Hace 27 años: Los Waorani y la historia de Labaka.

“Si no vamos, los van a matar...”

 

...”
    Las fotografías lo dicen todo. Los cadáveres de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango aparecen horriblemente acribillados. Él, muestra una ligera sonrisa y ella un toque de pánico en su rostro. Posiblemente murieron al primer lanzazo, pero según el rito de los Tagaeri, les clavaban muchas lanzas más y por ello las víctimas tenían múltiples de esas puntas mortales de tres metros y medio de largo y casi cinco centímetros de grosor clavadas en sus cuerpos. Observamos una lanza en el pequeño museo de las Madres Terciarias Capuchinas del Coca, es de chonta y paradójicamente lleva adornos realizados por manos admirables. Otras de estas armas llevaron a España, tierra de Alejandro. “Una vez que los ven muertos, los Tagaeri huyen por la selva porque les tienen terror a los espíritus”, explica la Hna. Gabriela Zapata, antioqueña como Inés y compañera suya en el colegio, en el internado y en la misión.

    Los Huaorani tienen parentesco con los Tagaeri, pero son más “civilizados” que éstos. En su lengua, “auca” significa “salvaje”, razón por la cual no les gusta ese nombre sino “huaorani” o “wao”, que significa “hombres”.

Los trágicos  acontecimientos

    De acuerdo al relato de la Han. Gabriela, el problema era con las petroleras; los Tagaeri entraban a robar en los campamentos cosas que ni las usaban: azúcar, café, sal, pantalonetas, libretas y hasta dólares. Los petroleros no podían pasar a territorio indígena porque eran acribillados sin miramientos, pues los nativos eran muy celosos y defendían sus dominios. Los petroleros le dijeron un día a Labaka que “si no nos dejan pesar, los vamos a matar, vamos a bombardear, les vamos a echar candela”. Monseñor les pidió que no lo hicieran, pero viendo que insistían en explorar “porque el petróleo es la riqueza y sustento del país”, la decisión del misionero fue tomando cuerpo. Cuando llegó la Hna. Inés a Quito Monseñor le manifestó: “Vamos a tener que entrar donde los Tagaeri, porque si nosotros no vamos, los van a matar”.

Labaka nació el 15 de abril de 1920 en Beizama, pequeña localidad de Guipúzcoa en el país vasco. Su vocación religiosa fue temprana. Ya a los 11 años ingresó al colegio de Alsasua, de los capuchinos. Participó en la guerra civil española combatiendo en Terruel y luego como ayudante de sacerdote en el frente de guerra. Estuvo como misionero en China, de donde fue expulsado por los comunistas, y casi enseguida vino al Ecuador.

     Hechos los contactos, los petroleros informaron a los religiosos que todo estaba listo para el vuelo. Realizaron varios sobrevuelos de reconocimiento para identificar las viviendas que los nativos las fabrican con los mismos materiales de la selva, por lo cual no es fácil localizarlas. Les arrojaban camisetas, palas, machetes y se preparaban con frases en lengua huaorani: “Queremos ser sus amigos”, “no les haremos daño”, etc. Los Tagaeri hablan su propia lengua pero incorrectamente y son enemigos de los huao, sus parientes cercanos. Existen en un número aproximado de 65, muy rara vez son vistos y están completamente aislados. Segundo Moreno, director del Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Católica de Quito, dice respecto a la incursión de extraños en territorio nativo amazónico: “Se trata de un proceso conjunto en el que los colonos son agresores de segunda instancia y las transnacionales petroleras, de primera”. (Juan Muñoz. Vistazo. 7 de agosto de 1987).

     Muchos entre los misioneros se opusieron a este ingreso prohibido, pero Mons. Labaka insistía por el temor de que los petroleros los eliminen: “Qué diremos después si los matan y nadie ha sacado la cara por ellos ? Si me matan es porque Dios lo quiere...”, decía, y cuentan que muchas veces había pedido el martirio.

