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Artículo "Los límites del mundo" por Ramón Sanchis


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12/02/2015


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Ciudades de leyenda como Tartessos, Biblos o Samarcanda; rutas del ámbar y de la seda; mares boreales y tierras umbrías. Viajeros de todos los tiempos han hecho retroceder los límites del mundo más allá de los confines de lo desconocido.


Nos llama profundamente la atención seguir en un moderno atlas los recorridos de Alejandro Magno, a la par que se lee el relato y detalles de sus gestas. Siempre se dijo que conquistó las dos terceras partes del mundo conocido en su época, pero resulta más sorprendente aún ver en un mapa actual hasta dónde llegó en apenas ocho años, a caballo, seguido de 50.000 hombres, que fueron asentándose en aquellas tierras lejanas.

Los relatos homéricos de “La Ilíada” sobre Troya y las aventuras de Aquiles, Ajax, Agamenón y tantos otros libros como “La India” de Ctesias, o la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” de Jenofonte alentaron la curiosidad y el afán de aventura del mundo helénico.

Alejandro fundó ciudades tan lejanas y desconocidas como Alejandría de Aria o Alejandría del Cáucaso, que corresponden a las actuales Herat o Kabul, en los recientes escenarios de las batallas de Afganistán. Hoy sabemos las dificultades que tiene recorrer esas tierras acarcavadas y secas, rodeadas de picachos nevados a gran altitud.

La vieja ciudad helénica de Maracanda, en la linde con las tribus escitas, es hoy conocida como Samarcanda, en el corazón de Uzbekistán. Los pies de Alejandro hollaron también la meseta del Pamir, en la actual Tayikistán y en China; se adentraron en las cordilleras del Paropámiso (el Cáucaso persa), llegando al actual Pakistán y los montes del Hindu-Kush; llegaron a ciudades fronterizas hindúes como la actual Lahore, a los afluentes más alejados del río Indo, como el Stanley,  a Cachemira y a las estribaciones himaláyicas del Tibet.

Las fronteras del Oriente desconocido fueron alejándose cada vez más con el paso de los siglos, a medida que las guerras, los intrépidos jinetes-correo o simplemente las caravanas de camelleros en busca de sedas y especias fueron expandiéndose como una mancha de aceite.

Cuando Pitágoras, en el siglo VI a.C., cita la constelación de la Cruz del Sur, aquella cruz perfecta que marca la dirección del Sur y que tan sólo puede verse desde el hemisferio austral, denota que ya era conocida en su tiempo y que tal vez él mismo la había visto.

Siempre hemos pensado, y así lo han dicho respetables científicos, que los griegos creían en un mundo plano, limitado por altas montañas y un océano que todo lo circundaba.

Sin embargo, ciertos conocimientos en la antigüedad no eran de dominio público. Para algunos sabios como Anaximandro (618-545 a.C.) era una evidencia que el mundo era redondo, y él mismo afirmaba que  bastaba para ello observar desde la costa cómo se alejaban los barcos en el horizonte del mar, viendo desaparecer primero la quilla y posteriormente el velamen.

El mundo helénico tenía otro límite infranqueable por Occidente: las columnas de Hércules, en el sur de Iberia. Éste fue durante siglos el último confín para los marinos desde la antigüedad remota. En parte porque los cartagineses bloquearon su paso a partir de la segunda mitad del siglo VI a.C., tras las luchas con Roma, aunque por otro lado la tradición, apoyada en innumerables pruebas escritas, presenta otra versión.

Cuenta dicha tradición, que tras el hundimiento del archipiélago atlante, las aguas plagadas de lodazales del Mar de los Sargazos y el miedo ancestral a un recuerdo que permanecía impreso en la conciencia de todos los pueblos de las costas atlánticas, hicieron que nadie se atreviese a ir más allá del resguardo y protección de las costas de Hesperia. Las huellas del cataclismo quedaron fijadas en innumerables mitos sobre un diluvio universal, más cercanos a la realidad que a la leyenda.

Tan sólo algunas islas, llamadas por ello Afortunadas, quedaron como mudo testigo de una época ancestral que quedó sepultada bajo el mar, según Platón hace ya 11.600 años.

