Me desperté tarde. Eran las nueve de la mañana. No suelo dormir tanto. La explicación estaba en el paseo del día anterior. Me empeñé en ir a pie a todos los sitios. No subí a ningún autobús, así que llegué a la residencia muy cansado, notando en todo mi cuerpo el bendito paso del tiempo. Bostezando abrí la ventana de la habitación. Apenas si podía distinguir el pequeño jardín que hay bajo esta. Mañanitas de niebla, tardes de paseo. Recordé el viejo refrán. Y me animé. Pensé que lo mejor que podía hacer, para renovar mi cansancio, era volver a caminar como lo hice el día anterior. La resolución me puso de buen humor. Antes de salir cogí los regalos para mis amigos.



