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Sin embargo poco tiempo después hemos sufrido una
descomposición de tal magnitud, que produjo que esa perspectiva haya cambiado
radicalmente, no solo para tornarse mas critica.
Sino incluso al grado de compararla con fenómenos recientes
de otros países aunque de otras características, que finalmente terminaron en
sendos reordenamientos institucionales, el otoño mexicano.
La visión internacional sobre México resulta fundamental
porque influye poderosamente en nuestra economía, pero mas allá de cualquier
comparación, lo importante tiene que ser la perspectiva domestica.
Para el gobierno la opinión internacional resulta
prioritaria en función de sus propias expectativas y objetivos, tal vez en su
momento mas que la local, situación que ha cambiado y que necesariamente
obligara a un replanteamiento.
Porque hoy la verdadera oposición al gobierno ya no proviene
de las otras fuerzas políticas sino de la sociedad, en una verdadera democracia
ese es un valor extraordinario.
En el análisis de crisis hay que diferenciar los factores
que inciden para determinar la viabilidad de la marcha del país, considerando
ambas caras de la moneda.
No se puede privilegiar el radicalismo como tampoco el
exceso de confianza, la zona de confort oficial esta en muy limitada para ello
por sus propios errores, pero aun a pesar de la creciente insatisfacción
ciudadana, es prioritario conservar y defender las instituciones.
Se trata pues de enfrentar los problemas con moderación, la
falta de tolerancia que estamos experimentando fomenta la crispación y esto
conduce a un extremismo, que además de sus implicaciones violentas es mucho mas
peligroso de lo que parece.
Si bien es cierto que la libertad de expresión critica
ciudadana, hoy tiene un peso incomparable, mismo que obliga a la autoridad a
responder ante ella, lo cual al final de cuentas es un logro democrático,
tampoco es un elemento del que se deba abusar.
Porque en todo caso el favorecer la intolerancia limita la
capacidad de acuerdos sin que esto implique la unificación de criterios, por el
contrario de lo que se trata es de generar equilibrios.
El nivel del rechazo ciudadano en contra del gobierno,
básicamente debería expresarse en las urnas, como método para calificarlo
aparte de la protesta, sobre todo cuando esta es ordenada y no afecta a
terceros.
Lamentablemente la disyuntiva que ocupa el mayor espacio de
la discusión es el esquema propio de la manifestación y la violencia que se
genera de esta, por encima del origen que motiva la misma, el mensaje tiene que
centrarse en las causas mas que en las formas.
Si atendemos este precepto, es evidente que el creciente
malestar social esta relacionado con la debilidad del gobierno para resolver
temas como el de la inseguridad y la aplicación del estado de derecho.
La falta de transparencia que se relaciona con la
corrupción, que además lesiona gravemente la medida de calidad moral de la
autoridad, lo que por ende conlleva a la falta de respeto.
Al gobierno le corresponde por obligación reconocer sus
errores y enmendarlos, a la sociedad exigir esa corrección y demandar que eso
no vuelva a suceder, pero no por ello, no al menos todavía, incubar una
revolución en el sentido literal.
Al final de cuentas la tentación de caer en el radicalismo,
que pareciera empoderar a la sociedad para poder recriminar al gobierno, si no
se auto regula por si misma, puede ser el antecedente de un rompimiento de todo
el marco de la convivencia.
Lo que esta en riesgo no es la caída o permanencia de un
partido político en el poder, eso en todo caso, se debe dirimir en los comicios
y entender que es la mejor formula para premiar y castigar el desempeño
oficial.
De otra forma lo que se impulsa es resquebrajar el orden
institucional y eso a la larga solo va a provocar un caos imposible de frenar,
porque seria como aceptar que sea la anarquía, la forma para dirimir las
diferencias.
La opinión publica nacional ha alcanzado el mayor nivel
histórico de influencia real en nuestro país, sin distingo de la interpretación
particular del individuo respecto de la situación, pero ese logro social no
puede tergiversarse en una herramienta para el desorden.
Deberíamos suponer que esto ya le debiera haber quedado
claro al gobierno, por lo que sus determinaciones y políticas en teoría
tendrían que modificarse para poder dar respuesta al profundo reclamo social.
Si la autoridad es congruente y lo hace, la sociedad también
tendría que asumir otorgarle un espacio de maniobra para ese reordenamiento, lo
que no quiere decir que se limite ni la critica, ni la manifestación, solo el
extremismo y la intolerancia.
Si el régimen no lo hace y no cambia, estará determinando su
propio destino, mas aun cuando el próximo proceso electoral es inminente,
aunque claro sin distingo de simpatías partidistas, a nadie le conviene apostar
en contra del orden social e institucional nacionales.
Twitter@vazquezhandall