La mítica acepción del Jardín de las Hespérides, tal como se conocía al vergel atlante, quedó asociada con el nombre de Iberia cuando ésta pasó a ser el límite natural del mundo conocido, el mundo del ocaso, donde cada día se guarecía el sol y donde vagaban las almas de los desencarnados. Cuentan que incluso Julio César, en sus guerras de conquista en el noroeste de Hispania, sentía tal temor y reverencia por las tierras del Finisterre hispano, el fin del mundo conocido y seguro, que estando tan sólo a unos días de marcha declinó llegar a las costas gallegas.

Habría que citar también aquí, ciertos textos cuyo contenido parece ficción, y que una vez desvelados acaso encierren más de una pequeña joya de conocimiento oculto. Como ejemplo, valga el relato de La Odisea, del que ciertos investigadores señalan que, siguiendo los vientos y las jornadas de viaje que allí se citan, se narra un viaje de carácter “iniciático” al corazón del océano, donde se hallaba la Atlántida.

De aquellos lejanos archipiélagos y de los posteriores asentamientos en los finisterres de las costas occidentales de Europa, provenían durante siglos las oleadas de los pueblos de piel rojiza que de un modo vago se citan siempre en los textos como “los pueblos del mar”. Fundaron colonias estables aún antes de que el continente europeo tuviera la forma definida que reconocemos en los mapas, y de sus asentamientos surgieron pueblos navegantes como los fenicios, con técnicas, conocimientos y construcciones que en teoría surgen de repente.

Pero los viajes de intrépidos y valerosos marinos fueron dando claridad al panorama de la geografía terrestre, alejando sombras, ambigüedades y miedos, convirtiendo el conocimiento que mantenían oculto ciertos iniciados en una urgente posibilidad de comercio, de aventura y de expansión humana.

Sorprende pensar que ya en el año 3000 a.C., tribus árabes del país de Punt, en el estrecho de Abisinia, se asentaron en las costas hindúes.

Los marinos egipcios, apenas acostumbrados a cortos trayectos fluviales, con sus barcas alargadas,  surcaron 1500 años a.C. el mar Rojo llegando al país de Punt, bajo el mando de Pa-Nehesi en el reinado de  Hatsepshut. Con las crecidas del Nilo, y ayudado de la construcción de portentosos canales, uno de los brazos del Nilo desembocaba directamente en el mar Rojo, y sus barcos de 22 metros de eslora trajeron marfil, madera de incienso, especies y pieles exóticas.

Pero los egipcios,  pueblo que vivió casi de espaldas al mar, dejaron su lugar  a otras gentes que lo tenían como algo propio. Tal vez por ello el Faraón Nekao, a inicios del siglo VI a.C., formó una escuadra mercenaria de marinos fenicios para ir más allá del Mediterráneo y bordear África. Los marineros debían rodear el continente y volver a Egipto. Cuentan las crónicas que viajaron durante tres años hasta cruzar el cerco cartaginés de las columnas de Herakles, y continuaron la navegación teniendo el sol a su derecha, con largas estadías de descanso para sembrar la tierra y poder alimentarse por sí mismos.

En cambio cretenses, troyanos, micenos y  aqueos vivieron teniendo al mar como escenario, y sin embargo pasaron fugazmente.  El tiempo devoró sus hazañas hasta que fueron rescatadas por arqueólogos como Schliemann que apostaron por la veracidad de los supuestos “cuentos”.

Las colonias griegas como Mileto dominaron el mar Negro y fundaron poderosas colonias en el Mediterráneo occidental: Mainake (Málaga), Massalia (Marsella), Hemeroscopión (Denia, Diana),  que pronto dieron renombre a sus progenitores.

Los fenicios de Tiro, Sidón y Biblos, hechos ya a la diáspora, conformaron otras tantas colonias en Malta, en Sicilia y en el norte de África, (Cirene y Tinis, donde fundaron la destacada Cartago con su bello y singular puerto circular) y Gades (Cádiz) y Lixus más allá de las columnas, bajo los vientos favorables del dios Melkart.

A partir de aquí muchos fueron los viajes que ensancharon la geografía del mundo, haciendo retroceder los límites de lo desconocido. La figura del rostro de la madre Gea dejó de ser un secreto celosamente guardado por iniciados como Homero, Solón o Platón, los cuales debían hablar con sigilo y con un doble sentido insertado en las narraciones, para iluminar el corazón de las gentes en noches pasadas junto al fuego, con relatos inimaginables que rozaban las sienes de fantasía.

