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Día de reyes


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09/01/2015

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Me desperté tarde. Eran las nueve de la mañana. No suelo dormir tanto. La explicación estaba en el paseo del día anterior. Me empeñé en ir a pie a todos los sitios. No subí a ningún autobús, así que llegué a la residencia muy cansado, notando en todo mi cuerpo el bendito paso del tiempo. Bostezando abrí la ventana de la habitación. Apenas si podía distinguir el pequeño jardín que hay bajo esta. Mañanitas de niebla, tardes de paseo. Recordé el viejo refrán. Y me animé. Pensé que lo mejor que podía hacer, para renovar mi cansancio, era volver a caminar como lo hice el día anterior. La resolución me puso de buen humor. Antes de salir cogí los regalos para mis amigos.


Estaban terminando de desayunar. Yo lo hice rápidamente. Nos reunimos los tres en un rincón de la vieja sala. No había nadie aunque ya no era temprano. Imaginé que estaban todos con la triste resaca navideña.

-Buenos días, doña Paquita. ¿Cómo está usted?

-Muy bien, muchas gracias.

Le di la mano al señor Tomás. Este, como me gustaba a mí, la apretó con fuerza. Nos sentamos. Le entregué el regalo al señor Tomás. Era un libro que había encontrado en una librería de viejo; un libro que él había nombrado en alguna ocasión; y que, según contó, le impresionó en su momento, cuando era joven. En tanto lo abría, le di el otro regalo a doña Paquita. De ambos recibí sendos paquetitos. Por una graciosa casualidad, recibí lo mismo que entregué: una pluma estilográfica por parte de doña Paquita, y una novela, que no me apetece leer, por parte del señor Tomás.

-Está muy bien esto de los regalos -dijo el señor Tomás arrugando el papel que envolvía el libro- pero ¿no echan ustedes de menos el que los regalos estuvieran en un mesa, y la ilusión con la que uno se levantaba de la cama cuando era niño?

-A veces, en los momentos de debilidad, sí -reconoció doña Paquita.

-¿Y usted? -me preguntó a mí.

-No, yo no; no lo echo de menos. En realidad creo que no echo nada de menos.

-Por eso es usted tan feliz, o lo aparenta -apuntó doña Paquita.

-No sé si soy feliz, señora. Trato de adaptarme. Y me doy cuenta de que hay cosas que ya no puedo hacer. Y que, en el fondo, tampoco me apetece mucho hacerlas.

-Yo no quisiera amargarle el día; pero muy a menudo me da la impresión de que es usted un ser bastante resignado.

-Tal vez tenga usted razón. Y tal vez la vida no sea sino un camino, más o menos cuesta arriba, hacia la resignación.

-¡Hombre! -exclamó doña Paquita- tampoco se ponga usted tan derrotista. Siempre hay cosas nuevas que están al alcance de cualquiera.

-Por supuesto -afirmé-. Pero no creo que a nadie se le ocurra llamarme resignado porque no sienta ansias de coger la bicicleta, como hacía de joven, y volver a emprender el camino de Santiago, por ejemplo.

-No podría -me sonrió doña Paquita.

-Ni puedo ni me apetece. Aquello forma parte de un momento de mi vida que se terminó, como otras muchas cosas...

-Y que tiene la importancia que nosotros le queremos dar -apostilló doña Paquita sonriendo e imitándome.

-Tú lo has dicho, como dijo aquel poco antes de que lo crucificaran.

-Pues a mí hay veces -intervino el señor Tomás- en los que la melancolía me puede. Entonces me entra una tristeza enorme. Ahora, por ejemplo, leyendo algunas líneas de este libro que me ha regalado, he recordado la primera vez que lo leí, y, con él, toda mi juventud.

-La magdalena de Proust -dijo doña Paquita meneando la cabeza- ha hecho bastante daño.

-¡Hombre! -exclamé yo-. Pobre Proust.

-Es una forma de hablar -se disculpó doña Paquita-. Yo también tengo a veces mis particulares magdalenas. Me suele suceder eso, como al señor Tomás, con los libros. Muchos de ellos, creo que todos, los tengo subrayados y anotados. Y a veces me encanta leer mis anotaciones, y sonreír ante la ingenuidad de algunas de mis juveniles y lejanas observaciones. Y recuerdo infinidad de cosas. ¿A usted no le sucede esto?

