. Nos quedamos de
piedra. Se relacionaba muy poco con los internos; pero aun así
asistió a algunas de nuestras reuniones. Una de ellas la recuerdo
con toda nitidez: doña Paquita quiso que habláramos todos de un
mismo y único tema, que puso ella, naturalmente. Aquel día aquel
señor se convirtió en el protagonista de la charla. O así al menos
lo recuerdo yo.
-Debido
a la lectura de un libro, que ahora no viene a cuento -dijo doña
Paquita cuando nos tuvo a los tres ante ella- me gustaría que
hiciéramos un pequeño juego que, espero, les resulte provechoso y
divertido.
-Usted
dirá -dijo el Fallecido sonriendo.
-Me
gustaría que durante unos segundos, o durante el tiempo que haga
falta, pero que sea breve, reflexionemos cada uno de nosotros sobre
nuestra vida; y que seamos capaces de hallar un tema o motivo que la
defina o la abarque por completo.
-¿No
puede plantear usted unos juegos más sencillos? -dije yo con alguna
desgana.
-No
es tan difícil -opuso el Fallecido sonriendo de nuevo.
-Me
alegro que lo vea así -le sonrió doña Paquita.
-A
estas alturas de nuestras vidas -dijo el Fallecido- todos hemos
reflexionado sobre ella; o hemos tenido infinidad de imágenes de la
misma. Y sí, tiene usted razón, hay cosas que se repiten o que son
monotemáticas y que parece que podrían definirla.
-¿No
le parece a usted -pregunté yo un tanto escéptico- que eso es como
creer en el destino, en el fatum?
-la pregunta me pareció un poco absurda, así que traté de
explicarme de otra forma:
en
el fondo esto
no
es más que una simplificación.
-Sí
-contestó tras una breve vacilación-. Pero eso no explica nada.
-Yo
más que el destino -intervino el señor Tomás, el sindicalista-
creo en una clara voluntad de llevar un proyecto hacia delante. Y esa
voluntad nace de la persona porque así quiere que sea. Y por
supuesto que un proyecto puede encerrar a toda una vida.
-¡Qué
confianza tiene usted en el hombre! -exclamó el Fallecido.
-La
fe de los viejos combatientes -dije guiñándole un ojo.
-¿Diría
usted -preguntó entonces el Fallecido- que la lucha, como quiere
nuestra señora doña Paquita, ha sido la línea conductora de su
vida?
-Hombre,
yo, así de pronto, encerrar mi vida en una palabra... no sé... es
un poco arriesgado. Una vida tan larga ya...
-¿Y
usted, doña Paquita, cuál diría que ha sido el soporte de todos
los momentos de su vida? -pregunté yo
-¡Ah,
yo lo tengo muy claro! -exclamó la buena señora mostrándonos el
libro que llevaba entre las manos.
-El
hilo que une todas las perlas de doña Paquita -concluí yo, que
estaba de buen humor- es nullo
die sine volumen.
-No
sea exagerado -contestó sonriendo- ponga más bien el original, sine
linea. ¿Y
cuál ha sido el suyo? -le preguntó a su vez al Fallecido.
-Tenía
el turno el señor Tomás -respondió aquel como si tuviera pudor de
hablar de su vida- que estaba comenzando a contradecirse.
Se
hizo un breve silencio. Todos nos quedamos mirando al viejo
sindicalista. Este se pasó la mano izquierda por la frente, y
comenzó a hablar.
-Sí,
es cierto. Siendo coherente, si algo caracteriza a mi vida es la
continua lucha, la confrontación para lograr cosas mejores de las
que tenía o teníamos. Recuerdo que en 4º de bachillerato, los
compañeros, sin duda para reírse de mí por mi apocamiento de
entonces, me hicieron delegado de clase. Había problemas en el
instituto, comencé a pedir cosas, a moverme, y logré algunas
-recordó sonriendo.
-Y
ahí comenzó su exitosa carrera -bromeé yo.
