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(Ediciones de La Quintana, Buenos Aires,
2008.)
Hemos caminado por plazas, aljibes, cafés y avenidas
de Buenos Aires en un único poema sin cerco.
Hemos vivido siempre en Buenos Aires, pero olvidando,
lamentablemente, que «las cosas más próximas son siempre lejanas…»[1].
Cercados por la mitología retórica y temática que
retiene la forma de un género, olvidamos la metáfora primera, parte del eslabón
colonial originario, «las aguas oscuras que marchan imperceptibles»[2].
El riachuelo es el reflejo en donde se espeja toda
nuestra derrota. Es aquella otra parte de la historia, en la que los sucesos
enterrados dentro un cabello muerto mantienen un eterno diálogo con la verdad.
Robert Lowell, en uno de sus poemas, se hacía una
pregunta tan valiente como sencilla: «¿No hay otra manera de arrojar mi anzuelo
fuera de este arroyo dinamitado?»[3]. Yo
creo, de una manera muy personal, que la respuesta de Boco se resuelve en la
misma pregunta. Efectivamente, no hay otra manera. Pero eso es algo muy
distinto a la idea de huir del arroyo dinamitado. Y dinamitado en todos sus
sentidos.
De allí que en la extensión del poema no encontremos un
acuerdo, o un determinado modo de simbolizar los sucesos o ideas que se
presentan. Cada acontecimiento se diferencia de los instantes que sostiene: el
tiempo desaparece, la quietud de la palabra se destruye en un constante
intercambio entre el pasado, el presente y lo contingente.
Decía que no hay un acuerdo: en Riachuelo no reina lo determinado, sino la experiencia. La
experiencia legítima; no especializada o limitada, emocional o subjetiva.
Riachuelo habla de la historia de un
poeta sometido a las condiciones materiales. No hay falsedad, ni emulación
elitista, ni pretensiones de salir de una vestimenta inapropiada para el género. Podemos decir y pronunciar las palabras
de los otros: podemos hablar de marketing
y dinamitarlo, o dinamitarnos junto al agua podrida de la globalización.
Y con el mismo coraje que rechaza el precipicio de
los otros, la apropiación de Boco de un momento histórico determinado, de
costumbres y vestimentas nacionales, logra lo que todo escritor anhela: traducir
lo imposible a través de una mediación de lo contemporáneo.
Esta notable elección de trazos, puede tranquilamente
ofrecerle al lector las herramientas suficientes para reconstruir la
experiencia de un hombre: el Cordobazo, los cigarrilos Colorado con filtro, el recorrido de la línea 152.
Estos vestigios, insistentes como sus citas de otros
poemas, novelas, y cineastas; reflejan su capacidad –como la de todo verdadero
poeta– de resignificar constantemente al mundo a partir de sus sentimientos.
El indivisible Riachuelo,
sin embargo, no presenta estas características de una manera aislada o
paralítica. Se trata de un movimiento, creciente y decreciente como el riachuelo
mismo, que en su anárquico desligamiento corroe incluso hasta lo indeterminado:
nuevas ideas y reflexiones irrumpen sobre lo ya resignificado.[4]
Lo que comenzó como un proceso desmitificador, que
recupera ciertas vivencias y recuerdos aislados o perdidos en la historia,
termina comprometiendo al poema con el poeta. Lo compromete, como bien
sabemos, porque el tesoro –como el
corazón– inevitablemente se halla en la isla.
Pueden renacer entonces los versos antes citados de
Lowell: «¿No hay otra manera de arrojar mi anzuelo fuera de este arroyo
dinamitado?».
Como decíamos, Boco responde a esta pregunta: no
existe otra manera, porque nosotros mismos somos el arroyo, el incesante
riachuelo dinamitado.
Pero la poesía debe imponerse por sí misma, como
decía Coleridge, no deben ejecutarse
razonamientos sobre una obra.
Que sean del lector y del poeta las últimas palabras:
«Los árboles
hamacan igual brisa que la finísima bruma con olor a podrido
A petróleo
A metal
degradado y sulfuros calados en el agua (…).
