemos, que estaba totalmente asumido por todos. Lo cual, cierto es, no justifica dicho trato; pero tampoco lo presenta como una crueldad de unos cuantos. Porque cabría preguntarse cómo vivía el resto de la población, y cómo eran sus relaciones con sus patronos, capataces, o, incluso, con el mismo poder.

Resulta ilustrativo, al respecto, visitar ruinas y monumentos. Y surge, inmediatamente, la primera evidencia: cualquiera de nosotros tiene más comodidades y vive mejor, que el más poderoso dominus de la época de Nerón, por ejemplo. Por lo tanto, la diferencia no se debe establecer entre ellos y nosotros, sino entre un siervo y un señor de la misma época. Y aquí surge otra dificultad: no tenemos testimonios de ningún esclavo. Cierto es, no obstante, que se sublevaron. Sería suficiente con recordar a Espartaco. Y cierto es que, algunos, incluso llegaron a matar a su propio dominus, o a abandonarlo cuando lo podían haber salvado, como ilustra cuanto le sucedió al hermano de Cicerón, o a Larcius Marcedo1. Nada nos impide pensar que no se repitieron, con alguna frecuencia, hechos de la misma naturaleza. Ahora bien, estos hechos no cuestionaron la esclavitud en sí sino el trato dado a los esclavos. Lo cual, tal vez erróneamente, me ha llevado a pensar, muy a menudo, que quizás no hubiera tanta separación entre el esclavo y el libre. ¿Cómo se acabó entonces con la esclavitud? sería la pregunta inmediata. El proceso fue tan lento que contestar a esa pregunta supondría, tal vez, hacer una historia de la humanidad. Pues no hay que olvidar que ha habido esclavitud a lo largo y ancho de todos los tiempos. Y aun me atrevería a decir más: la esclavitud fue degenerando: no es lo mismo, ni de lejos, ser esclavo en la Roma imperial que serlo en una plantación de algodón, en el sur de Estados Unidos, en el siglo XIX. Claro, que entonces se dio un paso al frente: los esclavos en Estados Unidos eran sólo negros. Los romanos, al parecer, no tenían esos problemas: lo mismo les daban negros que amarillos, pálidos o sin colorear. Sin olvidar el gran papel que algunos de esos esclavos jugaron tanto en la vida privada como en la historia. Un esclavo podía ser un magister, y un esclavo fue quien tradujo la Ilíada del griego al latín. Ese mismo esclavo, Livio Andrónico, adaptó algunas tragedias griegas al gusto romano dándole una nueva dimensión al teatro romano que, según Tito Livio, nació en Etruria.

Hubiera sido muy interesante, metidos de lleno en la ficción, que Livio Andrónico, hubiese escrito algo así como las memorias de un esclavo. Seguramente tal planteamiento es impensable para la época. ¿A quién lo hubiera interesado lo que pensaba o sentía un esclavo? ¿Quién hubiese leído tamaño despropósito? Sin embargo, no lo debieron pasar nada bien: surge el recuerdo, inmediatamente, de las troyanas hechas prisioneras, esclavas, por los victoriosos griegos. Una reina, Hécuba, en cuestión de horas, pasa de ser señora a esclava, de ser servida a servir... No en vano los antiguos representaban a la diosa Fortuna de pie sobre una esfera.

Difícil resulta, pues, meterse en la mentalidad de aquellas personas, máxime cuando nos separan tantos años, tantas costumbres y gustos diferentes, y una lengua tan transformada cuando no distinta. Ahora bien, hay personas dotadas de un don especial, personas que tienen la virtud de acercarnos a épocas y personas remotas como si ellos mismos hubieran estado allí, y hubiesen sido partícipes y protagonistas de los momentos más importantes. Sirvan de ejemplo, por citar algunos al azar, las biografías de Stefan Zweig, sobre María Estuardo, Erasmo de Rotterdam, Balzac, Castellio, etc. Y la monumental historia de Roma de Theodor Mommsen.

