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Coincido, tristemente, con ella. La enajenación ha dado paso a la
seducción del mundo libre, y nuestras luchas se han transformado en
autoexigencias y autofracaso. Hemos pasado de luchar contra el
empresario de las fábricas hace dos siglos a hacerlo contra
nosotros, en un círculo vicioso que nos convierne en esclavos de
nosotros mismos y a la vez de un mundo que nos encandila con sus
ofertas de premios, golosinas y libertad. Nada seduce más que la
pseudo libertad. La que nos creemos que tenemos y que en realidad es
un producto más que el neoliberalismo utiliza para reproducirse a sí
mismo.
Hace
unos meses, Stephan Hessel publicó un librito titulado Indignáos!
llamando a los jóvenes a la revolución, la protesta, la rebeldía
con el ninismo. Pero, oh, sorpresa, ninguno de los movimientos más o
menos espontáneos hasta el momento han logrado cambiar nada.
Las
revoluciones de la primavera árabe no han cambiado el sistema, sino
más bien de estirpre dictatorial y corrupta. No hay verdaderas
revoluciones, porque, simple y llanamente, no hay alternativas.
Cuando
nuestro enemigo deje de ser nuestro propio ombligo y tengamos una
alternativa por la que luchar, y ahí discrepo con la señora
Vazquez, las individualidades darán paso a la comunidad, entendida
no como sharing, sino como grupo organizado que lucha por un
objetivo común y que entiende que otra manera es posible. No otra
manera como eufemismo de cambiar un político por otro o un grupo
conservador por un nuevo partido populista. Sino como un verdadero y
profundo cambio social y económico, que replantee viejos (o nuevos)
principios. Que no sea un mero efecto de lo que el sabio Lampedussa
afirmaba en El Gatopardo, que todo cambie para que todo siga
igual.
Es
que no hay forma de cambiar lo que no se sabe qué cambiar, como
cambiarlo, y cual será, sobretodo, el resultado final.
Necesitamos,
como en el deporte, un objetivo, un gol. Necesitamos saber que
luchamos por algo mejor, que cambiará para mejor nuestras vidas,
unha nueva forma que nos seduzca tanto como nos seduce el
neoliberalismo.
Y
aún no existe. No lo conocemos o no está extendido al menos. Y ese
es problema de fondo. No tanto nuestro egocentrismo o la
mercantilización del comunismo. Es que no tenemos para qué luchar.
Por
ello, me atrevo a lanzar un órdago a los pensadores, filósofos,
economistas, sociólogos, politólogos del mundo: buscad un nuevo
sistema, una alternativa, un verdadero cambio que cambie lo que no
nos guste de verdad. No será perfecto, ningun sistema lo es. Pero
será, al fin, un nueva forma de funcionar.
Cuando
los primeros verlegers trabajaban el la Inglaterra del s.
XVIII no imaginaban ni de lejos que estaban creando una nueva forma
de entender el mundo, no sólo el mercado. Tampoco Adam Smith estaba
seguro de a donde nos dirigíamos.
Es
hora de empezar a hacer las cosas de forma diferente...