Optimismo Nueva Era, sincretismo y cambio cultural

El pasado domingo 17 de julio el diario El País publicó un reportaje, firmado por Rafael Muñoz, titulado “Optimistas a la fuerza, pase lo que pase”, en el que el autor abordaba críticamente esa nueva ideología en expansión según la cual hay que mantener el optimismo y el pensamiento positivo bajo cualquier circunstancia, porque se tiene la convicción de que el pensamiento crea nuestras realidades cotidianas y de que, en última instancia, si te va mal no es por culpa de nadie, sino del simple hecho de que no piensas como deberías.

 

.elpais.com/articulo/sociedad/Optimistas/fuerza/pase/pase/elpepisoc/20110717elpepisoc_1/Tes">“Optimistas a la fuerza, pase lo que pase”, en el que el autor abordaba críticamente esa nueva ideología en expansión según la cual hay que mantener el optimismo y el pensamiento positivo bajo cualquier circunstancia, porque se tiene la convicción de que el pensamiento crea nuestras realidades cotidianas y de que, en última instancia, si te va mal no es por culpa de nadie, sino del simple hecho de que no piensas como deberías.
Cuando vi el artículo me alegré mucho de verlo publicado, porque es un tema sobre el que vengo leyendo y pensando desde hace algún tiempo, más si cabe desde que me he acercado al Coaching, disciplina profesional que investigo y practico, donde abundan mensajes de este tipo, extraídos con mejor o peor arte de las psicologías humanista, positiva, de la gestalt, la Programación Neurolingüística (PNL), etc.

Pues bien, en el artículo al que me he referido se citaban varios libros del género de autoayuda que divulgan esta manera de pensar y, mira por donde, al cabo de un par de días, sin habérmelo propuesto, llega a mis manos uno de ellos, por intermediación de otra persona. El libro se titulaEl Secreto y su autora se llama Rhonda Byrne (2007, Barcelona: Urano); por lo visto es un bets seller del género.

Total, que atraído por la curiosidad le dediqué un par de días a leérmelo entero. Y, efectivamente, es una joya en el sentido de que recoge a la perfección el mensaje que Rafael Muñoz intentaba transmitir en su artículo.

La tesis central del libro es clara y directa: El susodicho secreto es que todo está gobernado por la Ley de la Atracción, que es una Ley Natural, cósmica, de modo que si tu pensamiento es negativo atraerás a tu vida lo semejante, es decir, cosas y circunstancias negativas; mientras que, si es positivo, atraerás cosas y circunstancias positivas. Así, basta con tener pensamientos positivos para encontrar plaza de aparcamiento cada vez que la necesites, recuperarte de un grave accidente o de una grave enfermedad, adelgazar, hacerte millonario, encontrar al hombre o a la mujer de tu vida, etc., en suma, ser y tener todo lo que te propongas. Por obra de la Ley de la Atracción, tu pensamiento crea tu realidad.

Esta es, además, una enseñanza que nos han querido transmitir desde tiempo inmemorial los Grandes Maestros y, atención, los “avatares” que han vivido entre nosotros (para quién no lo sepa la palabra “avatar”, antes de ser utilizada para denominar a los muñequitos teledirigidos en la realidad virtual, procede del hinduismo y con ella se hace referencia a las encarnaciones del dios Visnú).

La propia Ley de la Atracción a la que se hace referencia se parece mucho a la concepción kármica del Cosmos y de la vida humana, propias del hinduismo y del budismo, según la cual nuestros actos, incluidos nuestros pensamientos, según la intención con la que los producimos o llevamos a cabo tiene consecuencias positivas, negativas o neutras en nuestras vidas posteriores.

Más aún, en el libro hay un montón de frases que, a poco que se tenga algo de cultura sobre corrientes filosóficas y religiosas, fácilmente se pueden poner en relación con concepciones budistas, taoístas, platónicas, cristianas, gnósticas…, todo ello combinado con referencias a la Física Cuántica y a otras ciencias.

