Educación chilena: más allá de la cobertura

Hoy, 14 de julio, los estudiantes y sus padres salen nuevamente a protestar contra el actual sistema de educación y a plantear sus demandas. Lo hacen contra el lucro en la educación.

 

. Lo hacen contra el lucro en la educación.
Cuando se habla del lucro en Chile, siempre emerge un grupo de expertos educacionales que, cifras en ristre, quieren ensalzar el actual sistema de financiamiento de la educación. Y no se trata siempre de gente de derechas, sino de personas que también se encuentran en el ámbito del centroizquierdismo tecnocrático y autocomplaciente, vinculado de alguna manera al negocio de la educación o que actúan en representación de corporaciones o entidades que tienen una fuerte presencia en la venta de servicios educacionales en el país.

Desde luego, su afirmación más rotunda tiene que ver con los logros en cobertura, constatación irrefutable que sería incomprensible a estas alturas del tiempo y de la privatización educacional, y con un país que ya se puede considerar afianzado en los 15.000 dólares per cápita.

Pero, si la cobertura no existiese, el negocio de la educación habría perdido su principal argumento de sostenimiento como política, dado que su aplicación es lo que ha permitido que existan muchas alternativas según las capacidades de pago de las familias. La cobertura es la base del negocio de la educación. Un sistema de mercado no funciona si no hay suficiente ofertas para transar, según las necesidades de los consumidores. La educación es un producto de gran demanda, por lo cual tiene que tener una oferta significativa, desde luego con las distintas variables según el ingreso del grupo familiar.

Allí es precisamente donde se plantea la grave e insalvable condición que determina la mala calidad de la educación actual, donde predomina la determinante económica que se plantea en cuanto al nicho o segmento, es decir a que consumidores va dirigida la oferta educacional, y la variable de costos que implica contar con profesores que no excedan las capacidades de retorno de la inversión realizada. Es decir, si un colegio realiza una oferta dentro de un rango de valor de colegiatura, los costos involucrados en la prestación de servicio deben ser suficientemente manejables para que exista ganancia.

En ese determinismo, donde el costo de hora/profesor pasa a ser el quid del asunto, puesto que las instituciones privadas, los sostenedores, y todos aquellos actores que generan una educación que debe producir ganancias, requieren de profesores de bajo costo. Miles de colegios que prestan servicios a la clase media y los sectores populosos expresan esa realidad.

Si un profesor cuesta 1.000 dólares al mes y sostenedor puede tener uno de 600 dólares, opta por este último, no importa que no tenga posgrados.  Así es como se construye la mala calidad de la educación, donde el sistema necesita generar profesores baratos, para hacer sostenible la capacidad de cobertura.

Esa es la ecuación perversa que sostiene al sistema: cobertura en desmedro de calidad. La misma lógica que tuvo en su momento, hace pocos años, el escándalo de las casas Copeva para los sectores más pobres.

Conocida la propuesta del gobierno de Sebastián Piñera, formulada hace pocos días, como consecuencia de las demandas del movimiento estudiantil, lo que resulta como primera evidencia, es que el gobierno de Sebastián Piñera no quiere moverse del actual escenario, determinado por la condición mercantil en que se sostiene la educación chilena.

En el plano de las demandas de hoy, cuando los estudiantes y gran parte del país exigen una educación pública y el fin del lucro, lo que está en la mesa de las tareas nacionales en educación, apunta a que efectivamente esta vuelva a ser un tema país determinante, donde el sistema que se establezca garantice el mismo nivel de calidad educacional a los que viven en la comuna de Vitacura que a los que viven en la comuna de Lo Espejo. Si en la primera la mayoría de sus habitantes puede pagar esa calidad, me parece correcto, pero no me parece correcto que las familias de los estudiantes de las poblaciones de las comunas populosas no puedan aspirar a la misma calidad de educación, que pagan los ricos, por el hecho de no tener dinero para ese efecto. Esa ocurrencia es lo que impide la movilidad social y fomenta la marginalidad y el delito.

Lo propio corresponde a las comunas de clase media, la amplia y sacrificada clase chilena que sostiene el modelo monetarista y mercantil a través del consumo y de los impuestos, y que vive en la asfixia económica permanente, en medio de una constante expoliación, y que no recibe nada a cambio, que no sean tasas onerosas, especulaciones con sus deudas, una salud carísima, pastel que tiene como guinda de la torta una educación costosa y de muy mala calidad para sus hijos, a pesar de las ampulosas ofertas publicitarias.

Por cierto, cuando hoy se denuncia el lucro, lo que se está poniendo en evidencia es que la lógica en que se ha construido el modelo de prestación de servicios educacionales, arroja solo dos resultados: mala calidad, por las variables mercantiles del sistema, y el lucro, que se manifiesta en el destino de las ganancias, que no van en la perspectiva de mejorar o igualar la calidad de los colegios y escuelas, sino que terminan en los bolsillos o en la diversificación de inversiones de los empresarios de la educación.

Hoy, jueves 14 de julio, los estudiantes salen nuevamente a la calle a plantear sus demandas, y lo hacen con la aspiración de terminar con el negocio en la educación y que el Estado asuma su deber de educar al país, - a todos los hijos de este país -, en las mismas condiciones, con las mismas garantías, con las mismas posibilidades.

Lo que hoy importa no es la cobertura, sino la igualdad de oportunidades en la educación, la igualdad de derechos, y un verdadero proyecto nacional de educación, sostenido sobre un verdadero esfuerzo de calidad y de integración, que garantice las mismas oportunidades según el mérito personal. La cobertura ya no constituye mérito.

 

UNETE



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