. Pero no es la única.
Existen historias auténticamente reales y maravillosas. Por ejemplo, la
relación amorosa entre el filósofo francés Pedro
Abelardo y Eloisa, con pasión a
escondidas y fuga incluida. Lo mismo
sucede con la historia de amor entre el emperador mogol Shah Jehan y la princesa persa Muntaz
Mahal, tras cuya muerte el emperador enloqueció y se arruinó con la
construcción del famoso Taj Mahal. Y qué decir de la historia entre Cleopatra y Marco Antonio. O la de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, los famosos “Amantes de
Teruel”. O la de Sissi de Baviera y Francisco José. O la historia de Dante Alighieri y Beatriz Portinari. O la de Hernán
Cortés y Malinalí, más conocida
como La Malinche. O la preciosa histora entre Liu Guojiang -que tenía 19
años de edad- y Xu Chaoqin -una mujer de 29, madre y viuda-, que tuvieron
que fugarse y vivir en la miseria repudiados por todos los familiares por su
situación y la diferencia de edad. Sobre esta historia, basta decir que, como
el camino hasta la recóndita cueva donde vivían era muy
complicado y lleno de escarpados riscos, la mujer terminó por quedarse en casa,
así que su amante decidió tallar con sus propias manos durante 50 años las gradas de una
escalera para salvar los 1.550 metros de desnivel de la montaña y facilitar así la
bajada de su mujer. Dice uno de sus hijos que cuando murió su padre, su madre
no paraba de repetir día tras día “Tú me
prometiste que cuidarías de mí, que siempre estarías conmigo hasta el día en
que muriera, ahora, tú te fuiste antes que yo, ¿cómo voy a vivir sin ti?”
Todo esto que he contado viene porque
hace unos días vi un cartel en un edificio público que rezaba “No puedo ser la
mujer de tu vida porque ya lo soy de la mía”. Y ese mensaje me llenó de una
profunda tristeza. Es evidente que hoy en día el romanticismo es un reducto del
pasado. Entre esta “modernidad” que potencia el individualismo y la falta de
compromiso, y la violencia de género que hace que muchas personas confundan
posesión con amor, se tiende a interpretar las relaciones de amor altamente
pasionales como ridículas, absurdas, antiguas y, lo que es peor, como propias
de seres con problemas de identidad personal. En la actualidad, todos los
personajes de las historias anteriores serían considerados unos pobres y
estúpidos gilipollas, ya que cada uno de nosotros debemos tener nuestra
individualidad, sin necesidad de ser alguien gracias al otro.
Evidentemente una mujer puede ser la
mujer de su vida. Y eso está bien. Yo, por ejemplo, también soy el hombre de mi
vida. Y eso me hace feliz. No necesito a nadie para caminar, ni para beber, ni
para rascarme la cabeza. Pero también tengo a mi lado a una mujer de mi vida.
Como soy el hombre de mi vida, podría comer solo, pero prefiero comer con la
mujer a la que amo, porque ella le da sentido a ese primitivo acto de tomar alimentos.
También podía ir al cine solo, porque soy el hombre de mi vida, pero la mujer de
mi vida me da visiones que a mí me pasan desapercibidas y eso me encanta. También
podría caminar por una calle solo, porque soy el hombre de mi vida, pero si no
voy acompañado por la mujer de mi vida me siento cojo, incluso un poco
ridículo. Podría ir a la deriva por esta vida siendo solo el hombre de mi vida,
pero la mujer de mi vida me complementa, me ayuda a encontrar el rumbo cuando
estoy perdido, me apacigua cuando estoy nervioso, me anima cuando estoy
desesperanzado, comparte mis alegrías y me hace partícipe de las suyas, me hace
reír cuando estoy triste, me alegra mi existencia en esta fugaz vida cuando me
despierto, o al acostarme, o cuando dice mi nombre, o cuando viajamos juntos.
Tal vez soy un individuo con
problemas de identidad, no me cuesta reconocerlo; yo soy el hombre de mi vida,
pero sin la mujer de mi vida, soy solo medio hombre.ME GUSTASEGUIR EN TWITTERCONÓCEME