. Ese podría ser el mayor defecto que le imputan quienes quieren
tener más poder, y es, a la vez, la mayor virtud para quienes no tienen poder. ¿De dónde viene esa complejidad? De su diversidad. Es un hecho que,
cuanto más impere la diversidad es una sociedad, más democrático será su
sistema político y las conductas políticas de sus ciudadanos y de sus
dirigentes.
En sentido inverso, es la propensión a la uniformidad la que conduce a
sociedades autoritarias y a la concentración del poder. Verbigracia, la
Humanidad lo ha vivido – no hace mucho - con las experiencias de los regímenes
que conformaron el Pacto de Varsovia, con el nazismo y lo estamos viviendo con
los fascismos religiosos contemporáneos. América Latina lo ha vivido con los
militarismos y las dictaduras de diverso tipo y signo que han caracterizado su
historia.
En su complejidad, la democracia moderna no es un proceso estanco, un
sistema político que se consolida y se rigidiza en sus fundamentos. Por el
contrario, la evolución y la transformación le son inherentes, y los parámetros
que en algún momento han permitido su definición, en otro momento señalarán
diferencias que pueden ser hasta sustanciales.
Es una evidencia que los cambios tecnológicos han sido tremendamente
contribuyentes a la democratización, desde la paradigmática Atenas de la Grecia
Antigua hasta hoy. Todos los cambios que la democracia ha experimentado como
concepto y práctica, han estado de la mano de cambios asociados a la ciencia y
a la tecnología. Lo podemos constatar en las décadas recientes con lo que ha
significado Internet y las llamadas redes sociales, estas últimas capaces de
generar un ejercicio de ciudadanía que no se había vivido hasta ahora, con
todas las virtudes y defectos que ello puede tener. Basta ver en las redes
sociales y en los comentarios de las noticias de cualquier medio que posee un
sitio web.
Son esos cambios y el ejercicio de la diversidad lo que asusta a quienes
tienen poder y a quienes desean que la uniformidad sea una modalidad que ordene
la sociedad bajo los parámetros del poder de que disponen. Ello es lo que
angustia a quienes fundan su percepción de la sociedad en torno a la
estabilidad y el conservadurismo. Por esa razón, surgen manifestaciones
conservadoras que desean que el entramado social sea menos complejo y más
subordinado.
Los hay de diversos tipos. Corporaciones que buscan ordenar a los
consumidores a través del monopolio y la concentración económica.
Organizaciones políticas que se sustentan en proyectos autoritarios y que
tratan de regir a las personas incluso en un plano que no les compete: la
moral. Movimientos religiosos que buscan la uniformidad de la fe en un plano
societario e incluso universal. Personas que temen los alcances de la libertad.
Es un hecho que, luego del derrumbe de los muros que dividían ideológica
y políticamente al mundo en zonas de influencia, en torno a la contradicción de
dos superpotencias que no solo representaban modelos distintos de organización
política y económica, sino también estructuras militares y de poder
tremendamente determinantes y subordinadoras, la realidad internacional experimentó
un reordenamiento que sigue en desarrollo.
En ese contexto, las lecturas religiosas tomaron una importancia
inusitada, fruto de la involución de muchas sociedades que se mantuvieron en el
autoritarismo, a pesar de los cambios experimentados a nivel internacional. Los
procesos vividos, por ejemplo, en los países del norte africano y del oriente
medio, son clara expresión de ello. Son países que no recibieron oportunamente
el impacto de la democratización que significaba el fin del mundo bipolar, y en
medio de sistemas políticos corruptos y antidemocráticos en su estructura, lo
que han incubado como alternativa no han sido sistemas de ejercicio alternativo,
con efectivas características democratizadores, sino expresiones fascistas de
fundamento religioso.
Es probable que para el lector pueda ser sorpresivo el concepto de
“fascismo religioso”, pero creo que no cabe otro término para definir la
politización de ciertos movimientos religiosos, fundados en propuestas autoritarias y
militaristas, caracterizadas por una verbalización popular en sus contenidos, que
se radican en la simpleza de la interpretación de las categorías religiosas aprovechando
su alcance social. Los fascismos son simples y concretos, no solo en el
lenguaje sino también en el mensaje y sus propuestas.
