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19/12/2014

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Pese a que trataron de ocultarla, como hacían siempre, nos enteramos de la muerte de aquel buen señor que no podía dormir. Nos quedamos de piedra. Se relacionaba muy poco con los internos; pero aun así asistió a algunas de nuestras reuniones. Una de ellas la recuerdo con toda nitidez: doña Paquita quiso que habláramos todos de un mismo y único tema, que puso ella, naturalmente. Aquel día aquel señor se convirtió en el protagonista de la charla. O así al menos lo recuerdo yo.


-Debido a la lectura de un libro, que ahora no viene a cuento -dijo doña Paquita cuando nos tuvo a los tres ante ella- me gustaría que hiciéramos un pequeño juego que, espero, les resulte provechoso y divertido.

-Usted dirá -dijo el Fallecido sonriendo.

-Me gustaría que durante unos segundos, o durante el tiempo que haga falta, pero que sea breve, reflexionemos cada uno de nosotros sobre nuestra vida; y que seamos capaces de hallar un tema o motivo que la defina o la abarque por completo.

-¿No puede plantear usted unos juegos más sencillos? -dije yo con alguna desgana.

-No es tan difícil -opuso el Fallecido sonriendo de nuevo.

-Me alegro que lo vea así -le sonrió doña Paquita.

-A estas alturas de nuestras vidas -dijo el Fallecido- todos hemos reflexionado sobre ella; o hemos tenido infinidad de imágenes de la misma. Y sí, tiene usted razón, hay cosas que se repiten o que son monotemáticas y que parece que podrían definirla.

-¿No le parece a usted -pregunté yo un tanto escéptico- que eso es como creer en el destino, en el fatum? -la pregunta me pareció un poco absurda, así que traté de explicarme de otra forma: en el fondo esto no es más que una simplificación.

-Sí -contestó tras una breve vacilación-. Pero eso no explica nada.

-Yo más que el destino -intervino el señor Tomás, el sindicalista- creo en una clara voluntad de llevar un proyecto hacia delante. Y esa voluntad nace de la persona porque así quiere que sea. Y por supuesto que un proyecto puede encerrar a toda una vida.

-¡Qué confianza tiene usted en el hombre! -exclamó el Fallecido.

-La fe de los viejos combatientes -dije guiñándole un ojo.

-¿Diría usted -preguntó entonces el Fallecido- que la lucha, como quiere nuestra señora doña Paquita, ha sido la línea conductora de su vida?

-Hombre, yo, así de pronto, encerrar mi vida en una palabra... no sé... es un poco arriesgado. Una vida tan larga ya...

-¿Y usted, doña Paquita, cuál diría que ha sido el soporte de todos los momentos de su vida? -pregunté yo

-¡Ah, yo lo tengo muy claro! -exclamó la buena señora mostrándonos el libro que llevaba entre las manos.

-El hilo que une todas las perlas de doña Paquita -concluí yo, que estaba de buen humor- es nullo die sine volumen.

-No sea exagerado -contestó sonriendo- ponga más bien el original, sine linea. ¿Y cuál ha sido el suyo? -le preguntó a su vez al Fallecido.

-Tenía el turno el señor Tomás -respondió aquel como si tuviera pudor de hablar de su vida- que estaba comenzando a contradecirse.

Se hizo un breve silencio. Todos nos quedamos mirando al viejo sindicalista. Este se pasó la mano izquierda por la frente, y comenzó a hablar.

-Sí, es cierto. Siendo coherente, si algo caracteriza a mi vida es la continua lucha, la confrontación para lograr cosas mejores de las que tenía o teníamos. Recuerdo que en 4º de bachillerato, los compañeros, sin duda para reírse de mí por mi apocamiento de entonces, me hicieron delegado de clase. Había problemas en el instituto, comencé a pedir cosas, a moverme, y logré algunas -recordó sonriendo.

-Y ahí comenzó su exitosa carrera -bromeé yo.

