Es la clase media, estúpido!

Un debate importante se ha producido en las últimas semanas, entre los analistas y los expertos de opinión, sobre lo que está provocando el descontento y la indignación en Chile. A los exitistas de la economía, que se frotan las manos con el ingreso per cápita y los índices de  crecimiento, les parece incomprensible que haya tanto descontento, en atención a las estimulantes cifras que señalan la creciente inversión y los guarismos que, supuestamente, despiertan admiración en el resto de América Latina.

 

. A los exitistas de la economía, que se frotan las manos con el ingreso per cápita y los índices de  crecimiento, les parece incomprensible que haya tanto descontento, en atención a las estimulantes cifras que señalan la creciente inversión y los guarismos que, supuestamente, despiertan admiración en el resto de América Latina.
A nivel de los analistas vinculados al gobierno, los centros de estudios y los expertos en encuestas, además de personeros de la ineficaz oposición, se ha establecido el consenso de que lo que está subyaciendo en el descontento es fundamentalmente la frustración de los sectores más pobres del país, que se sienten extremadamente postergados, y la receta es aumentar las políticas hacia esos quintiles.

Se repite el esquema de la actual clase política en cuanto a orientar las políticas paliativas hacia los más pobres, una especie de muletilla culposa que recurrentemente atravesó a la Concertación Democrática mientras estuvo en el gobierno (que tuvo su larga historia desde los días del debate entre los “autocomplacientes” y los “autoflagelantes”), y que ahora atraviesa a la derechista coalición que encabeza el Presidente Piñera.

Las formulas para resolver esa angustia respecto de “los más pobres”, llevó a la Concertación a impulsar distintas políticas sociales de relativo éxito o a transferir enormes recursos a instituciones de beneficencia con patentes de ONG, y al actual gobierno a promover la política de la gift card, expresada, por ejemplo, en el bono de salud implementado ante el incremento de enfermedades invernales, que supuestamente permitía ir a cualquier clínica privada a un enfermo pobre que no pudiera ser atendido en un consultorio público.

El caso es que los análisis dan cuenta y concluyen que, lo que genera el descontento, es la percepción de los más pobres frente a su condición rezagada ante los éxitos del modelo de crecimiento: es decir, una especie de despecho ante la riqueza desbordante, o de resentimiento ante los logros de aquellos que han sabido aprovechar las oportunidades. De que existe ese descontento, existe, pero no es lo determinante frente al actual estado de descontento.

Porque, cuando cualquier analista indaga con más realismo, encuentra que, efectivamente, entre los sectores populares existe un fuerte descontento, pero no entre “los más pobres”, ya que estos últimos están tan agobiados en la marginación y la postergación que no tienen la capacidad siquiera de reflexionar sobre la causa de los problemas que les afecta ni los medios efectivos parta demostrarlo. Las reglas de Maslow se cumplen perfectamente, ya que los más pobres en Chile están en la profunda base de las necesidades, y en ese contexto no hay análisis político, económico o social que pueda pretenderse. Simplemente, la cuestión está en conseguir un trabajo mínimo para sobrevivir o dedicarse al delito.

Es, a medida que los problemas básicos se resuelven, cuando empieza a manifestarse la reflexión, la indagación informativa y la opinión pública, y ello se hace más patente a medida que las condiciones básicas del subsistir, se alejan y se adquiere conciencia de los derechos. El trabajador proletario, el asalariado de los servicios o de la producción industrial, efectivamente ya tiene opinión y cuando se trata de personas de los niveles primarios de la clase media, esa opinión es mucho más concreta y específica.

Entonces, cuando surge la pregunta sobre quienes están marchando indignados contra el sistema en Chile, fácilmente, con un poco de agudeza se da cuenta que es nada menos que la clase media. Y es la clase media en todas sus variables, aún cuando es más intenso a medida que su ingreso disminuye.

No son los más pobres los que animan y se expresan en las llamadas “redes sociales”, es la clase media. Son profesionales, estudiantes y trabajadores con capacidad de cancelar las onerosas bandas anchas y con acceso diverso a Internet. Una trabajadora o trabajador que hace aseo en los edificios del fastuoso “Sanhattan” está en la economía elemental, y entre tener parafina para la estufa en el frio invierno y financiar el twitteo, dudo mucho que elija esto último.

Y los líderes estudiantiles que marchan contra el lucro en la educación y su desenfreno mercantilista, y quienes marcharon contra la política energética representada en los proyectos de Castilla e HidroAysén, y quienes repulsan los abusos producidos por una tienda del retail de gran fama publicitaria, son personas de clase media, en su amplia diversidad de ingresos.

Es la clase media la que está exasperada por un sistema que le sustrae los recursos y que beneficia de modo extralimitado a los grandes empresarios. Sostienen el sistema tributario con sus impuestos, mientras las grandes ganancias tienen un trato preferencial. Sostienen el funcionamiento del libre mercado con su consumo, pero el sistema no se satisface con ello, sino que les extrae todo lo que pueden con intereses altos, con tarifas excesivas (todos los servicios básicos en Chile están entre los más caros del mundo o similares a países con precariedad de recursos naturales), con costos que resultan difíciles de afrontar.

El sistema de salud es un enorme negocio, que se incrementa en sus costos año a año, ante el avance de la edad del imponente de clase media. La educación constituye un negocio óptimo con niveles de calidad deplorables, y es una barrera a las oportunidades que permiten precisamente consolidar la condición intermedia, lo que reciente a los sectores de menor ingreso y más volubles a los vaivenes económicos y que se sienten efectivamente parte de las clase media.

Es la clase media, que en sus segmentos emprendedores, debe soportar la rapacidad de los monopolios, que imponen precios exiguos (a los productores agrícolas, por ejemplo), y una despiadada competencia de parte de las cadenas monopólicas. Es la clase media, que en sus segmentos trabajadores, tienen aún cercano el descubrimiento del ardid de las cadenas farmacéuticas para concordar precios en desmedro de los consumidores.

Es la clase media, que tuvo que resolver los daños del terremoto en sus casas, soportando los precios incrementados de las empresas del retail de la construcción, y que tuvieron que enfrentar la olímpica respuesta de las compañías de seguro, que les pagaron los precios que quisieron por los daños, sin posibilidad de apelar ante nadie, y que tuvieron que aceptar antes de perderlo todo.

Es esa clase media que advierte que tras los directorios de las empresas que afectan su cotidianidad están los mismos actores, y que, del entrecruce de las inversiones, la propiedad de acciones y los directorios corporativos, en definitiva se encuentra un pequeño grupo de no más de 100 hombres que deciden su destino, sus recursos y muchas veces la suerte de sus vidas.

Ante las divagaciones de la clase política y de los expertos de los think tank chilensis, de menor o mayor alcurnia, que no aciertan en su diagnóstico, me permito parafrasear, sin ánimo de agravio, aquella célebre expresión de los debates de los años 1990 en EE.UU. para decir: ¡Es la clase media, estúpido!

 

 

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales