El respeto a las religiones



Fuera de la contingencia noticiosa y en la permanente contingencia del aseguramiento del derecho de conciencia, expresado social y políticamente en las libertades de expresión y de información, es necesario reflexionar sobre los dichos del Papa Bergoglio, estando aún latentes los brutales crímenes en la revista Charlie Hebdo.

 


El jefe de la Iglesia Católica universal, estando en uno de los países con más católicos en el mundo, señaló que no se puede ofender la fe de otros y que la libertad de opinión tiene sus límites. “La libertad de expresión también tiene sus límites. No se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe”, expresó, poniendo acento en la inopinabilidad respecto de los dogmas y en la limitación  de la libertad de expresión, sin la cual no existe la libertad de conciencia como derecho.

Ello pretende que el tratamiento público de las ideas religiosas en democracia debe ser distinto a las demás ideas o relatos sobre la vida y la trascendencia humana, por las que optan las personas en su legítimo derecho a elegir en lo que creen o por lo que optan frente al existir humano.

Sin embargo, las ideas sobre la divinidad, la forma de definirla, como adorarla, como aplicar los contenidos dogmáticos, como ellos deben tener un impacto en los demás, son aspectos que diferencian a los distintos credos y que los llevan, a cada cual, a sostener la idea de detentar la absoluta verdad. Cada una presenta opiniones absolutamente distintas sobre cómo se manifestaría la revelación de Dios, y sobre la conducta que deben observar los adeptos respecto de los predicamentos que de allí se desprenden.

Es aquello - la diversidad de aseveraciones sobre la divinidad y los contenidos de los dogmas religiosos –, lo que hace a las distintas religiones asuntos absolutamente opinables. El que haya distintas concepciones sobre Dios y aseveraciones distintas sobre la forma en que se revela a los seres humanos, es lo que valida el evento de discernir sobre los contenidos dogmáticos, los cuales pueden ser discrepados, criticados, negados, y hasta ridiculizados.

En una democracia, toda idea humana puede ser cuestionada, rebatida, y hasta considerada ridícula, absurda y falaz. De hecho, día a día, hay ideas políticas, filosóficas y económicas, que son fundamentales para los grupos humanos por el impacto que tienen en la vida individual y colectiva de las personas, que son objeto de mofa o del sarcasmo, en todas las culturas y en todos los continentes. Son cuestiones tremendamente importantes, que involucran decisiones o puntos de vista de mucha trascendencia en las sociedades, sobre las cuales las personas expresan su opinión de manera concreta, muchas veces desde la sorna y la ironía más descarnada.

¿Por qué una idea de la revelación de Dios o los contenidos o relatos religiosos que de ello se desprenden, no podría ser motivo de la libertad de expresión de las personas que no comparten aquellos planteamientos?

Admitir la aseveración del Papa Bergoglio, es volver, desde la sutileza, a la pretensión histórica de todo dogma de imponer su verdad de manera absoluta y hegemónica y excluir de la sociedad toda visión distinta, a partir de la inopinabilidad sobre las afirmaciones, contenidos o relato de la religión predominante. 

No debemos olvidar, que quienes administran la fe son personas muy quisquillosas, por decir lo menos. Su irritabilidad ante la crítica es extraordinariamente sensible. La historia está repleta y agobiada de episodios en que, cualquier evento, por pequeño que sea, puede ser entendido como ofensivo para un credo desde el punto de vista del clérigo a cargo.

De hecho, muchas de las pretendidas ofensas de alcance religioso, no tienen que ver con las creencias religiosas específicas – es decir, la idea de la revelación de la palabra de Dios y el relato que lo caracteriza -, sino con la piel o exaltación de ánimo de los creyentes o los administradores de la fe, al fin y al cabo, seres humanos que no tienen nada de divino en sus conductas.

Porque, en lo esencial, la falla de los credos está en aquellos que usan la fe para objetivos terrenales. La opinión crítica, la blasfemia, la apostasía, el cuestionamiento a la práctica de las religiones, generalmente deviene como consecuencia reactiva frente a la conducta de quienes usan la fe como herramienta de poder y, en no pocos casos, para justificar la violencia, el abuso, la represión y la conquista.

Convengamos en que las graves amenazas a la convivencia pacífica, a la libertad, a los derechos humanos, a la vida, históricamente devienen de una traducción política y, en no pocos casos, militar de una concepción de Dios y de la forma de adorarlo. Ninguna de las grandes religiones monoteístas de  nuestro tiempo puede excusarse de ello en algunas etapas de su historia. El uso político y también económico de la fe hace que las ideas religiosas, legítimas y sublimes en su ideario original, se vuelvan ridículas para quienes no las comparten,

De la misma forma, en un plano más cotidiano, también viene a ser motivo de un humor corrosivo la falta de fidelidad de los adeptos respecto de su credo, más aún cuando se trata de la conducta de los clérigos.  

Son las prácticas y necesidades mundanas de los clérigos y de los políticos que usan la religión con objetivos de poder, las que necesitan de la irrenunciable fidelidad al credo, y las que exigen un exacerbado respeto a los dogmas de su fe. Pretenden con ello asegurar la regla de lo inopinable sobre lo religioso, para asegurar lo inopinable respecto de sus actos y decisiones, que serían incuestionables a partir de la pretensión de ser los representantes de la verdad de Dios sobre la Tierra.

