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Reseña literaria "Y las montañas hablaron" de Khaled Hosseini


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15/07/2014


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Con Khaled Hosseini mantengo hasta la fecha una relación de amor permanente. Con sus novelas. Me enamoré de “Cometas en el cielo” (y desde entonces he soñado algunas veces con conocer Afganistán), tras descubrirle seguí embelesada el rastro de Hosseini y disfruté después de “Mil soles espléndidos” y “Y las montañas hablaron” me vuelve a confirmar que cuenta historias maravillosas.


No es justo, pero con él es imposible evitar las comparaciones, no con otros autores, sino entre sus propios escritos. Hosseini te marca. Si te impacta desde el principio, es imposible que no busques en su siguiente novela, la misma emoción. 

Reconozco que la impresión que me causó “Cometas en el cielo” no podrá volver a repetirse, pero “Y las montañas hablaron” me conquistó desde el principio, con el hermoso cuento que arranca y pone en la voz de Sabur, padre de Abdulá y Pari. Abdulá cuida de su hermana como una madre y su padre ha decidido venderla -una cruel decisión condicionada por circunstancias que en nuestro mundo, no podemos llegar a entender- a una pareja que podrá darle, supuestamente, lo que necesita, lejos de la casa y la triste aldea afgana, Shadgahb, en la que nacieron los hermanos, donde las carencias campan a sus anchas.

A partir de ahí, Khaled Hosseini nos lleva de viaje a sitios tan dispares como la isla griega de Tinos, París o San Francisco. Nos permite conocer el recorrido que seguirá Abdulá en los Estados Unidos, a Nabi, el tío de Pari, que convivirá con los padres adoptivos de la niña, la madre, una poeta que sale de los cánones que marca Afganistán para una mujer sobre los años sesenta en ese país, el padre, un hombre que no la hace feliz. Conoceremos a dos primos que emigran también a los Estados Unidos para sorprenderse en el regreso a un país que ya les es ajeno, donde viven otras personas, como Amra, enfermera, y la niña que tiene a su cargo, hospitalizada después ser atacada con un hacha que acabó con la vida de toda su familia, como Markos, que lo deja todo para ayudar a los afganos que sufren su país, a la madre de Markos, a una amiga de su madre… y así todo, en forma de un puzzle que parece interminable. 

Muchos lugares, muchas historias y muchas voces que narran. Es probablemente la pega más clara que encuentro en la novela. Hay tanto, tanto de todo, tanto protagonista y salto en el tiempo que te pierdes por momentos a lo largo de los capítulos, como si al autor le hubieran invadido los personajes, como una plaga involuntaria, en la que después tiene que buscar sitios a todos esos inquilinos inesperados.  

Algunas historias se entremezclan por parentescos. No todas. En otras, surgen protagonistas que no son de primer orden y que pierden fuerza en contraposición con los que se aúpan por subir en el ranking, dentro del inmenso mosaico de personajes.

Pero en todos prima la emoción. Es la base de la novela. Hosseini nos hace sufrir el desgarro de la separación, del sentimiento de abandono, de la fuerza y la importancia de las raíces y la pertenencia a un árbol familiar, gritando a los cuatro vientos que el pasado pesa tanto que será un lastre de por vida, si ese pasado tiene un trauma que recordar.

  No sólo emociona. A veces, conmociona. Y no quiero hablar del final de algunas historias -especialmente la primera y con la que dice adiós- porque tengo reciente las sensaciones que me ha dejado. El escritor destroza a quienes hemos seguido los desenlaces. Auténticos dramones por los que le he odiado (de manera figurada, claro) y por los que he vuelto a admirarle ante su inmensa capacidad para emocionar como escritor.

Contar todas las tramas sería alargarme demasiado y tampoco creo que sea adecuado (como he comprobado que hacen en algunas reseñas los “lectoresdestrozadoresdelibros”), prefiero invitarles a descubrirlas, para que lo pasen mal sufriendo con algunas de ellas y para que lo pasen bien con la escritura de Hosseini. Si hay algo que justifica el amor a los libros es lo que te roba de tu vida en el instante en el que lo lees, en el que lo sientes, en el que te imaginas y creas las caras de los personajes, cuando te desplazas en los viajes que te proponen a lugares y vidas ajenas. “Y las montañas hablaron” es uno de esos maravillosos ejemplos para ilustrar todas esas situaciones. 









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