. Y se les hacen reverencias y ofrendas
diariamente. Lo mismo con las imágenes de La Madre Laksmi o de la Diosa Tara o
de Padma Sambhava. O de Kwan Yin. A
veces a la gente sólo les interesa el beneficio de prosperidad prometida a la
familia o a la persona, como es en el
caso de Ganesha- Ganapati.
O lo mismo, mas el poder del amor como es el caso de Laksmi.
O la protección. La paz mental o la santificación de lugares con mala energía
como es el caso de las reglas del Feng Sui. Todo esto está en el rubro de la
iconodulia o culto devocional de imágenes sagradas. Claro que hay gente que
compra las imágenes o íconos sagrados sólo por razones estéticas, o para
aumentar su prestigio social.
Los iconos, en rigor conceptual, no solo son imágenes planas
o bi-dimensionales, sino también pueden ser imágenes de bulto o tri-dimensionales.
Toda la India, la China, Korea, Japon, Tibet, Nepal, Birmania y Mongolia están
llenas de esos iconos y de su culto. Y eso ha llegado a occidente para
quedarse. Y por eso es necesario tener algún conocimiento orientador en esta
materia.
Ya el sacerdote indio jesuita Antony de Mello nos aporta
datos muy valiosos por haber nacido en una tierra pródiga en el culto a los
iconos sagrados no cristianos y luego pasar a conversar de los iconos
orientales cristianos propiamente tales. En el libro de Mello “Contacto con
Dios” se nos narra la experiencia de mismo sacerdote en un pequeño santuario
budista en los Himalayas, que él sintió como intensamente impregnado de La
Presencia de Dios. Una estatua de Budha y un pequeño altar con cuencos metálicos
eran el soporte visible de una Poderosa Influencia espiritual invisible.
En realidad un ícono sagrado es un objeto creado, como lo son
los talismanes, para ser bendecido o cargado por un mago o un sacerdote con una
influencia espiritual especial, benéfica, luminosa, desde luego, para uso de
los fieles o para personas necesitadas de ayuda de un poder superior. El
sacerdote, de cualquier religión, debe crear la conexión con ese poder o
entidad superior, usando un rito vitalizador y palabras adecuadas. Ese rito
entre los Hindúes se llama “Pranapratishtha” y la carga de energía y el
contacto con la entidad a la que representa debe ser mantenida en ese soporte
material por los ritos cotidianos y el poder de la oración.
Los brahmanes, por ejemplo, al tocar la imagen de la
divinidad, deben invocar al espíritu divino o al Atman que está dentro de
ellos, y solicitarle que pase a morar dentro de la imagen sagrada. Exacto
ritual debe hacer un kabalista fabricante de talismanes. Tras el ceremonial el
objeto consagrado pasa a ser la morada del espíritu convocado. Y se le rinde
homenaje tal como si la estatua o el icono estuviera vivo y consciente.
Entre los mayas los iconos de adoración eran impregnados de
sangre para cargarlos de energía. Lo mismo que las runas vikingas y otros
objetos como el kultrun de las machis, y otros objetos de culto africano e
incluso el altar de Yahveh de los judíos. En ocasiones se usa aceite de oliva
previamente bendecido por un profeta o vidente en vez de la sangre.
Así lo hizo el patriarca Jacob cuando ungió con aceite la
piedra que le sirvió de almohada durante el sueño de la escalera que unía el
cielo con la tierra y por la cual subían y bajaban los ángeles, para
convertirla en un altar familiar y tribal por casi mil años. (ver Génesis 28).
Y declara la piedra como una Morada de Yahveh.
Lo mismo, con algunas variantes se produce con la
fabricación del arca de Moisés, una
morada portátil para el Dios de Israel y del Sinaí. Una misteriosa presencia
carga los objetos con su poder o su energía. Y la gente más sensitiva se da
cuenta del cambio operado en el objeto consagrado. El mismo fenómeno y las
mismas leyes se nos presentan en las doctrinas de la Presencia Real de Cristo
en la Eucaristía.