No son ellas conductas y representaciones que merezcan respeto, menos aun cuando predomina la incoherencia con el fundamento del dogma. No puede ser respetable proclamar la misericordia de una fe a partir de un acto inmesiricorde. No puede ser respetable proclamar la virtud de un credo protegiendo a los abusadores de niños.

Sin embargo, las religiones deben ser respetadas, no cabe duda. Y ese respeto debe tener exclusivamente un alcance legal. El derecho a los adeptos de las religiones a practicar su credo en condiciones de garantías legales y tratamiento igualitario, es responsabilidad inexcusable de una sociedad democrática, y es obligación del Estado preservar la libertad y el ejercicio religioso de los fieles en la práctica de los distintos credos. Ningún sistema político tiene derecho a reprimir una creencia religiosa y el ejercicio de su culto.

Pero blasfemar también es un derecho. Cualquier persona tiene derecho a discrepar o renegar, poner en duda, o cuestionar los preceptos de una religión. Si ello ofende a una idea religiosa o a un clérigo, es algo que no puede resolverse sino por el uso de la convicción y el argumento. Una blasfemia nunca puede dar mérito para decretar la muerte del ofensor mediante las armas o la hoguera, o bajo la sutileza del silenciamiento legal o moral.  

Cuando la blasfemia se castiga o se proscribe se concreta una violación de los derechos humanos. Así lo entendió la ONU, hace tres años y medio, a través de las resoluciones de un comité de dieciocho expertos encargados de controlar el cumplimiento del Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos (ICCPR), tratado de derechos humanos refrendado en 1966, que vela por la libertad de opinión y expresión, entre otros derechos fundamentales. La resolución, identificada como Comentario General 34, compuesto de 52 párrafos, en su artículo 48, señala expresamente que las prohibiciones a las faltas de respeto a una religión o algún otro sistema de creencia, incluidas leyes contra la blasfemia, son  incompatibles con el Pacto.

Ergo, creer y adorar a Dios desde los preceptos de una religión es un derecho de conciencia, pero tales preceptos no pueden ser un deber legal ni una obligación moral para la sociedad toda. Cuando ello se pretende, cualquier idea religiosa se desvirtúa y se convierte en una aspiración política o ideológica, que no tiene por qué necesariamente ser respetada. Menos aun cuando esa aspiración se apoya en una imposición brutal.



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El respeto a las religiones


Fuera de la contingencia noticiosa y en la permanente contingencia del aseguramiento del derecho de conciencia, expresado social y políticamente en las libertades de expresión y de información, es necesario reflexionar sobre los dichos del Papa Bergoglio, estando aún latentes los brutales crímenes en la revista Charlie Hebdo.

 


El jefe de la Iglesia Católica universal, estando en uno de los países con más católicos en el mundo, señaló que no se puede ofender la fe de otros y que la libertad de opinión tiene sus límites. “La libertad de expresión también tiene sus límites. No se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe”, expresó, poniendo acento en la inopinabilidad respecto de los dogmas y en la limitación  de la libertad de expresión, sin la cual no existe la libertad de conciencia como derecho.

Ello pretende que el tratamiento público de las ideas religiosas en democracia debe ser distinto a las demás ideas o relatos sobre la vida y la trascendencia humana, por las que optan las personas en su legítimo derecho a elegir en lo que creen o por lo que optan frente al existir humano.

Sin embargo, las ideas sobre la divinidad, la forma de definirla, como adorarla, como aplicar los contenidos dogmáticos, como ellos deben tener un impacto en los demás, son aspectos que diferencian a los distintos credos y que los llevan, a cada cual, a sostener la idea de detentar la absoluta verdad. Cada una presenta opiniones absolutamente distintas sobre cómo se manifestaría la revelación de Dios, y sobre la conducta que deben observar los adeptos respecto de los predicamentos que de allí se desprenden.

Es aquello - la diversidad de aseveraciones sobre la divinidad y los contenidos de los dogmas religiosos –, lo que hace a las distintas religiones asuntos absolutamente opinables. El que haya distintas concepciones sobre Dios y aseveraciones distintas sobre la forma en que se revela a los seres humanos, es lo que valida el evento de discernir sobre los contenidos dogmáticos, los cuales pueden ser discrepados, criticados, negados, y hasta ridiculizados.

En una democracia, toda idea humana puede ser cuestionada, rebatida, y hasta considerada ridícula, absurda y falaz. De hecho, día a día, hay ideas políticas, filosóficas y económicas, que son fundamentales para los grupos humanos por el impacto que tienen en la vida individual y colectiva de las personas, que son objeto de mofa o del sarcasmo, en todas las culturas y en todos los continentes. Son cuestiones tremendamente importantes, que involucran decisiones o puntos de vista de mucha trascendencia en las sociedades, sobre las cuales las personas expresan su opinión de manera concreta, muchas veces desde la sorna y la ironía más descarnada.

