Hay costumbres que tardan en desaparecer o que no lo hacen nunca. De joven me encantaba pasear por los parques, y sentarme en algún que otro banco. Los bancos de los parques suelen ser muy incómodos, así que mis descansos eran breves, máxime cuando algún ocioso buscaba mi compañía. Es lo que me sucedió el otro día. No hice más que sentarme, tras un largo paseo, cuando se me acercó un hombre, un poco mayor que yo; y, cosa rara, vestido con chaqueta, camisa y corbata.



