. Mucha gente intelectualmente valiosa se ha apartado de la fe o
se han mutilado a si mismos para poder aceptar esa afirmación dogmática.
Y sin embargo en la iglesia primitiva ese dogma no existía y
no era una materia esencial para aceptar la divinidad, la misión salvífica, o
el origen sobrenatural de Jesús. Bastaba mirar los milagros de Cristo y los de
los Apóstoles para tomar a Jesucristo como un Enviado Celestial sin recurrir a
algún prodigio relativo al nacimiento del taumaturgo de Galilea.
Bastaba estudiar las profecías del Antiguo Testamento y su
concordancia con la persona y la obra de Jesús para concluir que era el Mesías
Esperado. Esos datos eran naturalmente reforzados con las genealogías
familiares a las que el pueblo Judío era y es tan proclive.
De hecho el dogma de la virginidad fue creado artificialmente
por manipulación indebida de la genealogía de Jesús en el Evangelio de San
Mateo. Se injertó un texto que no existía en el documento original de ese evangelio.
Como esta afirmación puede parecer temeraria para más de alguien aclararemos a
fondo este tema.
El Evangelio de San Mateo fue escrito en arameo para apoyar
la predicación de la Palabra de Cristo entre los judíos, no entre los gentiles.
Pero a pesar de ese dato de Eusebio, historiador de la Iglesia del siglo IV, el
original arameo se perdió y solo sobrevivieron varias copias de un texto griego
de ese evangelio.
Se sabe, además, que el de Mateo es el evangelio más antiguo
de los cuatro canónicos conocidos de todas las iglesias. Y además, se debe
recordar que la iglesia prosperó en sus primeros años con elementos creyentes
judíos muy numerosos y que lentamente se fueron incluyendo gentiles, griegos,
romanos, sirios, macedonios, egipcios, árabes, etc. en el seno de la iglesia. Por ser la cuna
natural social de la comunidad eclasial naciente se hacía necesario tener un
documento que probara, sin lugar a dudas, que Jesús era el Mesias esperado, y
el Hijo de Dios.
Ese documento era el Evangelio de Mateo, el más largo y el
más vinculado a las profecías del Antiguo Testamento de los cuatro evangelios
conocidos. Creado con mucho rigor en la lógica judía de pensamiento, no debía
contener contradicciones respecto a los datos de la Torah y los Profetas. Ese
es el espíritu de ese escrito y es la clave de la comprensión de lo que vendrá
a continuación.
Ante esa lógica argumental en pro de judíos conversos es
absolutamente impropio hablar de la virginidad de María, pues la virginidad era
un valor reprobado en la historia religiosa de Israel. Una mujer virgen era mal
vista por la conciencia colectiva y casi puesta fuera de la gracia o de la
bendición de Dios. La fecundidad y la vida sexual eran bien vistos y
considerados como signos de la presencia de Yahve en la vida de las personas.
Por eso introducir un par de versículos en el primer capítulo en pro de la
concepción virginal de Jesús rompe con la intención principal del escritor
sagrado.
Y hay más. Desde hacía mil años que los judíos esperaban a un
mesías que debía ser Hijo de David, un descendiente de David según la carne y
la sangre, según se había profetizado desde el segundo libro de Samuel 7, 12 y
ss, y en los salmos 89 y 132 para adelante.
Y todos los primeros 17 versículos de Mateo prueban que la descendencia de
Jesús va por la línea masculina de los reyes de Judá, tal como se afirmaba en
los textos de A. T. y de repente se rompe la argumentación y se nos dice que el
Mesías ya no es Hijo de David, pues José no intervino en la fecundación de ese
hijo. Y como María no es hija de David, la descendencia real o el linaje de los
reyes se rompe.
Si, pues, pese a lo que dicen algunos pseudo eruditos, María
es Hija o descendiente de Levi, del linaje de los sacerdotes de Israel. (O de
otra tribu ignota). Tal como lo afirma el Evangelio de Lucas, cap. 2,36.
Elisabet es pariente de Maria, es decir, su tia o su prima, esposa del
sacerdote Zacarías, padre de Juan Bautista. Las reglas de los matrimonios de
los sacerdotes eran muy rígidas, solo se podían casar con mujeres de su propio
linaje, no con mujeres de otras tribus.
Y en el caso de provenir de otras tribus debían ser mujeres
vírgenes. Ningún texto de las Escrituras dice que María es del linaje de David.
