. Plutarco,
Vidas
paralelas, Licurgo.
Creo
que, en esta vida, y quizás en la otra, no hay nada más cansino,
repetitivo y aburrido, que un político español con miedo a perder
las elecciones. Se pasa el día, las horas, las semanas y los meses,
hablando de lo mismo, de lo único que sabe hacer y le han dicho, en
el partido, que haga y repita: cantar todas las maldades que nos
esperan si no le votamos a él, a su partido, y lo hacemos, por el
contrario, a los otros, a sus enemigos, ya no rivales, que son, poco
menos, que el apestoso demonio que nos va a llevar a las calderas de
Pedro Botero. O como les gusta repetir día tras día, a dar un paso
hacia delante cuando ya estamos al borde del abismo. La segunda vez
que oí al político de marras pintando tan idílico panorama recordé
un cuento infantil, Pedro
y el lobo, creo
que se titulaba. El tal Pedro siempre estaba anunciando la llegada
del lobo con la finalidad de meter miedo en los pastores, y de
divertirse con sus carreras y terrores. Ahora no se trata de
divertirse sino de conservar el sillón o la butaca. Planteamiento
que evidencia, por si no estaba claro, que la política no es un
servicio público o a la cosa pública. O es eso y algo más, mucho
más. Algo que hay que defender hasta el absurdo y el patetismo.
Hasta la esterilidad.
A
los planteamientos de estos aterrorizados políticos les siguen los
de los pretendidos periodistas que cierran filas en torno a ellos.
Estos, día sí y día también, ofrecen, periodismo de
investigación, exclusivas y grandes titulares. Y en la inmensa
mayoría de los casos dichas exclusivas recuerdan aquello de gemirán
los montes y parirán un ratón. Y
de esta forma, con exclusivas, con investigaciones, etc., hemos
descubierto que todos, absolutamente todos quienes se dedican, o lo
pretenden, a la política, son unos corruptos. Todos tienen dinero
oculto o han defraudado a hacienda en algún momento de sus vidas. A
veces estas cacareadas exclusivas ofrecen datos que, ya de por sí,
son irrisorios. Pero los mantienen pese a su más absoluta carencia
de verosimilitud, tal vez por aquello de que la verdad tiene que ser
lo que se repite una y otra vez, sin descanso, hasta aturdir al
paciente ciudadano. O porque se ha perdido la vergüenza y hasta la
más elemental de las éticas.
Llama la atención, no obstante, que
sean, según dicen, los programas televisivos de debate, entre
políticos y periodistas, los más seguidos por los telespectadores.
Seguramente será porque el debate queda reducido a un continuo cruce
de acusaciones en el que brilla el cinismo, la mentira y la
obcecación. Tropezarse con un político que reconozca haberse
equivocado es pedirle peras al olmo o buscar cotufas en el golfo. Los
políticos se parecen a esos adolescentes que siempre tienen una
justificación, absurda las más de las veces, para creerse que
quedan a salvo. Y, por supuesto, su palabra siempre es la última.
Ignoro qué diversión puede haber en semejantes espectáculos.
La
primera vez que leí la famosas Filípicas,
de
Cicerón me asombró la cantidad de insultos, soeces, que este le
dirige a Marco Antonio. Lo pone cual no digan dueñas, y no se para
en barras. No es que Marco Antonio sea santo de mi devoción; pero,
gracias a las Filípicas
terminé
odiando a Cicerón. No me cabía en la cabeza que un hombre tan
inteligente, con perdón de Mommsen, tuviera tan malas entrañas, o
tan mala baba. Luego me enteré de que ese tipo de insultos,
incestuoso, borracho, depravado, comilón, cruel, proxeneta... era
normal entre los políticos romanos dado que ellos, pobrecillos, no
tenían partidos políticos. En consecuencia no podían atacar el
programa de Craso o de Lucio porque no existía. Nadie poseía ningún
programa de acción social. ¿Para qué querían entonces el poder?,
me preguntaba ingenuamente. ¿Acaso no pretendían lo mismo Pompeyo y
César? Sí, pero tal vez haya una diferencia de matices. Y quizás
los hermanos Graco no fueran tan desencaminados. Pero, claro, los
señores senadores ya se encargaron de eliminarlos calumniándolos
primero y matándolos después: temían perder sus privilegios. Así
que los acusaron de todo. Y de lo peor: de traición a la patria. Por
supuesto que habría que preguntarse qué entendían los patriotas
senadores por patria.
Ahora ya no se lleva acusar a nadie
de apátrida, incestuoso o traidor. Cada época tiene sus
enfermedades y sus insultos. Hasta hace poco lo peor que podía hacer
un político era defender algún tipo de terrorismo, ser ambiguo con
esta lacra, o tratar de comprender, si se puede, a un terrorista. Lo
estigmatizaban como Cicerón estigmatizó a Marco Antonio. Todavía
funciona, dado el trauma que ha supuesto en España, la acusación de
terrorista o filoterrorista. Pero como quiera que este se ha diluido
bastante; y la preocupación principal del español medio ha sido, y
es, el paro y la corrupción, el mejor insulto es el de acusar de
corrupto al político que viene, aunque sólo haya defraudado, o la
parezca, un euro. De esta forma se equiparan millones de euros en
paraísos fiscales con el cobro de una beca. Y no es que trate de
justificar esto último. Pero ya puestos, podían investigar el
funcionamiento de la universidad, de la obtención de cátedras, de
la contratación de los profesores y demás. Pero eso no interesa. O
no es llamativo dado el escaso rédito político que podría tener.
No se trata de buscar la raíz del mal y de atajarlo, sino de borrar
al rival, de hacerlo desaparecer y seguir en la butaca unos cuantos
años más. Y para ello, y cuando no hay razones, se recurre a la
mera palabrería, al intento de inculcar miedo y de asustar a toda la
población. Y el razonamiento, entonces, ante el lobo que viene, es
muy claro y lógico: es posible que tengan razón, y que tras ellos
aparezca el diluvio, pero a uno le dan ganas de que llegue, de que
limpie todo esto, estos apestosos establos, y podamos respirar aire
puro. Eso por no hablar de los temores de los viejos senadores a la
savia nueva. Ya se encargarán sus escribas de hacernos ver que no
son tan nuevos, sino igual o peor que ellos. Y ya puestos, vale más
lo viejo conocido que no nuevo por conocer. Ahora bien, lo viejo
conocido es triste, patético, estéril y aburrido. ¿Por qué no
buscar fórmulas nuevas? ¿Porque los experimentos se hacen con
gaseosa? Si pensáramos así todavía estaríamos en la época de los
godos. El miedo paraliza, y no hay nada peor, aparte de un político
español asustado, que una sociedad paralizada o temerosa. Así que
ya que no tenemos voz, ejerzamos el voto, si es que vale la pena,
aunque solo sea para atemorizar un poco más a los temerosos. Tengan
en cuenta, si van a votar, que no estos no irán a la cola del paro.
Y es una pena. A lo mejor allì perdían la palabrería y la necedad.