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El abc de Czeslaw Milosz


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12/07/2011

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El Premio Nobel polaco dejó entre su vasta obra, producida en buena parte durante la era socialista, su Diccionario de una vida, en la que aborda la existencia letra por letra 

 

El impulso de escribir un diario, mantener en el tiempo la tarea de dar cuenta del día, puede responder a motivaciones varias. Son esos diarios, cuando trascienden la gaveta de autor anónimo o en los casos en que los escritores se valen de esas anotaciones como un discurso paralelo a su obra, que lo nutre así como se reserva material inédito, los que posibilitan ver el pasado a escala pequeña, a ras de suelo, más allá de la mirada oficial o según los períodos de la historia; más allá de todo escrutinio interesado de la memoria. Cabe aquí apuntar que en eso se diferencian los diarios de las memorias; si bien ambos géneros tratan del yo (y su circunstancia) los primeros se nutren del detalle pasajero; las otras se hacen de lo memorable, aquello que quien escribe considera merece ser recordado.

Hay los diarios literarios, en los que es posible hallar la primera simiente de una obra muy reconocida en la posteridad. Hay diarios de escritores que devienen su obra principal; podría decirse de André Gide, gran admirador de aquel otro francés Michel de Montaigne que hizo de sí mismo la única materia de sus muchos ensayos. Fiodor Dostoievski también escribió un diario (cuya traducción al español se publicara recientemente) y quiso en un principio, antes que escribir Crimen y castigo como una novela propiamente, ir entregando los diarios del atormentado mozo Raskólnikov. Y si de diarios imaginarios se trata, Enrique Vila-Mata ha dado a la imprenta uno de chispa genial: Bartleby y compañía, en el que vida y literatura se funden casi, digamos, literalmente.

Czeslaw Milosz escribió un diario, tal vez, un diario literario y quiso organizarlo alfabéticamente. Abecedario. Diccionario de una vida. (Fondo de Cultura Económica, 2003) reúne bajo cada una de las letras de alfabeto los temas vitales del autor, las palabras que han signado algún pasaje existencial, los apellidos de los autores y artistas que lo conmovieron e influyeron.

 

De la A a la Z

 

En alguna parte leí alguna vez del escritor cubano Virgilio Piñera la impresión que si contáramos la vida tal cual es, sería un fárrago incomprensible. Escribir es darle sentido a la experiencia, hacerla un sintagma descifrable a lo largo de las páginas. Más si se escribe con la frecuencia que un diario exige. Y tal vez el diccionario de una vida de Milosz no sea un diario en rigor; tal vez un subgénero.

Al abordar las páginas por primera vez impresas en inglés en 2001 y en castellano en 2003, cualquiera intrigado por la opinión de este polaco galardonado con el Premio Nobel, busque palabras, digamos, trascendentales, fundamentales. Pero si bajo la letra F, se busca Felicidad, no se la encontrará. Si se busca bajo la V, se busca Vida, se encuentra más bien Verdad: “A pesar de los ataques que ha recibido contra el mismísimo concepto de verdad, de tal forma que incluso la fe en la posibilidad de reconstruir con objetividad el pasado, la gente se esfuerza por escribir diarios para mostrar cómo fueron las cosas de verdad. Esta necesidad conmovedora demuestra nuestro apego a pruebas que no estén sujetas a relatos cambiantes sino basadas en hechos”.

Esa necesidad anima en la era digital los blogs que superpueblan la web y las flamantes redes sociales. Discernir quién dice la verdad en Twitter será una tarea colosal para los historiadores del futuro.

 

A,B;C;D

En otro libro suyo, el más celebrado por la opinión pública occidental, El pensamiento cautivo, Czeslaw Milosz recurre nuevamente a las letras, esta vez para hacer una taxonomía de la intelligentsia polaca: cuatro son los arquetipos en los que formula la relación de los intelectuales con el ambiente de censura del totalitarismo en ciernes, en la Polonia subyugada por el imperio soviético: A, o el moralista; B, o el amante desdichado; C, o el esclavo de la Historia; y D, o el trovador.

En el mismo libro, el pensador polaco echa mano de una categoría, una noción tomada de la tradición persa. En tiempos en que se propagaba el islamismo (la Nueva Fe), muchos se acogieron al ketman. Según un autor francés, un tal Gobineau, citado por Milosz, el ketman lo practica el hombre “poseedor de la verdad (que) no debe exponer su persona, sus bienes o su consideración a la ceguera, la locura, o la perversidad de los que plugo a Dios hacer caer y mantener en el error”.

Los tipos representados por A,B,C,D, tal vez ilustren los grados de dificultad del ketman en medio del comunismo. Los intelectuales del campo del socialismo real tenía dos opciones, o se declaraban disidentes (con todas las consecuencias) o se convertían en actores, conscientes de las muchas contradicciones que no podían ser expresadas libremente.



Etiquetas:   Reflexión

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