En la genealogía de Jesús mencionada por San Lucas nuevamente se menciona el
linaje davídico, claro que esta vez mencionando líneas davídicas secundarias. Y
nuevamente no se menciona el linaje de María como Davidico. Solo José es
miembro de ese linaje.
Los Evangelios de Lucas y de Mateo mencionan una fecundación
sobrenatural, pero los Evangelios de Marcos y de Juan ignoran absolutamente el
hecho. Lo omiten simplemente. Les interesa la vida y la enseñanza del Cristo
adulto. No la vida del niño Jesús. Y
tienen razón.
Las dudas se despejan al considerar los datos de los Hechos
de los Apóstoles y los de la Epístola a los Romanos. Allí se nos informa que
Jesús es hijo de David según la carne: Ver Hechos 2,30 y Romanos 1,3. Pablo es muy preciso y echa por tierra el
dogma de la concepción virginal. Nos dice: “… nuestro Señor Jesucristo, que era
del linaje de David según la carne”. Y el dato es confirmado en el discurso de
san Pedro el día de Pentecostes.
Es decir, Jesús era hijo biológico de José, el carpintero de
Nazaret. Y contradice radicalmente lo dicho por el texto griego de Mateo y de
Lucas. Y Pablo también desautoriza a Lucas. Por eso esos evangelios tienen una
influencia griega que los saca parcialmente de la órbita del pensamiento y la
tradición profética de los primeros seguidores de Jesucristo. La concepción
virginal no era un dogma en los tiempos de la iglesia primitiva.
El injerto a estos evangelios se hizo en el siglo II, al
expandirse la iglesia en territorios griegos y romanos, donde los Hijos de
Dios, según la mitología, debían ser productos de la unión de una mujer mortal
y de un Dios inmortal. Ver el caso del nacimiento de Perseo, de Hércules, Dionisos
y de otros semidioses y héroes.
Justamente el texto de la Introducción al los Evangelios
Sinopticos de la Biblia de Jerusalen de 1973 menciona el largo proceso de
elaboración que sufrió el texto del Evangelio de San Mateo para pasar de su
forma aramea original hasta la versión griega que ha llegado hasta las iglesias
de hoy, y señala que es el evangelio que más injertos ha recibido, junto con el
de Lucas, con la aparición del Ángel Gabriel, por diversos motivos. Pero el
principal es la adaptación a la cultura y al lenguaje griego.
Aunque esos injertos no se refieren directamente a los versículos
18 y 19 del primer capítulo de Mateo, mirando las razones de la lógica
religiosa judía se entiende que el injerto esta allí al romperse la línea
argumental de la descendencia del linaje de los reyes davídicos hasta llegar a
José. Las profecías aseguraban que el Mesías debía ser hijo de David según la
carne. Y con el nacimiento virginal no se cumple el requisito de la antigua
profecía. Sin embargo, para san Pedro y para san Pablo el requisito de la
descendencia de David según la carne si se cumplió, como lo señalan los Hechos
2,30 y Romanos 1,3.
Y además, el profeta Miqueas indicaba el lugar de nacimiento del
Mesías como Belén, y ese es el mismo sitio histórico del nacimiento de la
familia de David. Eso nos lo indica el libro de Rut en el cap. 1 y el 4 de ese
libro del Antiguo Testamento.
Y es tan fuerte esa condición del linaje davídico que hasta
el Apocalipsis de San Juan los menciona en su último capítulo, el 22, versículo
16. “… Yo soy la raíz y el linaje de David, la Estrella resplandeciente de la
mañana”. Luego es imposible la descendencia davídica de Jesús sin la paternidad
biológica de José.
Todo lo dicho no obsta aceptar las manifestaciones angélicas
a María y a José, pues es propio del
misticismo Judio ese tipo de comunicaciones con lo Seres Invisibles. Y
corresponden a todos los casos de comunicaciones ultra-terrenas que confirman
la trascendencia de alguna misión dada por Dios a los hombres.
Ordinariamente los ángeles no impiden sino que activan
procesos biológicos paralizados por la edad, como es el caso de Abraham, los
padres de Sansón, Zacarías y Elizabet, los padres de Juan Bautista. Las
teofanías son perfectamente compatibles y paralelas con los procesos naturales
de la vida humana. Son signos de la trascendencia de lo que uno va viviendo y
apoyos para mantenerse firmes en los caminos de Dios.