Era 21 de julio de 1987

    Eran las 05h30 cuando el helicóptero decoló llevando a los misioneros designados con el piloto capitán Guido Tamayo y el jefe del campamento de la petrolera CGC (Compañía General Geofísica). Primero aterrizaron y bajaron obsequios, los indígenas se acercaron desarmados pero el aparato ascendió con el fin de retornar luego con los capuchinos. Los misioneros descendieron en una canastilla, instante en que los indígenas, todos muy jóvenes, huyeron a esconderse, mientras la nave emprendía el vuelo para volver en minutos, cuando vieron que Mons. Labaka y la Hna. Inés se llevaban las manos a la boca lanzando gritos para anunciar su presencia, tal como hacen los “huaoranis”. Los tripulantes al ver a muchos nativos desarmados y en aparente calma, se marcharon. “Lo que sucedió luego fue una fiesta de horror y sangre sin testigos. Al volver el helicóptero al día siguiente la tripulación encontró el cuerpo de Labaka al pie de la puerta de una casa atravesado por varias lanzas y a la izquierda de la choza el cadáver de la Hna. Inés en las mismas condiciones. Tres helicópteros, un grupo comando de la brigada Napo, personal de la CGC y dos sacerdotes, participaron en el rescate” (Vistazo. Agosto 7 de 1987). Fueron ejecutados por los viejos de la tribu, dicen los entendidos. El parte médico establece ciento treinta y cuatro perforaciones en el cuerpo de Mons. Labaka y sesenta y cinco en la Hna. Inés.  Dicen que enseguida se quiso enviar tropas, pero por suerte no sucedió, pues habría sido un desatino sin nombre. Otra versión recogida en el Coca manifiesta que en tierra, tanto Monseñor como la Hna. Inés contactaron de cerca con un grupo de mujeres, niños y varios jóvenes, los mayores habían ido de cacería. Las mujeres les decían “vete a la selva te van a matar”, pero introducirse en la montaña también significaba la muerte. De pronto llegaron los cazadores y Monseñor fue el primero en sucumbir de inmediato, luego sería ella. Cuando el aparato volvió al medio día no los pudieron localizar. A la mañana siguiente ya se pudo observar los cuerpos sin vida y comenzó el rescate. Los soldados de la Brigada bajaron para envolver los cadáveres en plásticos y el hecho quedó consumado. Fue un 21 de julio de 1987.

Una tumba en el Coca

     Los restos de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango reposan hoy junto al altar mayor de la Iglesia Principal de Orellana, con la siguiente inscripción: “Puerto Francisco de Orellana (Coca), a 24 de julio de 1988, los Muy Ilustres Municipios de los cantones Orellana, Aguarico, Shushufindi y el Pueblo, a los Héroes y Mártires, Mons. Alejandro Labaka Ugarte, primer Obispo del Vicariato Apostólico de Aguarico y Hna. Misionera Terciaria Capuchina, Inés Arango, que ofrecieron sus vidas por la liberación de los indígenas Tagaeri”.

     En la Misión del Coca vemos una vitrina que todavía guarda el hábito y las prendas que vestía Inés en el momento del crimen. Un hábito destrozado con un enorme hoyo en la parte anterior derecha (el primer lanzazo recibió por la espalda y le atravezó el cuerpo), además una camiseta y un short. La víspera de su último viaje, Inés dejó una carta destinando una pequeña suma de dinero y expresando: “Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí; no deseo nombre ni fama, Dios lo sabe. Siempre con todos. Inés”.

    Serán canonizados Para orgullo de la raza humana, Alejandro e Inés podrían muy pronto ir a los altares. Los días 6 a 9 de enero de 2003, los miembros del Tribunal Eclesiástico de la causa de Canonización de Mons. Alejandro y Hna. Inés, fueron a Nuevo Rocafuerte, a 300 kilómetros del Coca por vía fluvial. Allí pudieron recoger los testimonios de 14 personas que conocieron a los Siervos de Dios. Así se va completando la prueba testimonial que debe ser remitida a la Congregación de las causas de los Santos de Roma, explica la Hna. Graciela.

    Solo hay que anotar al final, que como los misioneros mártires, otros capuchinos de igual modo, hoy en día prosiguen en la lucha por evangelizar y ayudar a los indígenas, por lograr el respeto de los petroleros y madereros a esos seres humanos y sus dominios, tan sólo suyos. Es el caso del P. José Miguel Goldaraz, quien vive con indígenas huaroni, trabaja con ellos en lo más recóndito y profundo de la selva, conoce su lengua y costumbres desde hace años, y sobre todo es uno más de ellos.

César Pinos Espinoza

cesarpinose@hotmail.com

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