Llevo horas infinitas de práctica, pero no consigo adaptarme. Cada amanecer, entre suspiros de silencio, me pregunto por el delito cometido para vivir en esta cárcel. Tras concienzuda meditación, en la reflexión final he concluido que se trata del merecido castigo por nacer. Porque he llegado al mundo para penar el pecado. Por eso me resigno. Por eso cada día, cada momento, he de vencer esta opresión. Soy consciente. No tengo derecho a casi nada. No puedo hablar, ni opinar, ni pensar, ni llorar, ni lamentarme. Es cuestión de principios. Resigno mi existencia entre los vivos para cumplir el deber de la mujer: silencio, sumisión, acatamiento, objeto.




