Poder en bruto
Poder en bruto

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¿Qué importa saber lo que es una línea recta, si no se sabe qué es la rectitud? (Séneca) Muchos hombres en sus vidas han deseado tener poder, pocos obtuvieron lo que desearon, y de estos solo algunos lo utilizaron bien. ¿Que hace que el hombre bueno y recto en posición de poder no lo sea? En veintidós años de vida profesional, he tenido la suerte o la desventura de encontrarme en posiciones de “Poder”, es decir, con esa posibilidad de decidir y como consecuencia de ello, impactar en el entorno: en las personas, en los clientes, en los colaboradores. Algunas de estas organizaciones en las que me desempeñé, eran privadas con fines de lucro, otras privadas sin fines de lucro, otras públicas. En ese tiempo con la responsabilidad por personal bajo mi dirección y autoridad, desde un pequeño número, en la jefatura de un departamento, hasta algunos cientos, en un cargo de alta dirección. Estos cargos, tenían un común denominador, en todos tenía la obligación y la responsabilidad de tomar decisiones, de decidir y por tanto con el poder necesario para ello. Del poder al que me refiero, no es, ni liderazgo, ni la capacidad de influir en los demás, me refiero al PODER, puro y simple, como el que tiene un militar en tiempos de guerra, el de un profesor respecto de sus alumnos, el de un juez respecto del acusado de un delito, y también del poder basado en el dinero. Este PODER del que estamos hablando, se puede administrar adecuadamente o no, en forma inteligente o autoritaria, para hacer el bien o para hacer el mal. Por el descuido, desidia e irresponsabilidad, en como las personas utilizan los instrumentos de poder que poseen para tomar decisiones, me interesé por reflexionar y escribir mis cavilaciones sobre este asunto, utilizando para ello el lenguaje más cercano o más fiel a las ideas, sin poner demasiado estudio o cuidado en las palabras, de modo que no se pierda ni su sencillez ni su naturalidad. En los primeros años de vida profesional, el tamaño de mi “poder” era proporcional a los años de juventud, época en la que somos más osados y menos reflexivos, cuando tenemos la formación profesional como estandarte de nuestras acciones y decisiones, sin darnos cuenta, de que es apenas, solo una mínima parte de lo necesario para administrar nuestra capacidad de decidir en el mundo laboral. Mis decisiones fueron, como es de suponer, con aciertos y con errores, como nos ocurre todos, afortunadamente fueron más los errores y desaciertos, y también los que aportaron el aprendizaje. También en esos años de inicio profesional y aprendizajes, observé que el poder o autoridad asignado o asociado a la función, me provocaba una sensación especial, como un cosquilleo incómodo, que luego se fue aclarando con los años, en la medida en que tomé conciencia, de que mis decisiones impactaban o afectaban directamente a las personas. Esto me llevó a ser más cauteloso, por que las decisiones que tomamos, de una u otra manera, siempre afectan a otros, la noción o conciencia, de la responsabilidad que caía en mis hombros, por el impacto de las decisiones tomadas, me llevó a tener mayor respeto por el “poder”, a intentar ser menos impulsivo y más reflexivo y más responsable con la obligación de decidir. En la vida cotidiana, las personas utilizan sus cuotas de poder decisional con la naturalidad propia de las decisiones diarias, sin que se produzca necesariamente un momento de reflexión previo, para considerar el impacto o la consecuencia de la decisión. Muchas de estas decisiones pasan como acciones intrascendentes, como cuando conducimos nuestro vehículo al trabajo y luego de regreso a casa, siempre por la misma ruta, en los mismos horarios, avanzamos absortos en nuestros pensamientos, y nos sorprendemos de ¿cómo recorrimos la ruta y llegamos a destino sin darnos cuenta?, como si tuviésemos un “piloto automático” que nos llevó por el recorrido. Tal vez no sería posible en el mundo actual y en esta cultura de competencia, exitismo, consumismo, ir por la vida reflexionando el impacto de cada una de nuestras decisiones más simples antes de tomarlas. Pero tampoco podemos ir con el piloto automático, tomando decisiones, como si las personas y las condiciones fuesen iguales. Cada momento es único, y cada persona es única, por tanto las decisiones que tomamos deben ser “únicas” aunque la misma se repita mil veces, así como conducir nuestro vehículo al trabajo y de regreso a casa. Pero ¿Qué energía alimenta o sustenta el poder? ¿Por qué el poder o su ejercicio influyen en la vida de las personas? ¿Si no las influye, no es poder? El poder es efímero. El poder se alimenta de su influjo en las personas (también afecta el medio ambiente, pero me enfocaré solo en su efecto en las personas), esta influencia puede reflejarse en aspectos sicológicos, emocionales, biológicos, físicos o patrimoniales. A su vez los instrumentos más identificables para provocar esta influencia son, el miedo, el dinero, la sexualidad, el conocimiento, la persuasión y las leyes. Si el miedo como instrumento del poder, no genera ese estado, el poder no se valida. Esta perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario, es