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Obsolescencia programada


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09/12/2014


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Cuando nuestra sociedad de consumo descubrió que los objetos y mecanismos que fabricaba tenían una duración excesiva, comenzó a programar su deterioro. Entonces, mucho antes de que llegara su fecha de caducidad, o su deterioro natural, decretó su muerte asistida. De este modo, los productos más duraderos fueron pereciendo porque convenía al consumo. El dios del consumo requería nuevas víctimas que se inmolaran por la causa. Los materiales más férreos y perdurables se tornaron en perecederos y frágiles. Los móviles, videojuegos, ordenadores, bombillas, tabletas, iPods y bombillas, se tornaron débiles, porque nuestro mundo apostó por la fragilidad de los muchos, condenándoles a la obsolescencia. Y de este modo, el mundo, quedó también sometido a la obsolescencia programada. Nada era ya duradero. La fecha de caducidad quedó prefijada, tal vez, por quienes mueven los hilos de todo.


Desde entonces, el mundo, boquea inerte en nuestras manos. Se nos muere de pobreza. La brecha digital ha partido la frente de millones de personas desasistidas que revuelven entre la basura en busca de un material duradero que llevarse a la boca… y al alma. La caducidad de sus vidas se presiente tanto como la de sus recursos. A menudo, hay pueblos, países enteros, que huelen a pobreza… Pueblos que tienen un aroma especial, a rancio, a podrido, a óxido alabeado de tonos cobrizos… y sus vidas tienen un matasellos de caducidad impreso en la frente. Pueblos obsoletos que huelen a vía muerta; pueblos en que los niños sueñan por la noche con una esperanza con muñones por brazos, con Victorias de Samotracia sin cabezas y sin alas…

Sí, el mundo se descompone… Ya huele. Porque aquellos pocos que digitan los designios de los muchos, lo han dejado morir de inanición. Pero las luchas de clases no son las culpables del enfrentamiento silencioso: el mundo no está dividido entre pobres y ricos, sino entre materialistas e idealistas. Aquellos que desconocen la ética, se lucran con la misma indiferencia con que pisotean los valores humanos. Precisamente porque el dinero es el totem que mueve a los pudientes, a los orgullosos e indolentes que pisotean almas y cuerpos, nosotros no les haremos el juego. Nosotros no aspiramos al dinero, ni a cortar los pies de nadie para parecer todos igual de altos. Nosotros no ambicionamos tener cosas, sino poseernos, atesorar el conocimiento y la verdad. Porque la lucha no se da tan solo entre ricos y pobres, sino entre desalmados y seres con principios, entre una visión superficial o profunda de la vida. 

Quienes programan los designios de otros, aquellos que Platón llamaba los amos de la caverna, aquellos que mueven los hilos de las personas, se olvidan de que hay quienes aún resguardan el pequeño rescoldo de su conciencia entre sus pobres manos. Algún día, cuando despierten, el mundo será de nuevo más noble y vertical.  Lucha pues contra la obsolescencia que el mundo intenta programar, también, de tus ideas, de tus valores, de tus principios e ideales. Vive de pie, en un mundo que caduca, para ayudar a quienes sean conscientes de ese olor a podrido que nos invade, sigiloso y letal.

Contra la muerte programada, aférrate a la vida de aquello que no muere: las ideas. Frente a la sociedad de consumo, perecedera y vacía, despierta cada día como un ser humano consciente de su valor, de su importancia. Denuncia, pero sin odio; impulsa el progreso pero no destruyas vanamente el mundo; trabaja para construir un mundo mejor, día a día, libre de dueños insensibles y de ideas planas. Alienta la durabilidad de los principios y valores que siempre hicieron crecer al ser humano; la unión, la belleza, la bondad, la justicia, la verdad. Porque los seres humanos conscientes de serlo no tienen obsolescencia sino duración consciente y programada por sí mismos.

Y cuando alguien crea que los sistemas en que vivimos son perfectos, disculpa su ignorancia. Cuando alguien te diga que no existen conspiraciones para amordazar al mundo, sonríe con indulgencia. Cuando alguien quiera cambiar el mundo mascando el odio entre sus dientes, disculpa su pobreza moral. Cuando los ambiciosos quieran tumbar a los que detentan el poder para sentarse en su trono, pasa de largo junto a ellos, porque detrás de sus máscaras se esconden los mismos rostros que odian… Aprende a distinguir, más allá de sus disfraces, a los lobos de los corderos, y míralos a la cara sin miedo, porque ellos son tan efímeros como el pasado. Recuerda siempre que la Humanidad merece todos los desvelos, y que la esperanza es un arma cargada de futuro.  Arranca de cada frente tocada por la desesperanza, el sello de caducidad que portan sin saberlo… No dejes que sus manos amasen el odio como única salida a un mundo que perece.

Cuando alguien sueñe con un futuro laborioso que se construye día a día, con la argamasa del esfuerzo y la armonía, entonces sonríe… Tal vez no vivirás para verlo, pero podrás descansar tranquilo: sabrás que un mundo así no caduca.



Etiquetas:   Filosofía   ·   Periodismo   ·   Obsolescencia Programada
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