. Antiguamente, los reyes absolutistas nombraban condes o marqueses a
aquellos que les eran fieles para que estos ejercieran en su nombre el control
de los pueblos y hacerse cargo así de cobrar los impuestos e instaurar un orden
favorable a la monarquía. Era un modo de controlar al pueblo para que los
ciudadanos quedasen privados de ciertos derechos y no tuviesen muchas opciones
a revelarse contra ese sistema. Han pasado ya muchos siglos desde entonces. Sin
embargo –aunque nos pueda parecer lo contrario-, el modo de ostentar y
controlar el poder sigue siendo muy parecido. Hoy en día –evidentemente- el
poder ya no recae en el rey, pero sigue existiendo una estructura y una red de
personas muy contadas que poseen el poder político, económico y judicial, y lo
controlan para que éste siga estando en manos de unos pocos.
Según
publicaba el diario El País esta semana pasada, J.A., un opositor
al Tribunal de Cuentas, estuvo a punto de obtener un pleno de aciertos. Pero
no en la oposición. Al parecer, semanas antes de iniciarse en 2010 los exámenes
para cubrir las 14 plazas de auxiliares de grabación y subalternos en el órgano
que se encarga de fiscalizar a todas las administraciones públicas, J. A. se
presentó ante un notario y le pidió que levantase acta de un futurible. Ante el
asombro del notario, J.A. le facilitó 14 nombres, de los que el hombre dio fe.
Al terminar los exámenes, J.A. cotejó su lista notarial con la de aprobados que
figuraban en el BOE: había conseguido ni más ni menos que la friolera de 12
aciertos. Lógicamente, J. A. no es ningún adivino; sencillamente, tenía alguien
dentro del Tribunal que le alertó de que casi todas esas vacantes ya tenían
dueño; familiares o amigos de los miembros del tribunal. Como era presumible,
J.A. comenzó una batalla legal –una batalla que llegó incluso hasta el Tribunal
Supremo- sin que obtuviera ningún resultado positivo.
Aunque en
los países más evolucionados culturalmente este tipo de prácticas son
excepcionales y fuertemente penalizadas, en España -donde la corrupción no solo
afecta a los políticos sino que se extiende por todos los ámbitos públicos y
privados-, este tipo de conductas son habituales, y suponen la continuidad de
un sistema corrupto de poder. Con este tipo de actuaciones, los que ostentan el
poder procuran que dicho poder siga quedando en las manos de los cercanos, de
los próximos, de tal manera que sea fácil crear una red de favores donde los
beneficios puedan repartirse entre unos pocos. Así, podemos ver políticos que
una vez que abandonan su carrera política acceden inmediatamente a cargos muy
bien pagados en las mejores empresas constructoras o eléctricas de nuestro país;
empresas que acceden a contrataciones públicas en ayuntamientos, comunidades o
el propio estado cuyos ejecutivos son familiares o amigos de quienes ofertan la
licitación; jueces que protegen en infinidad de ocasiones a aquellos que
incumplen la ley pero que tienen poder o apaños en empresas privadas para
contratar al amigo o familiar de turno.
Desde hace
ya demasiados años, en España los ciudadanos no tenemos ningún control sobre los
poderes político, económico o judicial; unos poderes que cada vez están más
corrompidos. De este modo, siguiendo la frase de Hannah Arendt, los españoles no podemos ser felices ni –lo que es
más preocupante- libres.Dale a ME GUSTA https://www.facebook.com/toni.garciaariasSígueme en Twitter: https://twitter.com/tonigarias