-¡Ay, doña Paquita de mis amores! La vida es muy cruel. Mi magdalena particular eran los pasteles de moniato, o boniato, que de ambas formas se puede decir. No soy nada goloso. El único dulce que me ha gustado, con delirio, ha sido este delicioso pastel. Me recordaba mi juventud, cuando mis padres tenían una panadería... Pero, ya sabe, la vejez, la diabetes, y la prohibición de tener una muerte dulce. Ahora veo los pasteles de moniato, o boniato, y me echo a temblar. Vamos, que ni los pruebo. Así que casi ni recuerdo mi juventud. ¿Para qué?

-Hay que saber escoger, señor mío -dijo el señor Tomás sonriendo-. Se tenía que haber aficionado usted al jamón. Eso no lo suelen prohibir.

-No, si el jamón también me gusta. Y mucho. Lo que sucede es que no me levanta recuerdos magdalenísticos. O magdalenienses...

-Hoy se ha levantado usted gracioso de verdad -intervino doña Paquita amenazándome con la cajita del regalo-. Me apunto la palabra con esta maravillosa pluma estilográfica.

-Por cierto -dijo el señor Tomás- me tiene que dedicar el libro -diciéndolo me lo alargó. Yo a su vez le alargué el mío. Durante unos minutos los tres estuvimos callados y escribiendo. Doña Paquita y yo con plumas estilográficas. El señor Tomás, como más actual que es, con un bolígrafo de punta redondeada capaz de escribir hasta cabeza abajo. Quizás por eso tiene una letra tan horrible.

-Bien -dijo doña Paquita intentando, como una virgen vestal, mantener vivo el fuego de la conversación-. ¿Y qué tal han pasado ustedes estos días?

-De maravilla-contesté raudo-. A mí siempre me han gustado mucho las fiestas. Y más las de Navidad.

-¡Pero hombre -exclamó el señor Tomás- si aquí todos los días son iguales! No trabajamos. Siempre parece que estamos en domingo.

-Sí, tiene razón. Pero a mí me gusta mucho ir a pasear por la ciudad, y ver las calles llenas de gente, con sus bombillas de colores y sus villancicos, si los hay. Y, sobre todo, me gusta caminar por encima de las alfombras que ponen delante de los comercios.

-¡Ay, a mí también me gusta eso! -dijo doña Paquita, feliz- Me siento como una emperatriz taconeando esas alfombras rojas y mullidas. Lástima que las hagan tan breves.

-Tiene razón. Tenían que hacerlas de diez o veinte metros. Como mínimo. Yo he descubierto una muy larga. Y siempre voy allí a pisotearla.

-Podía haber avisado.

-De aquí unos meses se lo digo. Y la pateamos.

-Si llegamos -dijo el señor Tomás con un leve toque de melancolía.

-Bueno, para morirse -le contesté- es suficiente con estar vivo. Y nosotros lo estamos, así que carpe diem.

-¿No se le encoge a usted el estómago? Ha pasado otro año...

-No, no se me encoge. Vamos muriendo poco a poco. ¿Cómo era aquello que ponía en un reloj... omnia vulnerant, ultima necat? Creo que era así.

-¿Qué quiere decir?

-Que nos van enterrando a plazos -explicó doña Paquita-: primero los dientes de leche, luego una muela, más tarde el apéndice o las secundinas, o la placenta...

-Así que llega uno a la meta limpio de polvo y paja. Y sin un pelo de tonto -añadí mirando su brillante calva muy parecida a la mía.

-No sé cómo se puede tomar estas cosas con tanta ligereza -dijo el señor Tomás que no estaba de humor aquella mañana, pese al libro.

-No me las tomo a la ligera. Pero tampoco es para echarse a llorar. Por propia experiencia sé que las situaciones duras o pesadas no lo son tanto cuando uno se mete de lleno en ellas. Dicho de otro modo: pompa mortis magis terret quam mors ipsa.

-¡Vaya! -exclamó doña Paquita-, ha venido usted hoy hecho un don Latino de Hispalis, aunque este no hablara en latín.

-Lo siento. Pero llevo unos días en los que me despierto, y no hago más que recordar frases y frases de cuando comencé a estudiar latín en serio.

