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De Southcliffe a Columbine: la ausencia de lo humano


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17/10/2014


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La educación y las cosas


Foucault lo dijo en aquel histórico debate con Noam Chomsky, acerca del papel de la educación como instrumento de poder institucionalizado, "Esto se podría aplicar a la universidad y al conjunto del sistema escolar, que en apariencia está hecho para distribuir el saber y en realidad está para mantener en el poder a una determinada clase social y excluir de los instrumentos de poder a cualquier otra clase social.". Era 1971, y todavía, en aquella velada, Foucault nos dejaba una sentencia como recuerdo de lo que nos correspondía hacer como sociedad moderna y "civilizada", "criticar el juego de las instituciones aparentemente neutras e independientes", sin en cambio, desde aquel año, sucesos pasan y la colectividad no cuestiona si los instrumentos de educación de los sistemas educativos han hecho del hombre un mejor individuo.

Southcliff (miniserie británica producida por el Canal 4 de la BBC y dirigida por Sean Durkin) nos recuerda -de una manera precisa, profunda e introspectiva-, y analiza uno de los fenómenos más latentes y peculiares que el siglo XX nos ha dejado como legado: las masacres a estudiantes en centros educativos realizados por estudiantes. Asesinatos entre escolares, entre pares, síntoma inequívoco de una crisis de civilización. Aunque la masacre en la Columbine High School no fue el primer caso registrado -el más añejo data de 1913 en Bremen, Alemania, con saldo de cuatro victimas, y de ahí siguen muchos más- en el mundo, si fue el primero en conmocionar a la comunidad escolar internacional por muchas razones, la difusión y cobertura de la noticia por distintos medios, la información recabada por las autoridades de justicia, los testimonios de los testigos, sobre todo, por la naturaleza de los acontecimientos: dos estudiantes armados caminando por los pasillos de la escuela, disparando a mansalva y ejecutando sin piedad. Aterrador. De inmediato surgieron diversos debates -que así como fueron creados, se difuminaron- al respecto, apareció con fuerza el término bullying (referencia al acoso escolar, school bullying, un tipo de acoso, entre tantos) y emanaron muchos programas de seguridad, de psicología, psiquiatría, y de control social aplicados sistemáticamente en las escuelas. Pero nada de eso sirvió. Cuando se intentaba justificar el actuar de los asesinos, se dieron por sentado cosas obvias, que eran jóvenes, adolescentes, que jugaban videojuegos, que eran inadaptados, que eran incomprendidos, pero sobre todo, que eran acosados en la escuela, que sufrían bullying. Entonces el mundo dijo entenderlo todo, eso era la razón. Y se hicieron más programas escolares, toda la comunidad educativa colocó sus esfuerzos en contra de este fenómeno nuevo -ni tanto- que invadía un campo de acción aparentemente exento de violencia, porque la escuela -en teoría, en principios- a través de la promoción de saberes, busca erradicar lo salvaje de la humanidad, por eso se acude a ella, para encontrar la razón, no la ira. 

Años después todo parecía en calma, se intuía que los programas de seguridad, de control social -después de Columbine, muchos adolescentes fueron puestos en lista negra como posibles focos rojos de violencia-, de psicología, entre otros, habían funcionado al menos, un poco. En apariencia, la civilidad y el humanismo volvió a las aulas. Pero volvió a suceder, ahora en otro nivel educativo, el universitario. Era 2007, y Seung-Hui Cho decidió hacer lo mismo que los asesinos de Columbine, de la misma manera, pero más certero, lo llevó a cabo en una institución en donde acuden jóvenes dotados, vamos, gente muy educada y preparada; y después volvió a ocurrir, ahora en el nivel básico (Elementary) -aún más desgarrador-, una mañana soleada, Adam Lanza hizo lo mismo que sus antecesores, y una vez más, de la misma manera, ir a la escuela a matar A sangre fría, como titularía algún día Truman Capote una de sus novelas. Entonces comienza el proceso -ya aprendido- de tratar de sanar heridas que nunca podrán ser curadas, porque ante hechos tan absurdos -alguien mata a Otros, después, suicidios- es difícil reponerse, ya que en nuestra filosofía Occidental, ante la ausencia de la verdad, es quedar atrapado en la nada

