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Purificación Carpinteyro en el espejo de la corrupción


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27/06/2014

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El escandaloso episodio en que se vio recientemente envuelta la diputada federal del Partido de la Revolución Democrática Purificación Carpinteyro, no solo significa el eventual final de su polémica carrera política, además de los efectos de tipo personal que esto le va a ocasionar.




Estamos ante el hecho de que una vez mas, un personaje político que se caracterizaba por su aparente valentía para enfrentar poderes superiores, termina por ser desenmascarado y remitido al común denominador que representa la corrupción.

Purificación Carpinteyro fue expuesta a través de la presentación publica de una grabación que corresponde a una llamada telefónica, en la cual la diputada federal, sin el menor recato hace patente que aprovechando su posición en la negociación de las leyes secundarias de telecomunicaciones, utilizaría ese privilegio para hacer negocios personales.

Con esto la dirigencia nacional del Partido de la Revolución Democrática, necesariamente tuvo que separar a Purificación Carpinteyro de su posición en el debate legislativo, sin embargo mas allá de lo que la coyuntura puede representar en función de su situación personal, el asunto trasciende a una cuestión mas grave.

Lo es porque lamentablemente el resultado de este nuevo escandalo, es una sensación colectiva mediante la cual se hace virtualmente imposible creer o confiar en la clase política, esto evidentemente sin distingo de militancia partidista y por supuesto considerando honrosas excepciones.

A pesar de su polémico paso en la política, Purificación Carpinteyro al menos había logrado crear una imagen de cierto respeto, su cruzada en contra de los monopolios en el ramo de las telecomunicaciones, le había ganado muchas simpatías.

Digamos que había alcanzado un posicionamiento mediante el cual sus opiniones al respecto tenían el suficiente peso para ser escuchadas y tomadas en cuenta, bajo la premisa de un contenido y comportamiento congruente, pero al final de cuentas esto no resulto ser real.

Porque ahora todo lo que haga o diga la señora Carpinteyro, se va a entender como parte de una estrategia para sacar ventaja de esa posición, lo que incluye su acceso y presencia en el Congreso.

No hay elementos de defensa cuando sus posturas anteriores, se verán como pretextos encaminados a ganar un espacio de influencia para obtener ventajas de esta, lo cual es sin duda una forma mas de la corrupción.

Visto así el daño que Purificación Carpinteyro provoca en la opinión publica, en el imaginario colectivo, es muchos mas perjudicial que el que ella misma se ha hecho en lo individual, porque infiere como ya apuntábamos en sensaciones que la sociedad adopta como dogmas.

Adicionalmente el desliz de la señora Carpinteyro representa elementos poderosos para sus rivales, para desvirtuar los señalamientos que ella había expuesto en contra de los monopolios en telecomunicaciones, aun y cuando estos estuvieran debidamente fundamentados.

Y como estos intereses poseen los medios para exhibirla por sus motivaciones evidentemente ventajistas, con su influencia van a conseguir que el punto del debate ya no sea la forma y los privilegios que tienen para hacer negocios.

Al menos en el corto plazo, la corriente informativa se va a concentrar en el episodio protagonizado por quien hasta ahora era su mas acérrima enemiga, eso por supuesto va a generar otra percepción en la sociedad.

Porque entre lo que se terminan de legislar las leyes secundarias del ramo y se define el esquema de competencia, Purificación Carpinteyro ha dejado de ser una voz a considerar, sus argumentos se desvanecen no por su contenido, simple y llanamente por provenir de ella, quien se quedo por su propia culpa sin el mas mínimo margen de calidad moral.

Cuando el nivel de ambición es tan descomunal, el fondo de los asuntos pasan a un segundo termino, porque además del rechazo social, provoca una suerte de estado de indefensión ciudadana, un lastimoso sentimiento de irritación y frustración.

Esto además va fortaleciendo la impresión de que la clase política, sin distingo individual, perdió por completo su sentido del deber y compromiso, que la mística del servicio desapareció a cambio de una codicia sin limites.

Y es que una de las principales asignaturas todavía pendientes de nuestro proceso de consolidación democrática, que involucra a todas las fuerzas políticas, se relaciona precisamente con el combate a la corrupción.

Porque mientras en apariencia existe una voluntad oficial y partidista para al menos reducir los efectos de la corrupción, seria fantasioso esperar su erradicación completa, la realidad nos demuestra otra cosa.

No se trata de un cambio de preceptos, sino simplemente de formas, antes en lo que podríamos denominar la época dorada de la corrupción en nuestro país, las comisiones que los funcionarios públicos exigían, o mas bien pactaban de común acuerdo, como parte de un esquema mutuamente aceptado con contratistas y proveedores, estaban establecidas en un diez por ciento.

De ahí el que el concepto incluso llegara a oficializarse como tal en el denominado diezmo, sin embargo ahora esa cantidad alcanza por lo general hasta el treinta por ciento del recurso publico ejercido.

Eso sin descontar que en esa época, la ostentación de la riqueza mal habida era un pecado que no se perdonaba y era castigado si no penalmente, si con el despido y el final de la carrera política.

Evidentemente ese precepto también se relajo considerablemente y hoy es común ver en toda la geografía nacional, la construcción de cuantiosas fortunas amasadas de la noche a la mañana, sin que en su dispendio medie aprensión alguna al castigo.

Si Purificación Carpinteyro se atreve sin recelo a verse en el espejo de la corrupción, que teóricamente con tanto afán combatía, es porque ella como lo hacen tantos otros políticos a lo largo y ancho del país, no tienen ni sienten el mas mínimo temor a las consecuencias, y ese es el verdadero problema, la permisividad que es complicidad.

 

Twitter@vazquezhandall 





Etiquetas:   Corrupción   ·   Política   ·   Democracia   ·   Gobierno   ·   Partidos Políticos   ·   Telecomunicaciones

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