La cosa es que, al margen de la opinión que se tenga sobre este tipo de literatura, lo cierto es que es un fenómeno sociológico y cultural de mucha importancia, tanto por lo que supone en términos de negocio, como de seguidores.

Tampoco es un fenómeno nuevo, pues, por un lado, este tipo de sincretismos ideológicos y culturales se vienen produciendo, con más o menos intensidad según las épocas, a lo largo y ancho de la historia humana.

Por otro, en el mundo occidental moderno cabe seguirle el rastro hasta el siglo XIX, época en la que filósofos como Hegel, Schopenhauer y otros tomaron contacto con ideas procedentes de ciertas tradiciones orientales y reflexionaron sobre ellas, afectando en mayor o menor medida a su propio pensamiento. Más tarde, tras la 2ª Guerra Mundial, estos contactos se intensificaron y alcanzaron un punto álgido en los años 60 y 70, incorporándose al movimiento hippie, al movimiento New Age (Nueva Era) y a distintas versiones, más o menos heterodoxas, del cristianismo católico y protestante.

Al día de hoy, muchas de esas ideas han ganado centralidad y se han incorporado a los discursos culturales de la televisión y los grandes medios de comunicación, del management empresarial, de las psicoterapias…

Con esto no quiero dar a entender que, a priori, me parezca mal que se den este tipo de fenómenos (en plural, porque este sincretismo no merece la misma valoración según a las corrientes a las que nos estemos refiriendo), sino simplemente que es un proceso de cambio cultural que se está intensificando a medida que, en el contexto de un mundo globalizado, el capitalismo en su fase monopolista adquiere un rostro cada vez más asiático.

Pienso, además, que algunas modalidades de este sincretismo cultural aportan ideas y visiones del mundo y del ser humano muy valiosas, consistentes desde el punto de vista filosófico y científico, y prácticas tanto para ayudar a la gente a adaptarse y sobrevivir a los cambios actuales como para generar nuevas energías transformadoras en favor de modos de vida alternativos, más igualitarios y ecológicos.

Sin embargo, hay otras expresiones de estas corrientes que no merecen este aprecio. Entre estas se encuentran aquellas que, como en El Secreto, aprovechan una buena idea para extremarla y conducirla hasta el absurdo.

Porque es racional y tiene fundamento científico sostener que nuestros pensamientos influyen en la realidad. Por eso precisamente la crítica de las ideologías tiene una larga trayectoria en los campos de la Filosofía y de las Ciencias Sociales.

Realmente es algo banal. Todos sabemos por propia experiencia y la de nuestros allegados que tener claros los objetivos personales, ser optimista y pensar positivamente ayuda en la vida y que lo contrario no.

Pero también sabemos que en muchas ocasiones es difícil mantener esa actitud si no se encuentro uno en su medio (la familia, la ciudad, el país en el que vive y la cultura en la que se socializa…) con los estímulos adecuados.Como sabemos, además, que ante la adversidad conviene esforzarse en pensar positivamente para salir parado lo mejor posible. No hace falta ser un gurú para entender y predicar esto.

Aunque seguramente no está de más recordarlo y hablar de ello de vez en cuando, entre otras cosas para salir críticamente al paso de los sociologismos, historicismos y psicologismos que abundan en nuestro entorno; unos reduciendo al Ser humano a un mero producto de estructuras sociales y/o leyes históricas, los otros reduciéndolo exclusivamente a su vida mental.

El cambio social y cultural en el que estamos inmersos justifica que nos detengamos a pensar en qué tipo de ideas son las que están en boga, qué le aportan a la sociedad, qué encuentran las personas y los grupos sociales en ellas, cómo afectan a la conducta individual y colectiva, al desarrollo de las personas, a la organización social y a la convivencia.

Lo que sentimos, pensamos y hacemos no siempre es coherente, pero todo ello tiene consecuencias.

(Más información en http://javiermalagon.com/)

UNETE



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