-¿Se tomaba pastillas de joven? -me preguntó sonriendo.

-No, no señora, así que no me venga con pastillas proustianas. Además, me sucede nada más despertarme, antes de tomarme nada.

-Se dice que los condenados a muerte... -comenzó a decir el señor Tomás-. ¡Lo siento! Perdóneme. Hoy tengo el día cenizo.

-Pero ¿qué le ha pasado a usted? -le pregunté un poco preocupado. Vi entonces que doña Paquita, con disimulo, me hacía signos para que me callara. Imaginé que la familia no había venido a visitarlo, o que tal vez él esperaba que se lo llevaran durante los días de Navidad.

-Nada; no se preocupe -contestó al cabo de unos segundos intentando cambiar de actitud-. Tiene razón en lo que dice -añadió-. Cuando salí a comprarles los regalos -comenzó a contar- estuve almorzando con un viejo amigo. Hablamos de nuestras jubilaciones. Y creo que los dos llegamos a la misma conclusión: nos dejamos el trabajo cuando nos sentimos un tanto impotentes ante los nuevos métodos...

-Eso mismo me sucedió a mí -lo interrumpió doña Paquita, sin duda para que se animara-. Yo era feliz en las aulas; pero hubo una época en la que se empeñaron en los institutos en que los alumnos fueran con tablets, o como se llamen; y yo me negué, me negué; para mí los alumnos tenían que saber utilizar un bolígrafo. Y dejarse de móviles y demás aparatos.

-Mi amigo -le replicó el señor Tomás- me dijo que la necesidad crea maestros. Así que el día que sus alumnos necesiten escribir a mano, aprenderán.

-Y seguramente -intervine yo- lo harán más rápidamente que nosotros.

-Pues a mí -dijo doña Paquita contemplando el regalo- me gusta mucho escribir con pluma estilográfica.

-Y a mí también. Pero nosotros somos una pareja de dinosaurios. ¿Ve? El señor Tomás, que es más joven, utiliza bolígrafos de tinta líquida.

-Oiga, ¿y cómo es eso -preguntó intentando animarse- que le da por recordar frases en latín?

-No lo sé. En serio.

-¿No estarán relacionadas con alguna conversación oída por ahí? Como no hace más que irse de picos pardos -doña Paquita fingió, espero, estar celosa.

-Es posible que se deba a eso porque el otro día me acordaba de cuando la diosa Juno dispersa las naves de Eneas...

-Pero eso no es acordarse de una frase -me recriminó doña Paquita.

-Señora -le repliqué haciendo acopio de paciencia- estoy contextualizando lo que voy a contar.

-Perdón. ¿Y qué era?

-Un verso: aeternum vulnus sub pectore servans. La eterna herida, aeternum vulnus. Me encanta la expresión ¿Y sabe usted cuál es la eterna herida? -le pregunté al señor Tomás.

-No. Dígamelo.

-La vanidad herida. El no haber sido escogida Juno como la más bella de las diosas en el monte Ida por el pisaverde de Paris, quien prefirió, sin duda con muy buen gusto, a Afrodita.

-¿Por qué dice eso del buen gusto?

-Porque Afrodita, cazada por su feo marido con su amante en la cama, fue expuesta, junto a aquel, desnuda, en una red que colgaba del cielo. Y algunos dioses, que pasaban por allí camino de la oficina, con sus pertrechos divinos, el rayo, el caduceo, el petaso... alabaron sus divino y apetecible culito...

-¡Ay, ya estamos!

-Señora, usted me ha preguntado. Y no digo nada de los otros deliciosos encantos.

El señor Tomás, por fin, sonrió abiertamente. Me dio entonces las gracias por el libro, y comenzó a contarnos sus primeras impresiones de cuando lo leyó allá en su juventud. Viéndolo tan entusiasmado, me acordé de otra frase en latín. Pero no quise decirla. Escribí una nota que le pasé a doña Paquita. Decía en ella que había conseguido hacerlo sonreír. Así que me debía una invitación. Y nada de café y sacarina. La mitología siempre funciona. Con chicos y mayores.







Etiquetas:   Gestión del Tiempo   ·   Felicidad   ·   Tristeza

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