Una flota massaliota en el siglo VI a.C. realizó un periplo a las umbrías tierras del norte, que citan Eutymenes y posteriormente Eforo de Cumas. Aquel maravilloso suceso fue dos siglos después la base del relato que hace Avieno en su “Ora Marítima”, en el que se describen las costas desde Massalia a Tartessos, y desde allí a Albión (Inglaterra), y la ruta del ámbar, en el mar boreal.

La relevante Tartessos, la que fuera destruida por Cartago o tal vez sepultada como dicen las leyendas, cual perla perdida en la desembocadura del Guadalquivir que volviera al regazo azulado del mar,  con el correr del tiempo llegó a confundirse en los sueños de los hombres con la perdida Atlántida.

También Piteas, griego de Massalia, en el siglo IV a.C. se adentró en el mar  y describió las costas atlánticas con tal detalle que denota haber llegado ciertamente  hasta Morbihan y las islas Casitérides (Islas Británicas), donde habitaban entonces los oestrymnios, citando  Hibernia (Irlanda) y Albión, y llegando incluso a la isla de Thule. Con respecto a esta mítica isla, los historiadores dudan si se refiere a Islandia o Noruega, aunque tal vez podía ser la antigua capital groenlandesa, que aún conserva dicho nombre.

Un marino púnico, Hannon, en el año 500 a.C., acompañado de 30.000 hombres y mujeres, inició un viaje bordeando las costas de África para fomentar, como era propio del carácter fenicio-cartaginés, nuevas colonias y agencias comerciales. A su regreso, los cuernos de elefante, las plumas de pavo real, el oro de las riberas de los ríos Senegal y Muni (Río de Oro), y las pieles de leopardos y otros felinos, fueron pruebas fehacientes de la existencia de países remotos.

El Mediterráneo fue el escenario en los siguientes siglos de luchas entre Cartago y Roma, que apagaron el afán por la búsqueda de las riberas del mundo conocido. Cuando la pax romana se desmembró, en el siglo IV d.C., dio paso al poder de la Roma oriental: Bizancio. Pero los pueblos llegados de la bruma de las estepas al calor de la riqueza, los vándalos, los hunos, los visigodos, los persas, los otomanos, ocuparon el viejo imperio y las costas del mar interior.

Más tarde, desde el siglo VIII d.C. los marinos normandos con sus drakars y los daneses de Jutlandia extendieron sus aventuras y su poder en la Europa norte por Escandinavia, Islandia, Irlanda e Inglaterra, en luchas con los sajones y los francos y descendiendo incluso hasta España y el Mediterráneo occidental. También los suecos abrieron rutas a través del Báltico, por los ríos de la estepa rusa hacia Bizancio, y desde allí prosperó el comercio con India y China.

Pese a no poder orientarse bien por las estrellas  ni disponer de brújulas, sino de unas extrañas piedras (probablemente  una turmalina que cambiaba de color ante la luz solar, aunque éste se escondiera generalmente tras las nubes) en el año 982 d.C. Erik el Rojo descubrió con sus vikingos la helada  isla de Groenlandia. Diez años más tarde su hijo Leif, navegando hacia el Oeste descubrió Terranova, y descendiendo en latitud llegó a la desembocadura de un  gran río (el San Lorenzo), y lejos ya de los hielos contempló una tierra fértil en que eran abundantes las uvas salvajes, y la llamó Vinland.

En el siglo XIII comenzará la época de los grandes navegantes ibéricos, iniciada con la Corona de Aragón, que se anexionó la mayoría de las islas y costas mediterráneas llegando a Anatolia, en pugna con el poder comercial de Venecia, la cual recogió el testigo de Aragón en el siglo XV.

Fueron sus avezados continuadores en ese siglo tanto los castellanos como los portenses de Portugal. El Imperio turco, que se anexionó Bizancio, llegando al Mar Negro, al Danubio y a las puertas de Italia, cerraba las rutas terrestres hacia Asia, al tiempo que los árabes impedían las rutas del Océano Índico.

Había que buscar otras formas de llegar a la India y Cipango (China).

