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En primer lugar, podríamos decirle a
Casas que no está mal que en sus páginas no se registre al menos un carácter
formal de toda poesía: no hablamos, claro, de viejos anacronismos superados. El
pantalón corto de la poesía –rima, métrica- es viejo tema que aburre hasta el
mismo Marechal. Pero la musicalidad, el ritmo y la verdad son intrínsecos a una
forma de representar al mundo. Y esa forma de representarlo, un género a fin de
cuentas, puede ser inestable. Pero basarse en el desequilibrio mismo para
ejercerlo…
La inestabilidad de Casas podría resumirse
como la que sigue: desplazamientos teóricos, “intelectuales”, “cultura
popular”, etc. Ardides hartos conocidos, “científicamente” válidos o
comprobados. Sí, hay verdades del otro lado de una cultura y de una forma de
imposición autoritaria, y el mismo Matthew Arnold puede nada decir o hacer
frente a todo esto.
Pero hay algo muy peligroso en la
“poesía” de Casas.
Un primer peligro es la
institucionalidad misma de ese desequilibrio. El autor se distancia de lo único
que debe permanecer como inalterable en el género: la capacidad de alterar y
duplicar al lenguaje.
Pero a su insistencia denotativa
podríamos agregarle el daño mayor: Casas no representa en sus poemas una
cultura popular, contemporánea o de enfrentamiento con los valores promulgados.
Su actualización supone el mismo correlato de “uso” o “codificación” de los
signos divulgados, incluso reciclados, fuera del peligro.
Pero claro, esto es lo que permite que
un género históricamente marginal hoy circule en sin asombro. “Dialéctica
estéril del fútbol”: snobismo / residuo académico y cultura popular. Lo bárbaros
civilizados abren su garganta frente a tales vestigios...