El recuerdo de estos dos autores, a los que habría que añadir a don Benito Pérez Galdós, podría abrir un debate muy interesante sobre el estudio del pasado, y la enseñanza en las escuelas y en las universidades, pues llama la atención el acopio de materiales, el manejo de fuentes e informaciones que realizan los tres para escribir sus obras. Y en una época, siglo XIX y principios del XX en los que no hay ordenadores, Internet, móviles ni ninguno de estos artilugios que, innegable es, tanto facilita la labor del investigador. Que don Benito escribiera los Episodios y Mommsen la Historia de Roma sin ayuda de esto, y a la edad en la que lo hicieron, habla de su altura intelectual, difícil de alcanzar. Ahora bien, ¿fueron objetivos en sus apreciaciones? ¿Y lo somos nosotros a la hora de leer sus obras? A Mommsen, que no era español, le dieron el premio Nobel de literatura por la Historia de Roma. A don Benito, y al parecer por culpa de sus enemigos políticos, se lo negaron. La estrechez de miras de nuestros políticos siempre, salvo honrosas y breves excepciones, siempre ha sido proverbial. Sólo nos faltaba saber, y ya que de Roma hablamos, la utilidad que en Mérida se le quiere dar al viejo anfiteatro romano.

Mommsen, volviendo a nuestro tema, fue un claro admirador de Aníbal y de Julio César. Se nota en sus páginas, pese a la traducción: hay un pálpito de vida cada vez que aparece en escena Aníbal. Y hay el más profundo de los desprecios hacia Marco Tulio Cicerón. No creo, pese a que compartimos simpatías, que Mommsen sea objetivo en sus apreciaciones. Cierto es que el Imperio, en la época de César y de Cicerón, no se puede gobernar como la Roma Quadrata de los inicios, cuando reinaban los reyes o se establece la República. Y sí, políticamente, a Cicerón, aunque en otro orden de cosas, le sucede lo mismo que al Torquemada galdosiano o histórico: siempre tiene que estar demostrando que es noble y que no come cerdo. Pone Cicerón tanto empeño en hacer olvidar que es un advenedizo, un homo novus, que consigue lo contrario de cuanto se propone. Y es tan pesado recordando, falsamente, que salvó a la República de la famosa conjuración de Catilina... Ahora bien, todo eso no invalida la importancia de Cicerón como escritor. Quizás, como quiere Mommsen, no sea un escritor original, es cierto, y tal vez su importancia resida en ser un mero divulgador. Pero no olvidemos el contexto: reinterpreta a Platón, lo traduce, hace asequible la filosofía griega para los romanos, y gracias a él se va a extender por todo el occidente en una lengua, además, que va ser el modelo para futuras generaciones. No es poco cuanto hizo. Sus obras siguen siendo un acabado modelo de prosa, sus cartas son información de primera mano; y al lado de sus absurdas auotalabanzas queda el hombre, el padre que sufre por la muerte de su joven hija, quizás el gran amor de su vida. Con el paso de los años se me ha ido abriendo una profunda brecha hacia el hombre en tanto que, pese a mí, sigo despreciando al político.

Hablando el otro día con un amigo me decía éste que no siendo, él, nada ciceroniano de haber podido hubiese evitado los idus de marzo a fin de que no se produjera el asesinato de Cicerón. No pudo ser. Y como decía el propio Cicerón unos corazones de leones, con unas cabezas de chorlitos, acabaron con César en aquellos lejanos idus de marzo. Quizás a Bruto y compañía les faltó visión política, o valor. El valor, como todo, es relativo: enfrentarse a alguien en aquella época podía suponer la muerte, el exilio o la esclavitud. Se jugaba fuerte. Hoy el político, como los buenos espías, siempre tiene vías de escape. Quizás por eso se atreven a tantos desmanes y estupideces. Y a tanto desprecio, que no hace sino ocultar su profunda y ganada ignorancia. La última, como ya sabrán, es convertir el anfiteatro de Mérida en una pista de pádel. Ahora, parafraseando a Cicerón, tenemos cabezas de chorlitos en pechos donde no late nada. Como decía un lector de la noticia, tal vez lo próximo, en los próximos idus de marzo, sea hacer carreras de galgos en el Museo del Prado. Los Brutos no se han extinguido, hijo mío. Campan por doquier. Y con impunidad total.





1Plinius, Epistulas, 3, 14





Etiquetas:   Literatura   ·   Filosofía   ·   Objetividad   ·   Historia   ·   Esclavitud

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