Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Periodismo   ·   Lectores   ·   Filosofía   ·   Escritores   ·   Libros   ·   Comunicación   ·   Filosofía Social   ·   Biología   ·   Ciencias   ·   Cultura



Escritores y Lectores


Inicio > Literatura
16/10/2014


1495 Visitas



¿Por qué escribir? Esta es la pregunta que todo escritor, algunas vez se hace. 


Y la escritura tiene eso, eso de artificioso en la vida de cualquier persona, más cercano al simulacro y a la parodia. Ser lo que no se es, para finalmente, ser lo que se es.

Escribir resulta una tarea mágica y romántica al inicio, pero. Pero cuando el sujeto decide dedicarse a escribir en forma sistemática y disciplinada; cuando el sujeto decide dedicarle más tiempo que el que le dedica a la televisión; cuando decide entregarle horas del día a narrar historia (que al inicio no entiende de dónde salen); cuando el sujeto decide todo eso, ahí y sólo ahí, se inicia el camino, la carrera para convertirse en escritor.

Augusto Monterroso escribió alguna vez que “los caminos que conducen a la literatura pueden ser cortos y directos o largos y tortuosos. El deseo de seguir en ellos sin que necesariamente lo lleven a ninguna sitio seguro, es lo que convertirá al niño en escritor”. Y es justamente eso, seguir en algo que no necesariamente lo llevará a un sitio seguro. Comenzar todo como un juego hasta que ese juego se vuelve serio, no grave, pero serio, porque lo que comienza realmente a escribir el autor, es su vida y sus fantasmas. Poco a poco se convence, se ve, se siente y se cree escritor.

Ese tránsito que sufre la persona que decide escribir, es el camino que hace cualquiera que decide ejercer un oficio, con la única diferencia, que acá sólo se está solo, frente a la página en blanco, lleno de miedo y temores, de dudas e inseguridades, hasta que, hasta que comenzamos a escribir, a esbozar las primeras palabras de la historia. Y lo dicen los mismo escritores que ya han comenzado a escribir, antes que uno, lo dicen: “Hazlo. Trabaja duro en ellos. Pero hazlo”, dice Tobías Wolff, escritor norteamericano. El poeta Gabriel Preil dice que la primera línea de un poema es un halcón que no deja escapar a su presa.

Y si escribir realmente es exorcizar a nuestros demonios, y si, cada vez que yo escribo, salen, de algo así como una caja de pandora, todo aquello que no puedo o quiero ver. Y si esto es así, estamos en problemas, porque la escritura deja de ser un simple entretenimiento banal y juguetón, algo que puedo hacer cuando no tengo nada que hacer, y se convierte en la cuerda que como funámbulos cruzamos cada vez que comenzamos a escribir. Una novela, decía Faulkner es la vida secreta de un escritor, el oscuro hermano gemelo de un hombre.

Y el mismo Hemingway escribió en alguna parte, que para comprometerse en la literatura, uno tiene primero que comprometerse en la vida.

El escritor siempre está escribiendo dice Rosa Montero en su libro La loca de la casa, también dice que leer, es otra forma de escribir.

Escritura y lectura. Dos acciones que están más cerca de lo que creemos y, lo digo porque por obvio que resulte, no es evidente, solamente cuando las confrontamos, cuando tensionamos la relación escritor/lector.

El lector, sabe o debiera saber, que la historia de un cuento no tiene que ver con el escritor, sino que con la lectura que el propio lector hace de ella, a través de su propia vida. Y el escritor, sabe o debiera saber, que la historia que narra no tiene que ver con el lector, sino que con él, con sus fantasmas y su propia historia. Entonces, el cuento o la novela propiamente tal, serán ese espacio vacío, casi neutro que queda entre el lector y el autor; esa relación inocua y aséptica que se da entre el lector y el narrador. Eso es el cuento, así es la novela, que se pervierten cuando llegan a las manos del lector, quien a su vez, subvierte todo orden pensado por su creador, destruye la idea y el centro mismo de la historia, interpretando, azarosa y arbitrariamente lo que el escritor, alguna vez, quiso decir.

El lector lee para destruir la obra de su creador. Y la interpretación no es estándar, masiva ni popular, sino, que es única y original. Hace mucho, Barthes habló de la muerte del autor y de sus implicancia, tensionando a su vez, el rol que le compete al autor en una obra artística. En occidente el autor es importante, en oriente, el autor no existe.

Todo lector lee con las herramientas de interpretación con las que cuenta.

Pero qué nos interesa a nosotros los lectores. Nos interesa que el escritor sea el mejor ventrílocuo, que sea capaz de hacer hablar a los personajes sin que su voz interfiera en ellos. Que pueda modelar, construir y reconstruir espacios, escenarios y personajes que nos identifiquen; que puedan armar un refugio o, que simplemente nos muestren otro punto de vista, de este viaje que es la vida.

Me gusta la idea de refugio, de casa, de hogar. Leer es llegar al hogar.

¿Y los escritores que esperan de los lectores?

Goethe escribió una vez que “existen tres clases de lectores: uno, que disfruta sin juzgar; un tercero, que juzga sin disfrutar; otro, en medio, que juzga mientras disfruta y disfruta mientras juzga…”. Ese es el lector que los escritores esperan.

Los escritores esperan al lector ideal. Aquél, como dice Alberto Manguel, que desea llegar al final del libro y al mismo tiempo saber que el libro nunca se va a acabar. Los lectores ideales no reconstruyen una historia: la recrean. Los lectores ideales —prosigue Manguel—, no siguen una historia: toman partido en ella.

El escritor busca la verdad, su propia verdad; el lector busca sentidos, refugios, certezas, busca la verdad, su verdad, el lector, se busca.

Búsqueda incansable, búsqueda insensata.

Y cuando cree que la encontraron, cuando cree estar al final del camino, junto al abismo, justo ahí, al borde, el escritor y el lector, se enfrentarán a lo mismo, a la verdad más aterradora, a la realidad, a la verdad de la existencia: “Ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien”.

Entonces y sólo entonces: leer para encontrarse, escribir para perderse. El juego eterno, el artilugio inconducente de la existencia.



Etiquetas:   Escritores   ·   Literatura   ·   Literatura Latino Americana   ·   Lectores

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
18573 publicaciones
4705 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora