. De vez
en cuando me gusta pasear por esa zona y aprovecho para llevarles algunas latas
a los mininos. Mientras estaba dejándoles la comida, un hombre que paseaba con un
perro de la marca bóxer me dijo elevando la voz que estaba muy mal lo que
estaba haciendo, que los gatos se habían convertido en una plaga y que había
que exterminarlos.
Me dijo que él amaba la naturaleza, pero que dándoles de
comer solo conseguía que se reprodujesen y se convirtiesen en una amenaza para
la biodiversidad de la zona y para los vecinos. Yo le intenté explicar –al bóxer,
me refiero, porque enseguida me di cuenta de que era más inteligente que el
humano que lo paseaba-, le expliqué, como digo, que había una ONG que se
encargaba de la esterilización y el control de los gatos, y que –además- los
gatos ya estaban en esa zona mucho antes de que un grupo de constructores y el
ayuntamiento decidieran joder la playa construyendo enormes edificios para que
viviera gente como él. También le intenté explicar que, por lo general, un
perro de la marca bóxer no era feliz viviendo en un apartamento de sesenta
metros cuadrados, que aquello atentaba un poco contra la naturaleza a la que decía
que tanto amaba. Por último, le dije que si tuviésemos que exterminar a todas
las plagas deberíamos comenzar por los seres humanos, que –en muchos casos- lo
único que hacían era reproducirse y aniquilar la biodiversidad de cualquier
zona en la que viviesen.
Yo no sé desde cuando el hombre ha decidido que es
el dueño de la naturaleza. Por mucho que lo intento, no me cabe en la cabeza
que un hombre con un chándal, un perro de la marca bóxer y un apartamento minúsculo
en una zona carísima de la costa pueda opinar sobre la vida de cualquier otro
ser vivo. En mi pueblo natal, hasta hace bien poco, había zorros, liebres,
mariposas, gorriones, jabalíes, petirrojos, corzos e infinidad de animales más,
y podías cruzarte con ellos en cualquier momento. Ahora, en cambio, hay un
polígono industrial. Los seres humanos hemos ido desplazando al resto de
animales de su hábitat natural. Y yo no digo nada, porque es la evolución –o la
involución, según se mire-. Comprendo que para algunos sea mejor que sus hijos
conozcan a los animales a través de una tablet,
en el zoológico o en un circo. Y lo acato, aunque me disguste.
Reconozco que el problema es mío; comprendo mejor a
los animales que a las personas. Su crueldad casi nunca es gratuita. Por eso,
para todos aquellos seres humanos que no respetan a los demás animales, para aquellos
seres humanos –o lo que sean- que cuelgan a los galgos de un árbol cuando ya no
les sirven; que abandonan a sus perros, gatos, tortugas o iguanas en mitad de
la carretera; que maltratan a los cerdos o a las gallinas o a las ovejas; que
envenenan a los perros o a los gatos que hay por las calles; que se creen que
una zona determinada es de su propiedad sencillamente porque han plantado allí
un trozo de ladrillos con cemento; que dicen respetar a la naturaleza pero que
luego pueden ver morir a un gato de tres meses sin inmutarse, para esos, yo
también propondría, si no una campaña de exterminio, al menos si una de sensibilidad,
porque falta les hace.ME GUSTASÍGUEMECONÓCEME