quizás la que con más frecuencia distorsiona la voluntad, nos moviliza o inmoviliza, nos activa o paraliza. Hace tiempo leí un artículo, que relataba que en una empresa la gerencia utilizaba como estrategia, esparcir el rumor, de que por baja producción o altos costos se haría una reducción de personal, el artículo comentaba, que ante el temor del despido, la producción aumentaba. Otro instrumento del “poder” es el dinero, la riqueza. Son obvias y evidentes las posibilidades que brinda a las personas poseer dinero como medio para adquirir bienes y servicios. A mayor disponibilidad de dinero, mayor capacidad adquisitiva y de emprendimiento. En nuestro país y como en muchos países occidentales y capitalistas, los modelos económicos están diseñados sobre la base de la riqueza en pirámide, como en nuestro país, donde unos pocos, 20% de la población y que están en los alto de la pirámide que indica la distribución de la riqueza, poseen hasta un 80% de la riqueza del país, y en la base de la pirámide el 80% de la población con el 20% de la riqueza del país. También es notorio y evidente, que estás cúpulas de la pirámide, generan relaciones y círculos sociales y de influencia, y que por estas mismas características de los modelos económicos, con escasa regulación o insuficiente regulación, toman decisiones que influyen en la vida de las personas. Tenemos el caso reciente de una empresa de venta al detalle (retail) en nuestro país (La Polar), en que los directivos tomaron decisiones que perjudicaron a casi 500.000 personas en forma directa (indirecta a muchos más). El dinero como instrumento del poder, se manifiesta además, en la posibilidad de las personas adineradas o que tiene mucho dinero, acceda con mayor facilidad a las autoridades políticas, inalcanzables en nuestra cultura a personas de clase media o baja. Un ejemplo de esto lo vimos hace poco tiempo en los medios de comunicación, cuando un empresario con mucho dinero en nuestro país, se entrevistó con el Fiscal Nacional, con motivo de la acusación de abusos que habría sido realizada por un conocido religioso, muchos se preguntaron si una persona sin gran poder económico hubiese sido recibido en idénticas condiciones. El problema de las decisiones económicas tomadas en la cúpula de la pirámide es que influye en el patrimonio de las personas, en la base de la estructura económica del país, sin que estos últimos puedan hacer absolutamente nada por revertir malas decisiones o malos negocios. El uso de la sexualidad como instrumento de influencia es probablemente tan antiguo como lo es el hombre. Esta forma básica de persuasión o influencia, quizás por sus características de mecanismo tan elemental de predominio, es que su efecto es más tenue y mediático. Sus efectos se aprecian de manera más notoria cuando la vemos en forma pública, a través de escándalos, que involucran a conocidos personajes o autoridades alrededor del mundo. En lo cotidiano si miramos a nuestro alrededor y en nuestras propias experiencias, probablemente no nos resulte muy difícil encontrar episodios en que hemos sido “víctimas” de este instrumento de “poder”. Siguiendo la idea desarrollada anteriormente de validación del poder, si somos objetos de insinuaciones o provocaciones sexuales y no nos influye, ni somos atraídos por esta acción, o bien si somos capaces de rechazar el embate, el “poder” no se valida. No existe. El poder del conocimiento, en mi opinión, es la forma más interesante y atractiva de poder. Hace años cuando trabajaba en una organización dedicada a administrar establecimiento educacionales, don Manuel, el Gerente o Administrador de la organización, un experimentado docente, quien siempre compartía sus historias de cuando trabajaba en el Ministerio de Educación, y de aquella época en la década de los 60, en que los profesores de nuestro país viajaban por Latinoamérica a contar sus experiencias y a enseñar a otros docentes. Siempre contaba que dentro de las personas que influyeron en él, estaba una docente, doña Viola, una señora, ya mayor, a quien admiraba y que había sido su superior, en sus años de juventud. A don Manuel, le gustaba mucho tener reuniones con su equipo de confianza, en el que participaban personas de distintas profesiones, lo que hacía muy interesantes las discusiones, el único problema era la cantidad de reuniones semanales que se celebraban, y la extensión de estas. Un día, don Manuel citó a todos los miembros su equipo de profesionales de confianza y asesores directos a una reunión, porque estaba de visita, su mentora, amiga doña Viola. Para ser sincero dicha invitación no me motivó en lo más mínimo, y solo asistí por mi sentido de la responsabilidad y la disciplina. En la mesa rectangular, estábamos unos diez profesionales, don Manuel entusiasmado, y frente a mí como si hubiese sido premeditado, la invitada, una señora de contextura más bien gruesa, melena corta, lentes, y actitud que irradiaba cordialidad y serenidad. Yo suspirando del tedio y con la idea en la cabeza, y la soberbia de la juventud, me preguntaba ¿de qué me va a hablar esta señora?...Doña Viola comenzó a hablar…, ya han pasado más de diez años desde esa reunión, por lo que no recuerdo