La vela se
desplaza sin mácula ni puerto sobre la espalda mugrosa.
En el mapa de la
luna hay un espacio al que llaman Mar de la /
Tranquilidad».[5]
Juan Arabia, Julio de 2011 en Buenos
Aires.
[1]
Alberto BOCO, Riachuelo, Buenos
Aires, Ediciones De la
Quintana, 2008, p. 20.
[2]
Alberto BOCO, Riachuelo, op. cit., p.
23.
[3]
Robert LOWELL, «El pescador borracho», Poemas de Robert Lowell.
Traducción de Alberto Girri, Buenos Aires, Sudamericana, 1969, p. 45.
[4] Al
principio del poemario leemos «Uno empieza por volverse antipático y dejan de
invitarlo a las fiestas» (op. cit. p.
9). Más tarde encontramos, en cambio: «Uno deja de volverse antipático y
entonces ya no sabe si quiere ser invitado a las fiestas» (op. cit p. 27).
[5] Alberto BOCO, Riachuelo, op. cit., p. 28.Breve Entrevista con Alberto Boco:
J.A: ¿Cómo
surge la idea de Riachuelo? ¿Cuál es el objetivo del poema?
A.B: En principio empiezo
por la segunda pregunta, la del objetivo. Creo que el poema no tiene un
objetivo, tal vez ninguno de mis escritos poéticos lo tenga, en tanto
entendamos como objetivo un propósito deliberado, planificado y puesto en
ejecución con la finalidad de alcanzar algún resultado. Esto no quiere decir
tampoco que no tenga un objetivo, tanto Riachuelo como cualquiera de mis
otros trabajos anteriores y posteriores a él.
Creo que las
personas no siempre, o casi nunca, sabemos con mucha claridad lo que buscamos;
aún más, creo que cuando esto sucede hay
un quantum de desconocimiento e incerteza dentro de nosotros mismos respecto de
los verdaderos motivos de por qué hacemos algo o el por qué de lo
que buscamos haciéndolo.
Me parece que
hay en la escritura poética una parte gris, opaca, la zona ciega
como les gusta decir a los sicólogos, me atrevería a decir que esta parte ocupa
casi todo el espacio en aquellos que buscamos acercarnos a la
poesía. No se para qué, tal vez el poema sea una forma diferente de
conocimiento
Así que,
objetivo, creo que no lo hay, no lo hubo, no que yo reconozca, pero eso sí, que quede claro, esto no me releva en absoluto
de la total responsabilidad por la hechura del poema, Riachuelo y
todos los demás, en todas las dimensiones que se los quiera considerar.
Ahora la primera
pregunta, ¿cómo surge la idea?
En general mis escritos
no son una primera idea que aparece y se desarrolla, mejor dicho que yo
desarrollo. Creo que hay dos puntos por ver aquí, uno: cómo funciona en mí el
estado disparador de un texto poético y el proceso creativo de lo que escribo,
en especial de los textos más o menos extensos (Riachuelo es el más extenso de
mis trabajos, pero no él único, hay varios poemas más, incluso uno de ellos,
titulado "Para un programa de disolución", que obtuvo el
Primer Premio en un concurso en Argentina en el año 2005).
Respecto del mecanismo
del estado disparador, tiene que ver con dos elementos, la mirada y cierto
estado interno que sesga la mirada hacia un contexto o espacio que
podríamos llamar poético. Hago esta salvedad porque a eso que llamo aquí
“sesgo” se le suele atribuir un origen exterior al poeta, la famosa
inspiración. Yo no creo en la inspiración como un hecho ajeno al que escribe,
como quienes dicen que es un dictado, una voz externa, las musas y todas esas
figuras que son muy simpáticas pero que no me convencen. Para bien y para mal
es todo producto del que lo hace, del que escribe el poema, o lo que sea que se
escribe. Después está el trabajo, la
seriedad, eso que llaman talento, el mayor o menor dominio del lenguaje, el
conocimiento, la experiencia y el azar, siempre está el azar. Me parece una
bella figura la asistencia de las musas que Homero solicita para cantar la
cólera de Aquiles, que iba como la noche… etc., pero no más que eso; en esto,
como en muchas otras cosas que cada uno crea en lo que quiera, este es mi
pensamiento.
El sesgo es el
resultado de la enorme complejidad presente y que a su vez atraviesa cada
momento de la interioridad de un sujeto que escribe un texto y que se conjuga
con la mirada cayendo sobre un hecho exterior con ese estado puesto por el
sesgo de lo interno.
Lo que aparece,
en mi caso, es algo más que lo no visto, no importa si lo que se ve se lo ve
por vez primera o es una cosa de todos los días, ese plus vincula lo visto con
un modo de expresión que sólo encuentro en la palabra poética. Hasta aquí en
cuanto al modo disparador.
El otro punto es
el tema, o en los textos extensos que escribo, el eje en torno al cual se
suelen desplegar muchos temas.
Ahora voy al
ejemplo, el caso Riachuelo, que no es un tema sino el eje alrededor del cual
van y vienen por él, hecho poema, algunas visiones, algo de mi propia historia
y algo de la historia común a la gente de mi generación. El Riachuelo existe y
es algo muy significativo para muchos de los habitantes de la ciudad de Buenos
Aires. De niño lo cruzaba por varios motivos, tomaba un tren en la vieja
estación Puente Alsina, debajo del puente del mismo nombre en el barrio de
Pompeya para ir a visitar a mis abuelos en un pueblo de la provincia de Buenos
Aires, también lo cruzaba con un colectivo para ir a visitar a unos primos que
vivían en Monte Grande. Esto de muy niño. Recuerdo que mi madre me decía que me
tapara la nariz porque había un olor muy feo. Yo la obedecía pero ponía la mano
sin apretar la nariz para respirar y conocer con olfato propio qué tan feo
podía ser. Así parece que el Riachuelo fue siendo en mí, a través de un sentido
de los más primitivos, el olfato. Ya después, por mi simpatía con Boca Juniors,
comenzaron las idas a la cancha a ver los partidos, después los tiempos en que
me tocó la milicia (soy de la época en que los hombres en argentina hacíamos el
servicio militar) y estuve un tiempo destacado en una pequeña unidad frente a
las areneras, viendo las grúas cargar las tolvas y los camiones con canto
rodado y arena, en la molicie de las tardes interminables de guardia, el calor,
la humedad; era 1970 y pasaban muchas cosas en argentina, se preparaban muchas
otras, ya todos lo sabemos. Vale la metáfora: el Riachuelo iba tejiendo lentamente
su fermento, su presencia, su estar en mí. Sintetizaba esos ríos de llanura, de
movimiento casi imperceptible, como el paso de la vida, como las agujas del
reloj que se mueven pero no las vemos moverse, el paso del tiempo en el
movimiento de las aguas oscuras, como realidad y como metáfora, el sordo latido
del mundo propio de su entorno, cosas que son además muy comunes y evidentes,
no hay, creo, gran originalidad en esto que digo, el poema en tanto eje.
Mucho después, en
el año 2001, por razones de trabajo tuve que viajar semanalmente a la ciudad de
La Plata. Fueron
un par de meses. Lo hacía en el ferrocarril Roca, era invierno, unos trenes muy
degradados, casi en ruinas, al amanecer, el sol despuntando sobre la bruma del
río, el cruce lento del el tren sobre el
puente de acero, el Riachuelo ahí abajo, el frío, gentes en los bordes, cosas
que veía desde el tren en esos cruces, en el invierno del 2001, cuando también
eran visibles otras cosas en Argentina, para las miradas más o menos atentas y
no demasiado ingenuas.
Allí apareció el
sesgo de la mirada, las primeras notas, un armado fragmentario del texto entre
lo visto, lo evocado, lo imaginado y el azar, siempre el azar, ya sabemos.
