. Una de las
razones para que pase a ser un nuevo desafortunado gasto ocurre cuando el
relator/facilitador no logra sintonizar sus expectativas con las del ocasional
grupo curso. Como decía Zahkul (el responsable político de la independencia de
Egipto) “la desilusión es la distancia entre la expectativa y la realidad.
Y lo que menos queremos es que nos enfrentemos a
escenarios de desilusión, de uno y/u otro lado.
En esta parte (2/6) de la serie sobre Evaluación de
la Capacitación, me referiré a un segundo Nivel fundamental, referido precisamente
a lo recién comentado y que, por lo mismo, es posterior a la Evaluación Diagnóstica
(Primer Nivel)
Nivel
B. Evaluación de Dominios y Expectativas de Entrada
Por muy bien diseñada que esté una actividad de
capacitación, el relator/facilitador con frecuencia parte con muchas más
interrogantes que certezas acerca de las motivaciones y capacidades de entrada o de base de sus alumnos/as.
Si a ello se agrega la tentación recurrente de los encargados de capacitación a
ocupar todos los cupos autorizados para un curso (pseudo rentabilizando al
máximo la inversión en una mirada tan errónea como cortoplacista), se provoca
una combinación muy compleja para el desarrollo exitoso y fluido de las
actividades planificadas.
Dado este escenario, es fundamental que el capacitador
inicie su rol pesquisando las capacidades e intereses particulares de los
participantes, de manera de configurarse, aunque sea a nivel básico, una suerte
de mapa de competencias y expectativas de su auditórium. Al hacerlo se
encontrará seguramente con una gama de diversidades que no resulta ideal para
el desarrollo de la actividad. Sin embargo es su circunstancial realidad y, con
ella, debe efectuar el ajuste final a la dinámica formativa que tenga pre
diseñada. Al efectuar este análisis se encontrará seguramente con tipos de
participantes como los siguientes:
1) Desde
la perspectiva actitudinal
Participantes entusiasmados con la oportunidad.
Se trata del ideal de alumno/a. Seguramente tienen una necesidad clara que
a ellos, además, les tiene motivados por abordarla y superarla.
Participantes inerciales. Seguramente el tema lo
aceptan como necesario para su desempeño, aunque en sus contenidos no le
encuentran mayor utilidad para su desarrollo personal y, por lo mismo,
esperan asistir, aprender lo suficiente y aprobarlo para que su espacio
laboral no se lesione. Si de ellos dependiera, no irían al curso. Dado que
deben estar, actuarán de manera reactiva pero positiva. La proactividad
seguramente no será un adjetivo que les caracterice durante las clases.
Participantes obligados. No querían asistir al
curso. Ya sea porque estaban agobiados de trabajo o simplemente porque no
les interesa la actividad. En ocasiones parten de la premisa de que no
aprenderán nada nuevo y, por lo mismo, su presencia será percibida solo como
una pérdida de tiempo para ellos.
2) Desde
la perspectiva de sus capacidades previas.
Participantes involucrados. Personas que están
en la actividad porque son conscientes que el tema lo necesitan para su
despliegue laboral y para incrementar sus propias capacidades personales,
más allá de lo que se precise en su actual espacio laboral.
Participantes inquisidores. Llegan con la íntima
convicción de que no se les enseñará nada nuevo y, por lo mismo, se
aburrirán. Para atenuar este efecto, se suelen enfocar en cuestionar y
confrontar al profesor, colocándolo a prueba de modo que, además, presumen
que se posicionan en un status de idoneidad técnica por sobre sus
pares.
Participantes frustrados. Asistentes que tienen
la convicción a priori que da lo mismo lo que aprendan en el curso porque,
luego de concluida la actividad, retornarán a sus espacios laborales a
seguir haciendo lo mismo que realizaban antes del curso sin que este les
ayude a incorporar cambio o mejora alguna. Para ellos, también, el estar
en clases solo es sinónimo de pérdida de tiempo.
Este mapa de comportamientos en el escenario
formativo, en ambas dimensiones, resulta fundamental para que el facilitador
ajuste sus contenidos y metodologías de modo de lograr los objetivos esperados,
controlando a la vez dicha diversidad presente. Un adecuado rediseño de
actividades, que le permita captar la atención e interés de quienes no tenían
mayores expectativas, puede incluso permitir resultados exitosos y valorados
por la totalidad de los asistentes.
Cuando
la Evaluación Diagnóstica (Nivel A) se ha realizado de manera consciente y
seria, permitiendo la conformación de grupos curso homogéneos, resulta
esperable que esta diversidad sea mínima, concentrándose la mayoría
participante en los tipos a) de ambas perspectivas. Este es claramente el mejor
escenario posible porque permite la máxima capacidad de desarrollo de
competencias con una máximo potencial de asimilación de los distintos recursos
asociados a ella. Sin embargo, en este
tema como en casi todos los temas de la vida, mi
amigo Murphy hace de las suyas y “Nada sale tal y como estaba previsto”,
de modo que mejor no olvidar esta instancia de evaluación, tomársela muy en
serio y activar los mecanismos de control que resulten necesarios.