-No
-repuso entre modesto y triste- apenas si he obtenido algún pequeño
triunfo. Nada comparado con lo que soñé: un mundo sin corrupción,
de políticos honestos, y de trabajadores que cumplían con su
cometido...
-Una
meta un tanto elevada, ¿no cree? Máxime cuando toda una sociedad va
por el camino contrario -apuntó doña Paquita- El lema de unos y
otros parece ser el de la vieja Celestina: a tuerto o a derecho, mi
casa hasta el techo.
Reímos
brevemente.
-Yo
siempre he tenido miedo a esas cosas -intervino el Fallecido-. A que
me corrompieran. Sé, y reconozco, que soy muy débil; por eso nunca
he querido aceptar ningún cargo de ningún tipo: hubiera acabado
corrompiéndome. Estoy seguro.
-¿Cómo
puede estar tan seguro de eso? -le preguntó el señor Tomás.
-Porque
en el fondo es lo que desea -medio bromeé yo.
-No,
se equivoca. No lo he deseado nunca. Verá, a mí también me
hicieron delegado de curso no recuerdo cuándo. Sí que recuerdo que
mis compañeros me fueron dando dinero para que comprara un balón
para poder jugar en el patio, durante el recreo. Hablo de cuando yo
tendría trece o catorce años.
-¿No
me diga que se quedó con el dinero? -preguntó espantado el señor
Tomás.
-Sí
señor. Acepté dinero de todo el mundo, de todo el instituto. Compré
el balón más barato que encontré, sin factura ni tiket, y me quedé
con el sobrante, mucho para aquella época. A la hora de jugar al
fútbol había tanta gente en el patio que raro era que aquel balón
tocara el suelo. Mis compañeros me protestaron airadamente, pero yo
ya me había gastado todo el dinero en tonterías y caprichos. A los
pocos días, con unas cuantas cosas inútiles a mi alrededor, comencé
a sentir asco por lo que había hecho. Me vi como un pobre imbécil.
Y nunca más he querido aceptar ningún cargo. Y, mucho menos,
dinero.
-Nosce
te ipsum.
-Pero
entonces está claro -intervino el señor Tomás- que la corrupción
no ha sido el eje de su vida. Es decir la memez, por no soltar
palabrotas, que ha dicho una política de que la corrupción es
patrimonio nacional...
-La
que es de la casa llana no lo quiere ser sola -dije muy fino- Y este
señora no sabe lo que es el patrimonio.
-Entonces
-preguntó doña Paquita- ¿la corrupción no ha sido el eje
vertebrador de su vida?
-No.
Espero que no.
-¿Y
nunca más ha tenido oportunidad -preguntó el viejo sindicalista- de
meter la mano en saco ajeno?
-Lo
he evitado siempre, con todas mis fuerzas. Me daba terror estar al
lado de algo que no fuera mío.
-Por
eso mismo -intervino doña Paquita- yo me fiaría de usted. Una
persona que tiene miedo a corromperse...
-No
es nada especial -concluyó el Fallecido-. Y ya no habrá
oportunidad; pero no quisiera verme en el caso...
-Bien
-dijo doña Paquita-. Eso está bien; pero nos hemos quedado sin
saber cuál ha sido el eje de su vida.
Hizo
varios gestos de indecisión. Se quitó y se puso las gafas un par de
veces. Y comenzó a hablar al cabo de unos segundos:
-No
me gustaría utilizar grandes palabras -dijo con lentitud-. Pero creo
que si hay algo que ha definido mi vida, eso ha sido la soledad.
-¿Buscada
o impuesta? -pregunté un tanto impertinentemente.
-De
todo ha habido. Pero tanto en un caso como otro, ha sido aceptada.
-¿Y
no le da la impresión -preguntó el señor Tomás- de que aceptar lo
que no se busca es resignación? Tal vez sea ese el motor de su vida.
-Sí,
es posible que tenga usted razón. Pero hay cosas contra las que no
se puede luchar.
-Creo
-replicó el señor Tomás irguiéndose- que lo único contra lo que
no puede luchar el hombre es contra la muerte. Todo lo demás es
factible de ser cambiado.