Y, desde luego, en las ceremonias de bendición de las
estatuas y de las imágenes de los templos católicos ortodoxos y romanos. Se las
bendice para que los fieles se conecten con el espíritu de Cristo, o de María o
de los santos, seres que, desde luego están más allá del objeto material mismo.
Pero esto es mucho más profundo aún. Obsérvese que cuando en
un templo católico se profana una imagen o icono con groserías, pintura, o
mensajes contrarios a la cristiana, se hace una ceremonia de desagravio, como
si el santo mismo o Dios hubiese sido ofendido y además de restaurar la imagen
se la vuelve a bendecir. Lo mismo se hace en el culto de las imágenes de
Krishna y Radha en la India. Se las lava con agua o con leche en caso de
ofensas de gente demoníaca o Adharmica.
Y desde luego no basta con lo dicho. Los íconos griegos,
rusos, sirios, alejandrinos, etc. tienen toda una tradición propia que les
aumenta su prestigio y su magia o su poder. Si el(a) lector(a) ha tenido la ocasión de contemplar
con calma un icono cristiano oriental
habrá podido observar que los ojos de esas imágenes son diferentes a todo lo
conocido. Miran directo a los ojos del observador o del devoto. Los gestos y
los colores son de carácter simbólicos. Insinúan un mundo sobrenatural, o una
puerta entre dos mundos. Y representas textos exactos de la biblia, más la
significación teológica o meta-histórica del personaje evocado.
Contemplar un ícono ruso o griego es toda una aventura, es
como leer un libro de verdades eternas, y quedar a las puertas del misterio de
Dios mismo. Una presencia sutil parece desprenderse del cuadro y capturar el
alma del creyente por varios minutos. No en vano en los países de fe católica
ortodoxa las madres bendicen a sus hijos con el ícono en la mano y haciendo una
cruz sobre sus cabezas. Y desde luego se le encienden cirios cada vez que
alguien de la familia va a ponerse a orar delante del santo ícono. Es un ser
vivo que es lo primero que se salva en caso de un incendio o de una inundación
que amenace con destruir la casa familiar.
En rigor el ícono ha sido creado para ser una Presencia real
de Dios y de los grandes Ayudantes del Señor, en el hogar y para profundizar
las verdades de la fe en la conciencia de los creyentes. Es casi como tener a
Cristo sacramentado en la casa del fiel. Y por lo general todos los habitantes
de la casa están consagrados y protegidos por esa poderosa presencia.
El fabricante de un icono se debe someter a un ayuno y a una práctica
de oración por seis días, y tras leer todos los textos sagrados que iluminan
sobre el ser glorioso escogido para su pintura, se pone a trabajar en ella al
séptimo día, y de de ser posible debe haber “visto” con su ojo interior, a la
entidad que va representar. Es por tanto tarea mística o divina la obra de
crear un ícono.
Y esos ojos, aunque algunas veces apuntan directo al
espectador, en ocasiones tienen, en el caso de representar a Jesucristo, Rey de
reyes y Señor de señores, como del Pantocrátor, ojos de diferente mirada. El
ojo derecho mira al espectador para bendecirlo y el ojo izquierdo mira de
soslayo, como con ira, para indicar el castigo eterno a quienes no obedezcan
los mandatos de Dios. Así se nos recuerdan las páginas del capítulo 25 del
Evangelio de San Mateo, evocando el dato escatológico del juicio final de las
almas.
Mi consejo, si quiere practicar meditación avanzada, cómprese
un ícono oriental de Jesucristo o de María, o de San Mijael arcángel, llévelo a
un sacerdote para bendecirlo o bien haga
una consagración por el uso y repetición de ritos por tres o siete días, y ya
le servirá para foco de meditación y de acercamiento a la Divina Presencia.
Mírelo a los ojos y sentirá su magia, magia buena, desde luego. Será un
verdadero portal hacia una dimensión superior, cumpliendo la misma función de
los Mandalas. O de los Yantras, según sea necesario.