-No -repuso entre modesto y triste- apenas si he obtenido algún pequeño triunfo. Nada comparado con lo que soñé: un mundo sin corrupción, de políticos honestos, y de trabajadores que cumplían con su cometido...

-Una meta un tanto elevada, ¿no cree? Máxime cuando toda una sociedad va por el camino contrario -apuntó doña Paquita- El lema de unos y otros parece ser el de la vieja Celestina: a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo.

Reímos brevemente.

-Yo siempre he tenido miedo a esas cosas -intervino el Fallecido-. A que me corrompieran. Sé, y reconozco, que soy muy débil; por eso nunca he querido aceptar ningún cargo de ningún tipo: hubiera acabado corrompiéndome. Estoy seguro.

-¿Cómo puede estar tan seguro de eso? -le preguntó el señor Tomás.

-Porque en el fondo es lo que desea -medio bromeé yo.

-No, se equivoca. No lo he deseado nunca. Verá, a mí también me hicieron delegado de curso no recuerdo cuándo. Sí que recuerdo que mis compañeros me fueron dando dinero para que comprara un balón para poder jugar en el patio, durante el recreo. Hablo de cuando yo tendría trece o catorce años.

-¿No me diga que se quedó con el dinero? -preguntó espantado el señor Tomás.

-Sí señor. Acepté dinero de todo el mundo, de todo el instituto. Compré el balón más barato que encontré, sin factura ni tiket, y me quedé con el sobrante, mucho para aquella época. A la hora de jugar al fútbol había tanta gente en el patio que raro era que aquel balón tocara el suelo. Mis compañeros me protestaron airadamente, pero yo ya me había gastado todo el dinero en tonterías y caprichos. A los pocos días, con unas cuantas cosas inútiles a mi alrededor, comencé a sentir asco por lo que había hecho. Me vi como un pobre imbécil. Y nunca más he querido aceptar ningún cargo. Y, mucho menos, dinero.

-Nosce te ipsum.

-Pero entonces está claro -intervino el señor Tomás- que la corrupción no ha sido el eje de su vida. Es decir la memez, por no soltar palabrotas, que ha dicho una política de que la corrupción es patrimonio nacional...

-La que es de la casa llana no lo quiere ser sola -dije muy fino- Y este señora no sabe lo que es el patrimonio.

-Entonces -preguntó doña Paquita- ¿la corrupción no ha sido el eje vertebrador de su vida?

-No. Espero que no.

-¿Y nunca más ha tenido oportunidad -preguntó el viejo sindicalista- de meter la mano en saco ajeno?

-Lo he evitado siempre, con todas mis fuerzas. Me daba terror estar al lado de algo que no fuera mío.

-Por eso mismo -intervino doña Paquita- yo me fiaría de usted. Una persona que tiene miedo a corromperse...

-No es nada especial -concluyó el Fallecido-. Y ya no habrá oportunidad; pero no quisiera verme en el caso...

-Bien -dijo doña Paquita-. Eso está bien; pero nos hemos quedado sin saber cuál ha sido el eje de su vida.

Hizo varios gestos de indecisión. Se quitó y se puso las gafas un par de veces. Y comenzó a hablar al cabo de unos segundos:

-No me gustaría utilizar grandes palabras -dijo con lentitud-. Pero creo que si hay algo que ha definido mi vida, eso ha sido la soledad.

-¿Buscada o impuesta? -pregunté un tanto impertinentemente.

-De todo ha habido. Pero tanto en un caso como otro, ha sido aceptada.

-¿Y no le da la impresión -preguntó el señor Tomás- de que aceptar lo que no se busca es resignación? Tal vez sea ese el motor de su vida.

-Sí, es posible que tenga usted razón. Pero hay cosas contra las que no se puede luchar.

-Creo -replicó el señor Tomás irguiéndose- que lo único contra lo que no puede luchar el hombre es contra la muerte. Todo lo demás es factible de ser cambiado.

