Fatiga del infierno

 Llevo horas infinitas de práctica, pero no consigo adaptarme. Cada amanecer, entre suspiros de silencio, me pregunto por el delito cometido para vivir en esta cárcel. Tras concienzuda meditación, en la reflexión final he concluido que se trata del merecido castigo por nacer. Porque he llegado al mundo para penar el pecado. Por eso me resigno. Por eso cada día, cada momento, he de vencer esta opresión. Soy consciente. No tengo derecho a casi nada. No puedo hablar, ni opinar, ni pensar, ni llorar, ni lamentarme. Es cuestión de principios. Resigno mi existencia entre los vivos para cumplir el deber de la mujer: silencio, sumisión, acatamiento, objeto.

 

. Cada amanecer, entre suspiros de silencio, me pregunto por el delito cometido para vivir en esta cárcel. Tras concienzuda meditación, en la reflexión final he concluido que se trata del merecido castigo por nacer. Porque he llegado al mundo para penar el pecado. Por eso me resigno. Por eso cada día, cada momento, he de vencer esta opresión. Soy consciente. No tengo derecho a casi nada. No puedo hablar, ni opinar, ni pensar, ni llorar, ni lamentarme. Es cuestión de principios. Resigno mi existencia entre los vivos para cumplir el deber de la mujer: silencio, sumisión, acatamiento, objeto.
 

Desde la vacía soledad del reducido espacio, a veces frío, a veces abrasador, que ahoga mis días, derramo torrentes de lágrimas, pero sin sollozos para no alterar, para no ofender. Se me permite visionar una parte pequeña del mundo. Lo hago a través de una ventana diminuta. Tan ruin, tan mínima, que para imaginar el entorno que me rodea interpreto las sombras y las siluetas. Las milimetradas rejas de la ventana sólo me permiten ojear en una sola dirección. El color casi no existe. La oscuridad y el mal olor ambientan la celda.

Desde el lúgubre habitáculo, distingo con dificultad los perfiles de las condenadas al mismo calvario. El calor me agobia. Noto cansancio, dolor, angustia. Pero he de comportarme. Los ojos vigilantes a mis movimientos no parpadean. Un solo tropiezo y..., ¡no perdonan!. Algo se de la esclavitud. De las miserias sufridas por miles de personas que nacieron pobres, humildes o de color. A veces las envidio porque, a pesar de su esclavitud, respiraban la vida y afrontaban con dignidad sus miserias. Pero en esta esclavitud que me somete, humilla y denigra, todo es miseria.

No siento el mundo, ni el aire que me rodea. En esta oscura mazmorra todo es pardo. Soy invisible para el mundo. He de gozar con gozo de todas las humillaciones que me provoca el carcelero, pero no tengo ningún derecho a participar de los dones de la vida. Soporto resignada el flagelo de la soledad, del aislamiento, de la indiferencia. Sufro para vencer el sufrimiento.....

¡Uuufff, que horrible pesadilla...., soñaba que estaba dentro de un Burka!

UNETE



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