Los portugueses bordearon África llegando a las costas hindúes, Ceylán, Malasia, y dominaron las islas atlánticas y el Brasil de la mano de Vasco de Gama, Pérez de Covilha, Almeida y Albuquerque, etcétera.

Colón insistió infructuosamente ante la corte del rey portugués Juan II. Eran su aval los textos antiguos de Plutarco,  Pausanias, Estrabón, y los relatos de Marco Polo y de un marino náufrago que recogió en su casa, que afirmaba haber sido empujado por la mar hacia  el oeste regresando sano y salvo, pero se dice también que contaba con los textos templarios de la época, que aseguraban que existía una probada ruta oceánica. Un puñado de conjeturas, intuiciones, relatos extraños, y la confianza puesta en antiguos textos.

Recibido finalmente en la corte castellana, Colón y los hermanos Pinzón descubrirán oficialmente el continente americano para los Reyes Católicos, a bordo de tres carabelas armadas con noventa marinos.

Pero es en 1521 cuando Magallanes, un marinero portugués, que no fue escuchado  por su propio rey, recala en la corte del Emperador Carlos V y acaba dando la vuelta al mundo y demostrando su redondez.

Con cinco carabelas y trescientos ochenta marinos, algunos de ellos expresidiarios, se hizo a la mar. Como marino portugués tuvo que soportar junto a él a un veedor (el que ve o revisa las acciones de los otros) en nombre del rey. Sufrió también revueltas de algunas carabelas, los fríos australes, la desesperanza, las insidias y la difamación, que condijeron a destituciones, ajusticiamiento y muerte de algunos de sus mandos.

Magallanes contaba también con un extraño mapa mundi dibujado por un cartógrafo, Schöner, que 35 años antes ya dibujó un paso al sur de América  luego conocido como “Estrecho de Magallanes”. ¿Cómo podía conocerlo?

Un enigmático mapa atribuido a un marino turco, Piri Reis, que suele datarse como del siglo XV o XVI y que parece ser realmente egipcio, ya reflejaba las costas del Brasil y, con todo detalle, los hielos del continente antártico. ¿Son parte de ese desconocido conocimiento iniciático que de tanto en tanto aflora?  ¿Fruto de una vieja herencia de desconocidos y esforzados marinos de las riberas atlánticas? ¿Juegos del destino, de la estrella que guía a los grandes personajes, que les lleva siempre a buscar nuevos horizontes vedados?

Muchos de aquellos nuevos horizontes y sus productos, como las tierras del ámbar, las estepas umbrías donde vivían los apreciados caballos escitas, las espadas de los bretones, la púrpura de las islas Allizut (Canarias), los árboles de incienso de Punt o las minas de Tarssis, se perdieron siglos después  en el olvido, tal como pasan las estaciones, en una felina continuidad que devora la conciencia de los hombres.

Decía Estrabón, al citar a Tartessos, una civilización perdida en los recodos del tiempo, que ya tenía “anales escritos y poemas, incluso leyes en verso desde hace seis mil años”. Cuenta la leyenda que las famosas minas de Tarssis fueron fundadas por un nieto de Noé,  e incluso ya son citadas en los antiguos textos bíblicos y datadas ya entonces con una antigüedad de 3000 años, pero el olvido de la memoria histórica nos hace creer que detrás de los mitos y de los extraños mapas y relatos, tan sólo está la fantasía de unos seres que nunca existieron.

¿Nos mirarán tal vez estas figuras silentes, desde su olvido, con sus ojos atónitos?

Hoy, sabemos dónde acaba la tierra, y dormimos tranquilos, como si ya comprendiéramos el destino del hombre. Tal vez ese destino sea proyectarse hacia delante, y por eso hay olvido, y por eso hay misterios y tierras que descubrir.

Tal vez de niños nos acunaron con cuentos junto al fuego… Acaso nos acunaron con historias que nos hicieron soñar con tierras en donde habitaban los héroes, más allá de las zarzas y los bosques tenebrosos… Y apostados en las amuras, portando escudos ornados con bellas serpientes enroscadas, aún permanecemos en la proa del barco, junto a ellos, con la mirada perdida en el horizonte… mirando siempre hacia delante.



Etiquetas:   Periodismo   ·   Ciencias   ·   Cultura   ·   Mundo
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