. Con seguridad su caso es el paradigma de una
concepción religiosa que entró en crisis y que está provocando un cambio sustancial en la percepción
e interpretación de la religiosidad en el país.
Es una realidad que las personas están
mirando la religiosidad desde una perspectiva absolutamente distinta,
precisamente por los abusos que la jerarquía católica ha amparado en muchos
casos, por su relación con el poder, o por la forma como el poder ha sido
utilizado para ejercer una comprensión de la religiosidad que las feligresías
han ido resintiendo, y que han ido provocado efectos sociales profundos.
Teniendo a la vista tres encuestas del
año en curso, ellas dan cuenta que cada vez son más las personas que buscan
tomar equidistancia de aquellas prácticas religiosas, sin dejar de reconocer
que la fe sigue siendo un derecho personal legítimo y valioso. De la misma
forma, cada vez son más las personas que ven su fe con distancia respecto de
los clérigos católicos chilenos, por lo que ellos ha representado en la
realidad de sus comunidades, y han buscado opciones alternativas que no estén
marcadas por el boato, la grandilocuencia, la rigidez frente a las debilidades
humanas, y por la manipulación manifiesta en el ejercicio de su hegemonía.
Lo más grave, sin duda, tiene que ver
con esto último, sobre todo cuando los curas se han involucrado en opiniones
sobre lo que deben hacer creyentes y no creyentes en su vida privada, dando
normas de conducta que no han sido capaces institucionalmente de sostener en la
práctica de sus agentes. Precisamente, ha sido la sexualidad el más feble de
sus testimonios de vida, junto a su apetencia por el poder económico, vía
vinculaciones con los grandes propietarios y por negocios altamente rentables
como ha sido el caso de la educación.
Teniendo a la vista las encuestas de
Latinobarómetro, la encuesta de la Universidad Diego Portales sobre
“Transformaciones socioculturales de la sociedad chilena” y la Encuesta
Nacional Bicentenario, realizada por Adimark y la Pontificia Universidad
Católica de Chile, ellas dan cuenta precisamente que hay una crisis en el
concepto de la religiosidad que ha imperado en el país, y que viene a
expresarse en un aumento creciente de quienes no profesan una religión.
Sin embargo, lo más radical es que las
personas, aun sosteniendo una creencia religiosa, no encuentran en los agentes
religiosos una respuesta a sus necesidades de fe. Ello se ve claramente
reflejado en el alejamiento de los feligreses de los oficios formales, y en la
menor aceptación de los pronunciamientos de los sacerdotes sobre cuestiones de
la vida diaria y personal.
Una muestra evidente es que lejos del
pensamiento de los dominantes exponentes de la religiosidad católica en Chile,
donde se encuentran curas y representantes políticos del conservadurismo, junto
a prominentes propietarios empresariales, que se oponen a rajatabla a legislar
sobre el aborto en tres casos extremos, la mayoría del país - conformada por
creyentes desengañados y ciudadanos que no siguen los dictados de las iglesias,
por razones filosóficas o éticas- , piensa absolutamente lo contrario.
Las encuestas señaladas dan cuenta de
que las personas que abandonan su identidad católica son crecientes, aumentando
los hasta hace algunos años débiles porcentajes de creyentes de otras
confesiones (especialmente protestantes), y aquellos que se declaran sin
religión, agnósticos o ateos.
La oposición de los obispos católicos a
la legalización del aborto por causa de
violación, inviabilidad fetal o riesgo de vida de la madre, es desdeñada
ampliamente por los chilenos, cuyos dos tercios están de acuerdo en suspender
el embarazo en esas eventualidades, en tanto el número de partidarios de que
haya una despenalización del aborto a todo evento crece año a año.
De la misma forma, pese a lo ampliamente difundidas que han resultado las peroratas “pro-vida” impulsadas por los curas en muchas
partes del país, más de un 70% de los chilenos acepta la eutanasia.
Sin embargo, ninguna de esas tendencias
puede aún materializarse en leyes sensatas, debido precisamente al poder y
hegemonía que ejercen los sectores conservadores empresariales, políticos y
religiosos, sobre las estructuras del Estado encargadas de aplicar en la
legislación e institucionalidad el consenso social y la racionalidad de la ciudadanía.
Como consecuencia de ello, la Encuesta
Bicentenario ha recogido una opinión categórica de los chilenos. Un 68% de los
creyentes sostienen que las organizaciones religiosas están involucradas con
los que tienen dinero y poder; y un 64% de los creyentes considera que tales
organizaciones e iglesias son demasiado conservadoras.
No en vano, en una calle de Santiago
oriente, queda claramente simbolizada esa comprensión del poder a través de 3
sedes contiguas, que representan justamente aquella convergencia de intereses
que ha sostenido un modelo de poder que la ciudadanía cuestiona y que
progresivamente quiere superar, por lo que representan y lo que han impuesto en
la sociedad chilena, cuyas consecuencias son absolutamente palpables en la realidad
social, política y económica.
Los casos de los clérigos Karadima y (O´)
Realy dan cuenta de esa concepción del poder económico y religioso, en la cual están
muy presentes aquellos personeros que ejercen una hegemonía en los negocios y
en las esferas de poder del país. Son los que han usados franquicias tributarias
para consolidar proyectos de hegemonía en educación, destinados al segmente
ABC1, y comprensiones unilaterales sobre la moral, el país y la sociedad.
El componente simbólico de esa vecindad
de sedes es la síntesis de lo que comienza a desmoronarse ante el repudio, no
solo de los que no creen, sino lo que es más significativo, de aquellos que
reconocen una comprensión religiosa más fidedigna con los valores originales de
su fe.
El pensamiento laicista chileno, de
larga tradición respetuosa de las
convicciones religiosas, que ha impulsado a través de las épocas de desarrollo
republicano las libertades de conciencia y la separación de la iglesia católica
del Estado, al tomar nota de las tendencias crecientes de la sociedad chilena
hacia la afirmación de un pensamiento más libre y equidistante de las
concepciones de hegemonía que han insuflado los sectores conservadores y
tradicionalistas, necesariamente ve, como resultado de esas encuestas, una
significativa oportunidad para reflexionar sobre el verdadero sentido que tiene
la religiosidad, concebida como una aspiración sana de espiritualidad, lejos de
la ambición de poder, hegemonía y logros económicos, que impulsa un
confesionalismo pedestre y ampuloso, que tanto ha contribuido a la segregación
y a la desigualdad en Chile.
Las encuestas aludidas son la
manifestación más concreta de que la población chilena no solo quiere otra
religiosidad, sino también el término de los abusos de una vetusta comprensión
de lo religioso y del hacer sociedad, concebida por intereses temporales
bastante equidistantes del mensaje que funda la idea de la cristianidad.