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Grondona no murió ayer


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01/08/2014


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Julio Grondona murió hace tiempo. Miente el certificado de defunción que le hicieron ayer en el Sanatorio Mitre, deberían corregirlo, enmendar la fecha y poner 16 de junio de 2012, pocos días antes de la consagración en Primera de Arsenal, el club que fundó en 1957 junto a su hermano Héctor. 


Ése junio, cuando el calendario marcó 16 falleció Nélida Pariani, su esposa por más de 50 años por un cáncer que la dejó sin respuestas. Nélida fue su otra mitad. La persona que lo acompañó incansablemente en toda su trayectoria como dirigente, que lo escuchó, que opinó, una palabra tan autorizada para él como la de su mamá Julia Solari, quien murió a los 102 años en 2009. Sus detractores, muchos desde el atril, los menos desde el barro, creían que iba a vivir igual o más de tiempo que su progenitora porque no se permitía ser segundo en nada. 

En el mismo año, dos meses antes, su hermano Héctor lo había abandonado. Otra vez el cáncer. La palabra que nunca pudo digerir. Desde ahí, Grondona ya no volvió a ser el mismo. El dolor en el seno familiar, contemplar imágenes antiguas y empezar a tachar a los que no están. El paso del tiempo. Ni más ni menos. Tan cercano. Desde entonces pensó que 2015 podía ser una buena fecha de cierre. Y habló de que la familia lo pedía pero lo traicionó su ser. Murió en el sillón de Viamonte, con el poder en la mano. Sin ningún sucesor. En el personalismo absoluto. Con el sídonjulio todavía retumbándole los oídos, como una melodía de Edith Piaf

En plena consagración de Arsenal, hablando por radio con su hijo Julio, presidente del club del Viaducto, rompió en llanto cuando éste le mencionó que desde el cielo Nélida había puesto su granito de arena para salir campeones. Sólo, con un hilo de voz llegó a atinar la palabra "gracias". Y volvió a llorar. Grondona, el dirigente político con más olfato y cintura de la Argentina, sabía que el final se acercaba. Animal político que entendió que su tsunami estaba fechado con proximidad.

El dueño de la AFA por 35 años, el Vicepresidente Ejecutivo de la FIFA, el que manejaba presupuestos millonarios en la Comisión de Finanzas desde un teléfono haciendo escala Buenos Aires - Zurich, el que no sabía inglés ni usar una calculadora, el que mercantilizó el fútbol argentino, que lo vendió a Clarín, Gobierno, siempre acomodándose a la coyuntura política, el de los más de 180 muertos en canchas argentinas por la violencia, el de México 86, dos subcampeonatos del mundo, dos Copa América, el que dejó tirado a Diego en el 94 a cambio de ascender más y más en FIFA, el que se la jugó por Marcelo Bielsa cuando un país entero lo despezaba tras Corea-Japón, el que inventó un amistoso ante Paraguay para asegurarse que Lionel Messi jugara en Argentina, el que construyó un ciclo fantástico en selecciones juveniles con José Pekerman y Hugo Tocalli pero que lo destruyó por amiguismos, por dejarlo todo en familia, su único punto débil. Ante todos se enfrentó. Ninguno le hizo ni siquiera cosquillas. 

Porque el poder lo sedujo a límites insospechables, entendió que tenía un don, que si a eso le sumaba la trinidad de las P: paz, paciencia y pelotas, que lo que se tiene de calle no te lo emparda ni cualquier MBA de 50 lucas verdes anuales en una universidad de EEUU o Europa. Ése al que todos intentamos, con más o menor talento, construirle un perfil, invertir palabras, tratar de explicarnos lo complejo de este personaje. Mi único acercamiento a él fue llamarlo para que saliera en un programa de radio que trabajaba hace unos años. Conseguí el teléfono, pensando que nunca me iba a contestar o que pasaría por el filtro de miles de prenseros. Nada de eso pasó. Me atendió. Bien. Que lo llamara. Que no había ningún problema. Me sentí con poder, había llamado al Vicepresidente del mundo, al que criticaba y criticaba, y me había dado vuelta como una media en un puñado de segundos. Eso y mucho más fue Julio Grondona. Desde el 16 de junio de 2012 en adelante la historia, con o sin mayúscula, lo juzgará.



Etiquetas:   Fútbol   ·   Ejercicio del Poder   ·   Argentina

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