¿Por qué una idea de la revelación de Dios o los contenidos o relatos religiosos que de ello se desprenden, no podría ser motivo de la libertad de expresión de las personas que no comparten aquellos planteamientos?

Admitir la aseveración del Papa Bergoglio, es volver, desde la sutileza, a la pretensión histórica de todo dogma de imponer su verdad de manera absoluta y hegemónica y excluir de la sociedad toda visión distinta, a partir de la inopinabilidad sobre las afirmaciones, contenidos o relato de la religión predominante. 

No debemos olvidar, que quienes administran la fe son personas muy quisquillosas, por decir lo menos. Su irritabilidad ante la crítica es extraordinariamente sensible. La historia está repleta y agobiada de episodios en que, cualquier evento, por pequeño que sea, puede ser entendido como ofensivo para un credo desde el punto de vista del clérigo a cargo.

De hecho, muchas de las pretendidas ofensas de alcance religioso, no tienen que ver con las creencias religiosas específicas – es decir, la idea de la revelación de la palabra de Dios y el relato que lo caracteriza -, sino con la piel o exaltación de ánimo de los creyentes o los administradores de la fe, al fin y al cabo, seres humanos que no tienen nada de divino en sus conductas.

Porque, en lo esencial, la falla de los credos está en aquellos que usan la fe para objetivos terrenales. La opinión crítica, la blasfemia, la apostasía, el cuestionamiento a la práctica de las religiones, generalmente deviene como consecuencia reactiva frente a la conducta de quienes usan la fe como herramienta de poder y, en no pocos casos, para justificar la violencia, el abuso, la represión y la conquista.

Convengamos en que las graves amenazas a la convivencia pacífica, a la libertad, a los derechos humanos, a la vida, históricamente devienen de una traducción política y, en no pocos casos, militar de una concepción de Dios y de la forma de adorarlo. Ninguna de las grandes religiones monoteístas de  nuestro tiempo puede excusarse de ello en algunas etapas de su historia. El uso político y también económico de la fe hace que las ideas religiosas, legítimas y sublimes en su ideario original, se vuelvan ridículas para quienes no las comparten,

De la misma forma, en un plano más cotidiano, también viene a ser motivo de un humor corrosivo la falta de fidelidad de los adeptos respecto de su credo, más aún cuando se trata de la conducta de los clérigos.  

Son las prácticas y necesidades mundanas de los clérigos y de los políticos que usan la religión con objetivos de poder, las que necesitan de la irrenunciable fidelidad al credo, y las que exigen un exacerbado respeto a los dogmas de su fe. Pretenden con ello asegurar la regla de lo inopinable sobre lo religioso, para asegurar lo inopinable respecto de sus actos y decisiones, que serían incuestionables a partir de la pretensión de ser los representantes de la verdad de Dios sobre la Tierra.

No son ellas conductas y representaciones que merezcan respeto, menos aun cuando predomina la incoherencia con el fundamento del dogma. No puede ser respetable proclamar la misericordia de una fe a partir de un acto inmesiricorde. No puede ser respetable proclamar la virtud de un credo protegiendo a los abusadores de niños.

Sin embargo, las religiones deben ser respetadas, no cabe duda. Y ese respeto debe tener exclusivamente un alcance legal. El derecho a los adeptos de las religiones a practicar su credo en condiciones de garantías legales y tratamiento igualitario, es responsabilidad inexcusable de una sociedad democrática, y es obligación del Estado preservar la libertad y el ejercicio religioso de los fieles en la práctica de los distintos credos. Ningún sistema político tiene derecho a reprimir una creencia religiosa y el ejercicio de su culto.

Pero blasfemar también es un derecho. Cualquier persona tiene derecho a discrepar o renegar, poner en duda, o cuestionar los preceptos de una religión. Si ello ofende a una idea religiosa o a un clérigo, es algo que no puede resolverse sino por el uso de la convicción y el argumento. Una blasfemia nunca puede dar mérito para decretar la muerte del ofensor mediante las armas o la hoguera, o bajo la sutileza del silenciamiento legal o moral.  

Cuando la blasfemia se castiga o se proscribe se concreta una violación de los derechos humanos. Así lo entendió la ONU, hace tres años y medio, a través de las resoluciones de un comité de dieciocho expertos encargados de controlar el cumplimiento del Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos (ICCPR), tratado de derechos humanos refrendado en 1966, que vela por la libertad de opinión y expresión, entre otros derechos fundamentales. La resolución, identificada como Comentario General 34, compuesto de 52 párrafos, en su artículo 48, señala expresamente que las prohibiciones a las faltas de respeto a una religión o algún otro sistema de creencia, incluidas leyes contra la blasfemia, son  incompatibles con el Pacto.

Ergo, creer y adorar a Dios desde los preceptos de una religión es un derecho de conciencia, pero tales preceptos no pueden ser un deber legal ni una obligación moral para la sociedad toda. Cuando ello se pretende, cualquier idea religiosa se desvirtúa y se convierte en una aspiración política o ideológica, que no tiene por qué necesariamente ser respetada. Menos aun cuando esa aspiración se apoya en una imposición brutal.



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