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"La ilusión del tiempo" por Ramón Sanchis Ferrándiz


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08/02/2015


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Aunque aparentemente el tiempo es algo tangible que transcurre de un modo imperturbable, la tradición hindú afirma que el tiempo es una ilusión. Tal como ocurriría con la conciencia que tenemos de nosotros mismos, pues nos sentimos en nuestro interior siempre jóvenes a pesar del paso del tiempo: siempre parece que los cambios externos no afectan a nuestro tiempo interior. Asistimos al desgaste de las formas densas y materiales, del cuerpo físico, de nuestros reflejos, de la agilidad para abordar ciertas acciones, pero nuestra conciencia se reconoce a sí misma de igual modo: siempre decimos “este soy yo”.Esta paradoja era utilizada también por Parménides, quien nos enseñaba que nunca podríamos bañarnos en el mismo río, dado que a pesar de que el río pareciera el mismo, las aguas que ayer fluían por su cauce no son las mismas que hoy discurren por él. Sin embargo hablamos del mismo río, porque más allá del cambio formal, en esencia era el mismo río. Es el viejo problema del ser y el estar.En realidad, tan solo se mueve y se desgasta lo material; si nuestro punto de conciencia logra mantenerse alerta, si no se vincula demasiado a las expresiones materiales que nos rodean a diario, podremos observar cómo nuestro ser transita por un tiempo interno que parece ralentizarse. Cuanto menor sea la variabilidad de la conciencia, cuanto más se aproxime al propio centro, al eje inmutable de su mundo interior, mayor será la sensación de quietud y estabilidad. La recomendación formulada por toda la filosofía oriental de que el hombre debe hallar su eje de conciencia, su propio centro, tiene también validez cuando se habla del tiempo. Si nuestro punto de conciencia se situara en un lugar elevado e interno, descubriríamos que tan solo se puede mover lo que es material y aparente, pues el verdadero ser permanece inmóvil. Pero esta afirmación tan solo puede comprobarse con la vivencia personal y es difícil transmitir esta experiencia con palabras.


Para el antiguo pensamiento hindú, el hombre se halla bajo la influencia de las leyes naturales y por ello, es un ser sometido a cambios rítmicos, a ciclos (yugas, en sanscrito). Dichos ciclos lo someten a vaivenes y altibajos, tal como se suceden y renuevan las estaciones, tal como se repiten las etapas de las grandes lluvias y de sequía. En cada etapa, en cada ciclo, ya sea individual o histórico, el hombre irá cambiando, pero más allá de lo que suceda irá comprendiendo parte de su verdad, pues se halla sometido a la necesaria evolución. Evolucionará de todos modos, ya sea por propia conciencia o bien, a pesar de sí mismo; del primer modo lo hará más rápido, del segundo lo hará de igual modo, con mayor sufrimiento y lentitud.

La concepción hindú integraba también la idea de la reencarnación, entendida como necesidad de que el hombre, a lo largo de innumerables vidas y en diversas circunstancias y experiencias, pusiera a prueba y ejercitase aquello que soñaba, aquello que deseaba, hasta forjar en sí mismo una realidad más profunda y evolucionada. Así, la ancestral enseñanza de la filosofía hindú consideraba al hombre como un ser que se desplazara sobre los acontecimientos y circunstancias; en el fondo concebía al tiempo como algo aparente, como una ilusión, de modo que las experiencias que se suceden en esta vida o en varias, sirven tan solo para la comprensión profunda de su conciencia imperecedera o mundo interior. Según esta concepción, las experiencia tan solo sirven para el aprendizaje de aquel que somos, el que está más allá de los ropajes que vamos adquiriendo en cada vida.

Para la mentalidad hindú, reflejo de las grandes filosofías orientales, más allá de lo cambiante, más allá de las edades o yugas por las que atraviesa el hombre y las distintas culturas y formas sociales, hay algo permanente que el Bhagavad Gïta denomina el verdadero ser. Para esta concepción, lo material, lo cambiante está sometido al paso del tiempo, al desgaste de las formas, pero el verdadero ser, lo profundo e imperecedero que alumbra en nuestro interior, permanece anclado en un mundo eterno o más bien atemporal.

Estas enseñanzas afloraron en toda época, avaladas por los grandes sabios o iniciados. Por ello, fueron expresadas de modo similar por Parménides o Platón. Mientras Parménides hacía distinción entre el Ser y las apariencias del Ser, Platón, en su enseñanza sobre las Ideas, señalaba la existencia de un mundo inteligible y de un mundo sensible. Lo inteligible es el mundo donde residen las ideas y esencias, lo sensible es lo que puede percibirse por los sentidos.



Tal vez, de ser cierta la reencarnación, el hombre transite por un sinuoso camino a lo largo de múltiples encarnaciones, las cuales le permiten actualizar los conocimientos que atesora en su interior. La vida es la fragua en donde se templa el carácter, y el hombre, lo quiera o no, va evolucionando… Si la palabra educar significa “sacar de dentro”, ¿de dónde proviene aquello que está dormido en nosotros y debemos activar?. En realidad, se aplique al fin de educarse o venga forzado por las circunstancias a hacerlo, todo hombre “hace camino al andar”, de modo que, paso a paso, descubre verdades, corrige errores, domina sus defectos y potencia sus valores.

Para dichas enseñanzas antiguas, el camino que recorremos a través del tiempo es una ilusión, y tal vez el tiempo en sí mismo sea una ilusión, o más bien el fruto de nuestra posición mental ante las circunstancias, los seres y las cosas. Quizá por ello, cada persona le da al tiempo un valor diferente, delatando así su actitud ante la vida, lo cual es un síntoma de la relatividad del tiempo. Incluso nos parece que nuestro tiempo vale más que el tiempo que otros disfrutan; de hecho, a veces llegamos tarde a una cita porque apreciamos más el uso que hacemos de “nuestro tiempo” que el que pueda hacer la persona que nos espera “del suyo”.

Para el verdadero ser que reside en nuestro mundo interior, no existe tampoco esa concepción de un tiempo que es mitad objetivo y mitad subjetivo, dado que, mientras los actos que realizamos se hallan en el mundo de lo manifestado y aparente, el verdadero ser se inserta en lo atemporal, allí donde la conciencia ya no es requerida y subyugada por cada exigencia del mundo material. Visto así, “somos” al mismo tiempo que “estamos”; aquel que está presente en lo material necesita aprender para pasar de lo que ahora es a lo que puede llegar a ser en el futuro, si bien, aquel que en realidad somos, ya tiene dentro de sí todas las potencialidades de su semilla activas. El hombre profundo que en realidad somos, aunque aún está aletargado en nosotros, se encuentra al final del camino esperando a que descubramos todas nuestras capacidades. Él nos observa mientras caminamos, de igual modo que un padre contempla las etapas que recorre su hijo a sabiendas de lo que habrá de sucederle. Algún día, paso a paso, todo aquello que hoy está en potencia en nosotros, indefectiblemente, se transformará en acto.





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