En Southcliffe podemos apreciar el encuentro con esa nada, al menos en ficción. Tratar de encontrar respuestas en algo que desconocemos es como buscar una aguja en un pajar. David Whitehead (Rory Kinnear), el periodista que regresa a su pueblo un año después de la masacre de 15 personas a manos de Stephen Morton (Sean Harris) para tratar de encontrar esas respuestas, le pregunta a Andrew Salter (Eddie Marsan), padre de una de las victimas, que si Stephen no había dado señales de lo que haría. Andrew le responde que no, que nunca dio una señal de ello; pero David sabe que, en lo profundo de lo absurdo aún existe una explicación, y trata de encontrarla no en el perpetrador, sino en los habitantes de Southcliffe.

Sin embargo, como toda enfermedad, existen señales, y claras. En casi todos los casos de masacres escolares existe evidencia previa de los acontecimientos. En el caso Columbine, Harris y Klebold dejaron rastros, sobre todo en la web -después descubrirían sus diarios, vídeos, etc.- de sus intenciones o sentimientos hacia los Otros. Seung-Hui Cho también, sus textos en clases de Literatura Inglesa, sus visitas al psiquiátrico, los casos de acoso a mujeres, su comportamiento en general, y las autoridades, tanto educativas como las de justicia lo sabían; y de Lanza, se puede decir -más o menos- lo mismo. Todos lo ven, pero nadie lo atiende. "Era buen muchacho", dice una anciana acerca de Oscar Flores López, de 23 años, quien la noche del 31 de julio de 2005, mató a 15 persona en San Jerónimo Juárez, Guerrero, México, "¿quién se iba a imaginar lo que iba a hacer algún día?", dice la abuela. Nadie lo entiende, todos lo ven. De pronto la culpa es de Walmart, de las armas, de las balas, del cine, de los videojuegos, de las drogas, pero nunca de la sociedad, ni mucho menos de la escuela. Nada de eso.

Pero, qué podemos esperar de la escuela si, en las últimas reformas educativas nos encontramos con un perfil cada vez más corporativo y menos humanista, en donde solo importa la ciencia y no la condición humana; en donde la historia, la ética, el civismo, la filosofía, la literatura, cada vez tienen un papel menor en los programas educativos e incluso, algunas ya han desaparecido por completo del panorama escolar básico, el nivel más importante de cualquier sistema institucionalizado. La respuesta es eso mismo que leemos párrafos atrás.

Quince años después del suceso de Columbine, se saben cosas muy distintas a la realidad construida en aquel entonces, ahora se conoce que ni siquiera el bullying era el motivo, porque los perpetradores ni siquiera eran acosados, más bien, eran los acosadores llevando su rabia a niveles más altos. De hecho, su idea no era matar como lo hicieron -ese era el plan B, dicen que siempre se debe tener uno en caso que falle el plan A-, sino volar por completo la escuela -así es, como el suceso de Oklahoma-, sí, con todo y amigos incluidos. Matar por el mero acto de hacerlo, lo absurdo representado en actos de dos adolescentes norteamericanos de clase media. 

Foucault también lo sentencia, "donde hay poder, hay resistencia al poder". La escuela se ha abandonado así misma, y le ha costado caro, dejarse llevar por el ritmo del Estado y por los intereses de colectivos particulares ha sido el comienzo de su fin,  deberá analizar y redefinir su papel dentro de la sociedad, pero sobre todo, retomar el origen y el motivo de su creación -y no me refiero a su origen prusiano-: a la simple y llana función de promover el conocimiento de las cosas, sin pretensiones ni posturas ideológicas, porque a decir verdad, estas señales sociales -las masacres- solo indican una cosa: la escuela es vista como síntoma y reflejo de poder, de represión y autoridad, y ante eso, siempre habrá algo o alguien que desee resistirla.

Octubre 2014. 

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Etiquetas:   Educación   ·   Sociedad

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