Lo que estaba
esperando en mi memoria, muy significativamente fue otro hecho azaroso, también
sesgado por la mirada y que se describe casi textualmente en el inicio del
poema.
Unos años antes
paseábamos con mi mujer por la ribera del Riachuelo ya devenido proyecto
turístico en sus inicios, íbamos frente al museo Quinquela Martín, en dirección
a la vuelta de Rocha; algunos años más atrás aún, recuerdo que habíamos paseado
por allí, ella todavía convaleciente de una operación bastante severa; bueno, allí,
anclado, un viejo barco de la empresa Mihanovich, el Vapor de la Carrera, lo usaban como bar
y restaurante, vendían artesanías; al poco de conocernos con mi mujer habíamos
hecho nuestro primer viaje juntos al Uruguay en uno muy parecido, uno de esos
vapores; bueno, caminábamos por ahí y
entonces… el poema comienza diciendo “esperábamos…”
… “y vimos las botellas de plástico y los
bidones apoyados en la capa de aceite”….
Otra vez, nada muy
especial ni del otro mundo, sin embargo un viento imperceptible los movía como
con intención sobre la superficie, no había una estela en el agua por el
movimiento de las botellas vacías, no se movía el agua, tal era la densidad de
la capa aceitosa en ese preciso lugar; era como si flotaran y todo parecía
rodeado de un silencio como si los únicos que estuviéramos ahí fuéramos ella y
yo, el agua, las botellas moviéndose en el solcito de la tarde otoñal.
Ese fue un punto
de condensación, un momento y un estado, a eso le llamo el sesgo de la mirada.
A partir del recuerdo de esa figura el poema comenzó a articularse, a
hilvanarse, lo demás fue trabajo, evocación, la memoria, los recuerdos, los
olores, la música misma que el poema en dialogo con migo iba produciendo.
Alrededor de febrero de 2002 el poema estaba terminado, descansó unos meses, lo
revisé, corregí algunas cosas que me parecían mejorables. Así fue.
Todo lo demás es
muy posterior, tiene que ver con la publicación y no tiene importancia salvo
para señalar el cuidado en la edición, la decisión de hacer una tirada muy
pequeña con acento en la calidad gráfica, el impecable trabajo de las
monocopias de la artista plástica Ida O. que acompañan los ejemplares numerados
1 a 10 y
las ilustraciones interiores (Ida es mi mujer, ella vio las botellas flotando, esas
cuya imagen está en las monocopias y en la tapa y contratapa del libro), el
bello diseño de tapa de la artista plástica y amiga Claudia Lucius, el generoso
y lúcido prólogo del poeta Marcos Silber.
J.A: A lo largo de Riachuelo, podemos ver que ideas ya planteadas y
esbozadas resurgen, tomando nuevos tintes y sentidos. ¿Hasta qué punto
Riachuelo comprometió al poema con el poeta?
A.B: Los poemas extensos
que cada tanto escribo, y Riachuelo no es la excepción, parecen funcionar como
procesos de trabajo donde la palabra operara modos de transformar las ideas y
nociones que aparecen allí y que no buscan completarse o precisarse sino
mostrarse en sus múltiples matices, en
sus posibles modos de ser y de ser vistas.
A veces releo
algunos de estos poemas. Como es natural, unos me gustan más que otros, y en
general me parece que casi todos resisten razonablemente el paso del tiempo.
A veces me dejo atravesar
por ellos y tengo la sensación de que redefinen modos de vínculo de las cosas
con ellas mismas y lo hacen de un modo peculiar; también pareciera que
reconfiguran su relación con todas las otras cosas. Desde ese punto de vista me
digo, secreta y acaso presuntuosamente, que tal vez el poema figura otro mundo
posible.
Tal vez este sea
el modo en que el poema Riachuelo me compromete con él, y en general parecería
que ha sido un hito que signó la dirección y el sentido en que me comprometen y
me comprometo, en general, con los textos que escribo. Pero no estoy seguro
tampoco. ¿Quién se puede sentir seguro de algo en estas cuestiones?