-Quisiera tener su fe. Se lo digo en serio. Pero hay cosas que no van a variar. O, para que lo hagan, va a costar millones y millones de vidas. Y no creo que valga la pena.

-¿Estamos hablando de lo mismo?

-Sí, señor; estamos hablando de lo mismo. Mire, y eso usted lo sabrá mejor que yo, en este nuestro bendito país tenemos una terrible y nefasta convivencia entre el poder político y el judicial.

-Do ut des.

-Nunca mejor dicho. O explicado de otra forma: si quieres progresar en tu mezquina carrera, no metas el derecho en mis asuntos, en mis trapicheos y componendas... ¿Y usted cree que esto va a cambiar? ¡Dios mío, si hasta la prensa está corrompida! Todos los periódicos parecen los coribantes del poder.

-¿Y a quién le extraña eso? -pregunté yo.

Durante unos segundos guardamos silencio. Había quedado un halo de amargura flotando en el aire. Doña Paquita intentó terminar con ella.

-Parece ser que el lazo de unión de las vidas de ustedes tres ha sido la lucha por la justicia.

-Nada más lejos de la realidad -respondió raudo el Fallecido-. Yo no he luchado por nada. O mejor, luché por terminar mis estudios, por tener un trabajo digno, por ser un buen profesional, por no estar solo...

-Y porque no le dieran ningún cargo de relevancia -apunté yo.

-Sí, es cierto. Lo cual no presupone que no me indignaran e indignen los múltiples casos de corrupción de nuestro país. A veces tengo la impresión de que vivimos en la selva. ¿Cómo puede haber tanto corrupto? ¿Cómo señores con estudios pueden estar a favor de quienes roban y estafan por un plato de lentejas? A veces siento tanta rabia que, no sé, sería capaz de cualquier barbaridad.

-Yo creo -dije tratando de rebajar la tensión- que nuestro país debería estar a los pies de un Vesubio gigantesco. Este debería entrar en erupción y sepultarnos a todos rápidamente.

-Esa sería una buena solución: así, cuanto menos, no iríamos por ahí matándonos los unos a los otros. Todo estas connivencias y corruptelas no presagian nada bueno.

-¡Dios mío! -exclamó doña Paquita- siempre terminan ustedes hablando de lo mismo. Ya es tan molesto como frustrante. ¿Por qué no cambian de tema? ¿Por qué no nos habla de su soledad? -preguntó dirigiéndose al Difunto.

-¿Qué quiere que le diga? Cuando conseguí mi primer trabajo, a los pocos meses me ofrecieron algo que no me gustó nada; no lo acepté y me marginaron. Nunca he comprendido, sin embargo, por qué no me tiraron de aquel trabajo... Luego, todo fue coser y cantar. Se lo puedo resumir en dos palabras. Por lo que he oído es usted una gran amante de la literatura.

-Sí, así es. Y me gustaría que, alguna vez, para variar, habláramos de libros.

-Lo intentaremos. Ahora le respondo a la pregunta inicial, a cuál ha sido el tema o hilo conductor de mi vida: la soledad. Mi vida es un erial, flor que todo se deshoja.

El silencio se hizo tan espeso que, molesto, me levanté de mi silla como si tuviera dieciocho años y se me hiciera tarde para ir a una deseada cita.

-¿Alguien quiere un café? -pregunté sacando varias monedas de mi bolsillo.

-Sí, traiga unos cuantos -dijo doña Paquita con los ojos brillantes-. Y olvídese de la sacarina: póngales azúcar y en abundancia. O endulzamos esto o reventamos.

-No pierda la esperanza -sonrió ahora el señor Tomás-. Hay gente joven por ahí fuera dispuesta a dar la batalla. No se desmoralice.

-Siempre hay que creer en algo o tener fe en alguien -le murmuré a la máquina de café que, por supuesto, no me contestó. Era de esperar.







Etiquetas:   Corrupción   ·   Periodismo

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