. A los exitistas
de la economía, que se frotan las manos con el ingreso per cápita y los índices de
crecimiento, les parece incomprensible que haya tanto descontento, en
atención a las estimulantes cifras que señalan la creciente inversión y los
guarismos que, supuestamente, despiertan admiración en el resto de América
Latina.
A nivel de los analistas vinculados al gobierno,
los centros de estudios y los expertos en encuestas, además de personeros de la
ineficaz oposición, se ha establecido el consenso de que lo que está
subyaciendo en el descontento es fundamentalmente la frustración de los
sectores más pobres del país, que se sienten extremadamente postergados, y la
receta es aumentar las políticas hacia esos quintiles.
Se repite el esquema de la actual clase
política en cuanto a orientar las políticas paliativas hacia los más pobres,
una especie de muletilla culposa que recurrentemente atravesó a la Concertación
Democrática mientras estuvo en el gobierno (que tuvo su larga historia desde
los días del debate entre los “autocomplacientes” y los “autoflagelantes”), y
que ahora atraviesa a la derechista coalición que encabeza el Presidente
Piñera.
Las formulas para resolver esa angustia
respecto de “los más pobres”, llevó a la Concertación a impulsar distintas
políticas sociales de relativo éxito o a transferir enormes recursos a
instituciones de beneficencia con patentes de ONG, y al actual gobierno a
promover la política de la gift card, expresada, por ejemplo, en el
bono de salud implementado ante el incremento de enfermedades invernales, que
supuestamente permitía ir a cualquier clínica privada a un enfermo pobre que no
pudiera ser atendido en un consultorio público.
El caso es que los análisis dan cuenta y
concluyen que, lo que genera el descontento, es la percepción de los más pobres
frente a su condición rezagada ante los éxitos del modelo de crecimiento: es decir,
una especie de despecho ante la riqueza desbordante, o de resentimiento ante
los logros de aquellos que han sabido aprovechar las oportunidades. De que
existe ese descontento, existe, pero no es lo determinante frente al actual
estado de descontento.
Porque, cuando cualquier analista indaga
con más realismo, encuentra que, efectivamente, entre los sectores populares
existe un fuerte descontento, pero no entre “los más pobres”, ya que estos
últimos están tan agobiados en la marginación y la postergación que no tienen
la capacidad siquiera de reflexionar sobre la causa de los problemas que les
afecta ni los medios efectivos parta demostrarlo. Las reglas de Maslow se
cumplen perfectamente, ya que los más pobres en Chile están en la profunda base
de las necesidades, y en ese contexto no hay análisis político, económico o
social que pueda pretenderse. Simplemente, la cuestión está en conseguir un
trabajo mínimo para sobrevivir o dedicarse al delito.
Es, a medida que los problemas básicos
se resuelven, cuando empieza a manifestarse la reflexión, la indagación
informativa y la opinión pública, y ello se hace más patente a medida que las
condiciones básicas del subsistir, se alejan y se adquiere conciencia de los
derechos. El trabajador proletario, el asalariado de los servicios o de la
producción industrial, efectivamente ya tiene opinión y cuando se trata de
personas de los niveles primarios de la clase media, esa opinión es mucho más
concreta y específica.
Entonces, cuando surge la pregunta sobre
quienes están marchando indignados contra el sistema en Chile, fácilmente, con
un poco de agudeza se da cuenta que es nada menos que la clase media. Y es la
clase media en todas sus variables, aún cuando es más intenso a medida que su
ingreso disminuye.
No son los más pobres los que animan y
se expresan en las llamadas “redes sociales”, es la clase media. Son
profesionales, estudiantes y trabajadores con capacidad de cancelar las
onerosas bandas anchas y con acceso diverso a Internet. Una trabajadora o
trabajador que hace aseo en los edificios del fastuoso “Sanhattan” está en la economía elemental, y entre tener parafina
para la estufa en el frio invierno y financiar el twitteo, dudo mucho que elija esto último.
Y los líderes estudiantiles que marchan
contra el lucro en la educación y su desenfreno mercantilista, y quienes
marcharon contra la política energética representada en los proyectos de
Castilla e HidroAysén, y quienes repulsan los abusos producidos por una tienda
del retail de gran fama publicitaria,
son personas de clase media, en su amplia diversidad de ingresos.
Es la clase media la que está exasperada
por un sistema que le sustrae los recursos y que beneficia de modo
extralimitado a los grandes empresarios. Sostienen el sistema tributario con
sus impuestos, mientras las grandes ganancias tienen un trato preferencial.
Sostienen el funcionamiento del libre mercado con su consumo, pero el sistema
no se satisface con ello, sino que les extrae todo lo que pueden con intereses
altos, con tarifas excesivas (todos los servicios básicos en Chile están entre
los más caros del mundo o similares a países con precariedad de recursos
naturales), con costos que resultan difíciles de afrontar.
El sistema de salud es un enorme
negocio, que se incrementa en sus costos año a año, ante el avance de la edad
del imponente de clase media. La educación constituye un negocio óptimo con
niveles de calidad deplorables, y es una barrera a las oportunidades que
permiten precisamente consolidar la condición intermedia, lo que reciente a los
sectores de menor ingreso y más volubles a los vaivenes económicos y que se
sienten efectivamente parte de las clase media.
Es la clase media, que en sus segmentos
emprendedores, debe soportar la rapacidad de los monopolios, que imponen precios exiguos (a los productores agrícolas, por ejemplo), y una despiadada competencia de parte de las cadenas monopólicas. Es la clase media, que en
sus segmentos trabajadores, tienen aún cercano el descubrimiento del ardid de
las cadenas farmacéuticas para concordar precios en desmedro de los
consumidores.
Es la clase media, que tuvo que resolver
los daños del terremoto en sus casas, soportando los precios incrementados de
las empresas del retail de la
construcción, y que tuvieron que enfrentar la olímpica respuesta de las
compañías de seguro, que les pagaron los precios que quisieron por los daños,
sin posibilidad de apelar ante nadie, y que tuvieron que aceptar antes de
perderlo todo.
Es esa clase media que advierte que tras
los directorios de las empresas que afectan su cotidianidad están los mismos
actores, y que, del entrecruce de las inversiones, la propiedad de acciones y
los directorios corporativos, en definitiva se encuentra un pequeño grupo de no
más de 100 hombres que deciden su destino, sus recursos y muchas veces la
suerte de sus vidas.
Ante las divagaciones de la clase
política y de los expertos de los think
tank chilensis, de menor o mayor
alcurnia, que no aciertan en su diagnóstico, me permito parafrasear, sin ánimo
de agravio, aquella célebre expresión de los debates de los años 1990 en EE.UU.
para decir: ¡Es la clase media, estúpido!