-Quisiera
tener su fe. Se lo digo en serio. Pero hay cosas que no van a variar.
O, para que lo hagan, va a costar millones y millones de vidas. Y no
creo que valga la pena.
-¿Estamos
hablando de lo mismo?
-Sí,
señor; estamos hablando de lo mismo. Mire, y eso usted lo sabrá
mejor que yo, en este nuestro bendito país tenemos una terrible y
nefasta convivencia entre el poder político y el judicial.
-Do
ut des.
-Nunca
mejor dicho. O explicado de otra forma: si quieres progresar en tu
mezquina carrera, no metas el derecho en mis asuntos, en mis
trapicheos y componendas... ¿Y usted cree que esto va a cambiar?
¡Dios mío, si hasta la prensa está corrompida! Todos los
periódicos parecen los coribantes del poder.
-¿Y
a quién le extraña eso? -pregunté yo.
Durante
unos segundos guardamos silencio. Había quedado un halo de amargura
flotando en el aire. Doña Paquita intentó terminar con ella.
-Parece
ser que el lazo de unión de las vidas de ustedes tres ha sido la
lucha por la justicia.
-Nada
más lejos de la realidad -respondió raudo el Fallecido-. Yo no he
luchado por nada. O mejor, luché por terminar mis estudios, por
tener un trabajo digno, por ser un buen profesional, por no estar
solo...
-Y
porque no le dieran ningún cargo de relevancia -apunté yo.
-Sí,
es cierto. Lo cual no presupone que no me indignaran e indignen los
múltiples casos de corrupción de nuestro país. A veces tengo la
impresión de que vivimos en la selva. ¿Cómo puede haber tanto
corrupto? ¿Cómo señores con estudios pueden estar a favor de
quienes roban y estafan por un plato de lentejas? A veces siento
tanta rabia que, no sé, sería capaz de cualquier barbaridad.
-Yo
creo -dije tratando de rebajar la tensión- que nuestro país debería
estar a los pies de un Vesubio gigantesco. Este debería entrar en
erupción y sepultarnos a todos rápidamente.
-Esa
sería una buena solución: así, cuanto menos, no iríamos por ahí
matándonos los unos a los otros. Todo estas connivencias y
corruptelas no presagian nada bueno.
-¡Dios
mío! -exclamó doña Paquita- siempre terminan ustedes hablando de
lo mismo. Ya es tan molesto como frustrante. ¿Por qué no cambian de
tema? ¿Por qué no nos habla de su soledad? -preguntó dirigiéndose
al Difunto.
-¿Qué
quiere que le diga? Cuando conseguí mi primer trabajo, a los pocos
meses me ofrecieron algo que no me gustó nada; no lo acepté y me
marginaron. Nunca he comprendido, sin embargo, por qué no me tiraron
de aquel trabajo... Luego, todo fue coser y cantar. Se lo puedo
resumir en dos palabras. Por lo que he oído es usted una gran amante
de la literatura.
-Sí,
así es. Y me gustaría que, alguna vez, para variar, habláramos de
libros.
-Lo
intentaremos. Ahora le respondo a la pregunta inicial, a cuál ha
sido el tema o hilo conductor de mi vida: la soledad. Mi
vida es un erial, flor que todo se deshoja.
El
silencio se hizo tan espeso que, molesto, me levanté de mi silla
como si tuviera dieciocho años y se me hiciera tarde para ir a una
deseada cita.
-¿Alguien
quiere un café? -pregunté sacando varias monedas de mi bolsillo.
-Sí,
traiga unos cuantos -dijo doña Paquita con los ojos brillantes-. Y
olvídese de la sacarina: póngales azúcar y en abundancia. O
endulzamos esto o reventamos.
-No
pierda la esperanza -sonrió ahora el señor Tomás-. Hay gente joven
por ahí fuera dispuesta a dar la batalla. No se desmoralice.
-Siempre
hay que creer en algo o tener fe en alguien -le murmuré a la máquina
de café que, por supuesto, no me contestó. Era de esperar.