Contraria y equidistantemente, la democracia es compleja y evolutivamente
multiconceptual. Por lo mismo, es difícil de disciplinar a sus integrantes. Así,
donde hoy impera la democracia, observamos que las sociedades modernas han
tornado a sus ciudadanos en individuos crecientemente insubordinados y capaces
de opinar con entera libertad, hasta con el uso del desacato y el escarnio.
En consecuencia, las determinaciones políticas están expuestas a la
calificación más descarnada; las figuras públicas y las autoridades reciben
diariamente los improperios de cualquier tipo. Nadie se salva de la opinión de
las personas que ejercen su ciudadanía, y que implacablemente opinan en las
redes sociales sobre el comportamiento de las figuras públicas de cualquier
tipo. Los medios recogen esa percepción ciudadana y se adaptan a la forma como
reaccionan las personas frente a los sucesos de cada día, o frente a los dichos
de los protagonistas que actúan en la vida pública.
Es la democracia real, aunque duela. El mejor de los sistemas políticos.
Contra eso reaccionan las personas conservadoras y las mentes autoritarias.
Contra ello se rebelan quienes se
uniforman con sus atavismos. Contra ello conspiran los oscuros liderazgos que
se rebelan contra el pensamiento libre.
En consecuencia, en la democracia del siglo XXI, no bastan las
investiduras para ganar respetabilidad. No basta tener un cargo o haber
recibido una responsabilidad de alcance social, para invocar el respeto como
manifestación de reconocimiento. Hoy se exige que el ejercicio del cargo o de
la responsabilidad recibida esté asociado a una práctica transparente y
coherente con los planteamientos que públicamente se transmiten.
Hoy las personas reaccionan con mucha mayor indiferencia frente a los
rangos y las investiduras. De este modo, cualquier personaje público está
expuesto a la descarnada crítica y a la reacción implacable de cualquier
persona. Hay excesos, por cierto. Pero nadie es asesinado en una sociedad
auténticamente democrática por sostener opiniones excesivas. El Estado o las
instituciones no pueden convertirse en persecutores de las personas por las
opiniones que transmiten. Los ofendidos tienen opción a reivindicarse por la transparencia
de sus actos o por la reclamación legal.
Para las mentes conservadoras o las culturas autoritarias, aquello viene
a ser un sufrimiento. Hay líderes de opinión o líderes institucionales que
quisieran otro tratamiento, y reaccionan airados cuando sus investiduras son
expuestas en las redes o en los medios, bajo el prisma de la crítica o la
implacable opinión pública. Es que, en la democracia del siglo XXI, ya no
bastan los formalismos, lo que prima es el reconocimiento a la consecuencia
dentro de los parámetros de la libertad, la decencia, la coherencia y el
respeto a los derechos humanos. Lo que importa es lo que hace un líder y como
lo hace, no la majestad o la tradición de su cargo.
La gran crisis de nuestro tiempo y la contradicción que divide al mundo,
sigue siendo determinada por la demanda de libertad. Los riegos para la paz y
la convivencia ya no tienen que ver con modelos políticos y económicos
absolutos, sino con las reminiscencias culturales y políticas de los
autoritarismos de diverso tipo, que se confrontan con el deseo efectivo a vivir
en democracia y paz de millones de personas en el mundo, que irrumpen contra apolilladas
costumbres ancestrales o contra quienes usan su poder, reivindicando investiduras
y ciertos modelos arcaicos, para mantener el statu quo que valida el ejercicio
de su poder.
Asociadas a las prácticas democráticas crecientes y a la expansión de
los derechos humanos, millones de personas deben enfrentarse día a día en el
mundo a quienes buscan imponer respeto o temor para sus actos discrecionales,
por el solo mérito de su investidura o de la tradición de ciertas ideas
arcaicas que reclaman cautelar.
Sin embargo, tras el ejercicio del poder de no pocos de ellos, está el
desprecio por la opinión pública, o la práctica de los abusos, o la corrupción,
o la ambición desmedida, o la manipulación de los débiles, o la legitimación de
ciertas prácticas costumbristas brutales, o la criminalidad y la violencia, por
señalar aquellos aspectos más abominables.
Los peligros para la libertad y los derechos humanos están a la vuelta
de la esquina, detrás de cuestionables investiduras, de liderazgos consolidados
a través de objetivos autoritarios o caudillistas, o de representantes de
ciertas tradiciones fundadas en las creencias de las personas, trastrocadas en
propuestas u objetivos políticos con finalidades hegemónicas.