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Reseña literaria "El hijo del acordeonista" de Bernardo Atxaga


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01/07/2014


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David, es el hijo del acordeonista. Nacido en Obaba, el escenario físico con el que repite Bernardo Atxaga para construir el contexto de su historia. Un lugar aparentemente idílico en el que David acaba descubriendo que su padre colabora con los franquistas. El secreto pondrá boca abajo la vida de un joven rodeado por su cuadrilla de amigos, que disfrutan como buenamente pueden de su adolescencia.


Obaba aloja un hotel que se convierte en escenario básico para presentar a otros personajes vitales para la evolución personal que experimentará David, del que nada más empezar, sabemos que en su madurez se ha trasladado a California donde rehace y termina su vida.

Su amigo Joseba, de la antigua cuadrilla, será quien vaya a darle su último adiós en el que se encuentra un pequeño gran tesoro, que deberá encargarse de remodelar. David ha escrito y descrito aquellos tiempos tan lejanos, de luces y sombras que a finales de los años sesenta le sumergieron en las filas de ETA. Motivo por el que decidió poner tierra de por medio, cuando las cosas comenzaron a desmandarse, porque supuestamente su colaboración con la estructura de la banda terrorista se limitaba al reparto de panfletos y la planificación de la voladura de monumentos y edificios.

La historia es atractiva en sus comienzos, pero no he logrado encontrar el ritmo y el orden deseado para disfrutar. Atxaga “marea” con los tiempos, va, vuelve, llega y  trae personajes, acabando por distraer la atención del lector, que al final, no termina de entender bien, por qué un chaval -independientemente de que los tiempos fueran “otros”-, supuestamente tan sano, casi básico y un poco simplón diría yo, acaba metiéndose en una “cueva” tan arriesgada.

He tenido la sensación a lo largo de la lectura de que estaba a punto de vivir capítulos emocionantes, casi trepidantes y cuando parecía acercarse ese momento, todo quedaba diluido, apagado, reducido casi a anécdotas, cuando realmente eran situaciones de tremenda gravedad. Y me refiero -sin querer desvelar demasiado- a la muerte de un amigo -al que David apreciaba y de manera muy especial-, que finalmente no es accidental sino totalmente premeditada. En una situación tan dramática, el escritor deja pasar este hecho como si fuera algo menor, porque el protagonista parece no sufrir esa pérdida tal y como pide a historia.

Tampoco la narrativa sirve para paliar las carencias que en mi modesta opinión veo en esta novela, donde la temática me atraía e interesaba enormemente. Pero todo ha sido un “desinflarse” de manera progresiva, que desafortunadamente, me ha dejado una enorme decepción en el momento de cerrar la última página del libro. 







Etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Cultura   ·   Novela   ·   Lectores
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