bien, si doña Viola me deslumbró en las cinco primeras frases o en los cinco primeros minutos…nos dio a los presentes una clase magistral sobre educación, con una claridad mental y lenguaje sencillo, del que solo tienen las personas que, ya han dominado la teoría de su arte o ciencia, y están a un nivel en el que construyen conocimiento. Esta maestra es doña Viola Soto Guzmán, Premio Nacional de Educación en el año 1991. Esta reunión, la persona frente a mí, me enseño que para transmitir nuestra ciencia o arte, primero debemos estar en la posesión de conocimiento profundo de esa ciencia o arte, y luego ser capaces entregarlo de manera sencilla y sintética. Me enseñó también que se puede construir conocimiento y se puede persuadir, a partir de la solidez que da la amalgama de la experiencia, el saber y la pasión por lo que hacemos. En la misma idea, si la transmisión de conocimiento no genera, entendimiento, comprensión, no genera convicción, no cambia conductas, en definitiva si no es capaz de persuadir, o al menos instalar la duda razonable, entonces no tiene poder. Si persuadir es, “inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo”[1]. Se ajusta casi como sinónimo, con lo que hemos definido como “poder”. La persuasión como instrumento de poder, lo encontramos en los líderes carismáticos, en la publicidad, en los líderes de opinión, líderes religiosos, los políticos, pero también en cualquier persona que es capaz de persuadir a otra. Se dice que la comunicación es el arte de persuadir. La publicidad lo que pretende es que los consumidores se decidan por determinados bienes y servicios, en la medida de que el consumidor lo hace, valida el poder de la persuasión. De todas las formas de poder que he visto a través de los años, la más pura es la que otorgan las leyes. La decisión de un juez por ejemplo, se debe cumplir, guste o no. Un juez puede no ser carismático, ni gran orador, ni un líder, puede carecer de inteligencia emocional y carisma, sin embargo debemos reconocerle autoridad por ley, y su decisión se impone nos parezca injusta, desproporcionada o derechamente equivocada. El problema que tiene esta forma o instrumento de poder, es que el sujeto que lo ostenta, puede ser, autoritario, déspota, con ausencia de empatía, pero tiene el poder por Ley. El asunto es que en la mente del colectivo no se espera de quien está en una posición de privilegio, actitudes de soberbia y autoritarismo. De estas personas esperamos más, esperamos que estén por sobre el promedio en cuanto a virtudes y valores. ¿Como debemos administrar nuestro poder? Quizás lo primero, es tener conciencia de que se tiene poder. El paso o tránsito, desde la conciencia de poder, a una adecuada administración de poder, puede ser tan breve, como una fracción de segundo. Lo segundo, es considerar que cada decisión en uso del poder es única, porque está unida a sus circunstancias únicas. Por lo ya expuesto, si la instancia es única, también lo es la ratificación del poder. Así por ejemplo la validación por el miedo puede ocurrir una primera vez , en la segunda oportunidad puede que no exista, si el uso del poder provoca el miedo necesario; el poder del dinero dura mientras este existe y claramente no es perenne; El poder de la sexualidad puede extinguirse sin previo aviso y por las razones más variadas; El poder del conocimiento tampoco tiene su sobrevivencia asegurada, sino revisemos nuestra historia, en la antigüedad hubo época en la que nadie dudaba de que la tierra era plana. Pero la conciencia de poder no basta. Tenemos que considerar en forma previa el impacto de nuestras decisiones y acciones que acompañan el uso del poder. Tenemos que intentar anticipar, con la mayor precisión posible, el impacto que provocaremos. Esto no es nada sencillo y en algunos casos imposible, por lo complejo y/o por el poco tiempo para la reflexión antes de una decisión. Tener conciencia de poder y noción del impacto, por si solos, son aún insuficientes, todo esto debe estar fundado en pilares valóricos sólidos, conciencia del bien y del mal, y la convicción más profunda de hacer lo “más correcto”. Aún teniendo conciencia de poder y su impacto, una sólida formación valórica, y la convicción de hacer lo más correcto, las emociones pueden afectar nuestras decisiones. Emociones como ira, amor, tristeza, compasión. Cuando esto ocurre se produce lo que Adele B. Lynn, denomina secuestro emocional[2]. Quien toma una decisión debe estar libre de la influencia de las emociones. Probablemente es muy difícil para un juez tomar una decisión de condena o absolución, desprovisto de los aspectos emotivos, que una u otra declaración le provocó. Los intereses personales predominantes sobre el interés común o interés público, es otro factor a considerar. En asuntos privados probablemente, según las circunstancias y el asunto de que se trate, los intereses personales, sean los dominantes. Pero si de asuntos públicos o de bien común se trata, claramente el interés personal no puede estar presente en la decisión, al menos no por sobre el interés general. F. Díaz L. [1] DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición [2] Adele B. Lynn, La Otra Inteligencia, edición empresa Activa.