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La desconcertada Izquierda chilena


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31/07/2014

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Se extraña en la actual izquierda una posición republicana potente,  que postule una sociedad con economía mixta en donde se recupere un Estado conductor y no subsidiario.


En la visión maniquea de buenos y malos, la izquierda se ubicaba en la primera categoría, reivindicando las luchas sociales de la primera mitad del siglo XX, con la construcción del sindicalismo y los Frentes Populares. La culminación de la evolución de la izquierda, cruzando períodos de proscripción, como lo fue la Ley Maldita de los años 50, se vivió en los mil días del gobierno de la Unidad Popular. En la dictadura se buscó exterminar literalmente a esa izquierda revolucionaria y anti imperialista, que había tenido el descaro de nacionalizar el cobre para Chile. El complot al gobierno de Allende, iniciado por Nixon y Kissinger la noche del 4 de septiembre de 1970, condujo finalmente al golpe de Estado. En los mil días hubo culpas importantes de los propios partidos de la Unidad Popular.  Hasta ahí la historia se ha venido ocupando de clarificar la verdad y, pese a que el pragmatismo ha apostado a cerrar capítulos con la solución biológica, aún se levantan voces para denunciar el terrorismo de Estado y las acciones de resistencia de ese período.

Una transición pactada, que admitió no revisar las privatizaciones leoninas del patrimonio público, mantener al Dictador en un cargo impresentable de Comandante en Jefe del Ejército y ulteriormente Senador vitalicio, hablan de las vilezas propias de un período oscuro, en donde los más revolucionarios líderes de los mil días, llegaban al tablero político representando los intereses de corporaciones internacionales, que venían invasivamente a ocupar espacios en la abierta y desregulada economía chilena.

La civilidad que había dado las peleas duras en las protestas, en los reductos clandestinos de la oposición ochentera, vieron de pronto llegar a un puñado de vacas sagradas, muy bien aperadas de esa ayuda internacional que había tomado insospechados destinos, por cierto distintos a los que se invocó para recaudarla. La transacción de los socialistas renovados, con ese halo de víctimas sufridas,  con los poderes fácticos de la pos dictadura, quienes a su vez hacían su inteligente repliegue estratégico, preservando los pilares sustantivos del sistema, consideró la desmovilización premeditada de la civilidad, en aras de un “no hacer olas”, lo que significó en definitiva, resignar las expectativas de una real democratización y del recupero de la dignidad y soberanía nacionales que habíamos planteado los ciudadanos en el plebiscito de 1988.

Han pasado 25 años y un largo derrotero ha diluido las diferencias  entre las fuerzas de la derecha tradicional y las fuerzas de la Concertación y hoy Nueva Mayoría. La dialéctica exitosa de manejar el poder, ha significado mantener anclada la institucionalidad a los pesadas enclaves que dejó el régimen militar. Las reformas actuales entregan un escenario que pareciera ser virulento, pero en el fondo es una obra de teatro político en donde la izquierda se quedó sin contenido, porque nadie puede servir a dos señores, al dinero y a los principios doctrinarios. La recalcitrancia marxista del PC tuvo que aceptar, en aras de una cuota de poder, que hay temas tabú, de los que no se habla. El discurso de campaña y los compromisos comienzan a driblear en el área chica y nadie quiere meter el gol, seguramente porque el acuerdo tácito de fondo es empatar. Así, pese a ostentar una mayoría relativa, que se engrosa o debilita según los puntos a tratar, la izquierda se ha conformado con que la inviten a la cocina, aunque sea de pinche y no de chef. 





Demandas sociales que son atendidas sin una visión de Estado, sino al trasluz del marketing político, los impactos mediáticos y el populismo, van quedando deformadas a medida que se trata de construir los proyectos de ley, ya que los amarres parecen ser una camisa de fuerza donde hay que quedar bien con muchos patrocinadores.  Recientemente, la ONG Chile Transparente  y el Centro de Estudios Plural señalaron que la gran deuda de los partidos políticos ha sido no transparentar sus ingresos ni sus gastos. Salvo contadas voces díscolas, independientes, de la nueva izquierda o regionalistas, como también el nuevo partido de Marco Enriquez Ominami, el grueso de la clase política no va más allá del disenso tolerable y, cuando corporativamente algo les amenaza, cierran filas de inmediato o se esmeran en leyes express que corrijan algún desaguisado. 

En este contexto, se extraña en la actual izquierda una posición republicana potente,  que postule una sociedad con economía mixta en donde se recupere un Estado conductor y no subsidiario. Ya la izquierda no moviliza a la gente y debe parlamentar con los dirigentes sociales que la llevan.  La Nueva Mayoría que se arroga la posición centroizquierdista, aparece llena de inconsistencias particularmente en materia de medio ambiente. En vez de vincularse con la ciudadanía están más preocupados de agrandar el número de cupos parlamentarios y de cuidar que les toque parte del pastel.

Por tanto, crece la desconfianza respecto a discursos de cambio que terminan en el gatopardismo de siempre. Se extraña esa voz potente de una izquierda republicana que abra las viejas alamedas y en la discusión de la reforma a la educación se extraña ese liderazgo de antaño, cuando había en las bancadas de la izquierda una voz laica potente en defensa del Educación Pública. El mutismo y la pobreza del debate quizás se deba a la  maraña de intereses que se ha construido por décadas tras el negocio de la educación, donde todos tienen tejados de vidrio.

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Periodismo Independiente, 31.07.2014 @hnarbona en Twitter.







Etiquetas:   Política   ·   Democracia   ·   Participación Ciudadana   ·   Sociedad Civil

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