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Riachuelo, de Alberto Boco. Por Juan Arabia.


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11/07/2011


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Riachuelo, de Alberto Boco.


(Ediciones de La Quintana, Buenos Aires, 2008.)

 

 

 

Hemos caminado por plazas, aljibes, cafés y avenidas de Buenos Aires en un único poema sin cerco.

Hemos vivido siempre en Buenos Aires, pero olvidando, lamentablemente, que «las cosas más próximas son siempre lejanas…»[1].

Cercados por la mitología retórica y temática que retiene la forma de un género, olvidamos la metáfora primera, parte del eslabón colonial originario, «las aguas oscuras que marchan imperceptibles»[2].

El riachuelo es el reflejo en donde se espeja toda nuestra derrota. Es aquella otra parte de la historia, en la que los sucesos enterrados dentro un cabello muerto mantienen un eterno diálogo con la verdad.

Robert Lowell, en uno de sus poemas, se hacía una pregunta tan valiente como sencilla: «¿No hay otra manera de arrojar mi anzuelo fuera de este arroyo dinamitado?»[3]. Yo creo, de una manera muy personal, que la respuesta de Boco se resuelve en la misma pregunta. Efectivamente, no hay otra manera. Pero eso es algo muy distinto a la idea de huir del arroyo dinamitado. Y dinamitado en todos sus sentidos.

De allí que en la extensión del poema no encontremos un acuerdo, o un determinado modo de simbolizar los sucesos o ideas que se presentan. Cada acontecimiento se diferencia de los instantes que sostiene: el tiempo desaparece, la quietud de la palabra se destruye en un constante intercambio entre el pasado, el presente y lo contingente.

Decía que no hay un acuerdo: en Riachuelo no reina lo determinado, sino la experiencia. La experiencia legítima; no especializada o limitada, emocional o subjetiva.

 Riachuelo habla de la historia de un poeta sometido a las condiciones materiales. No hay falsedad, ni emulación elitista, ni pretensiones de salir de una vestimenta inapropiada para el género. Podemos decir y pronunciar las palabras de los otros: podemos hablar de marketing y dinamitarlo, o dinamitarnos junto al agua podrida de la globalización.

Y con el mismo coraje que rechaza el precipicio de los otros, la apropiación de Boco de un momento histórico determinado, de costumbres y vestimentas nacionales, logra lo que todo escritor anhela: traducir lo imposible a través de una mediación de lo contemporáneo.

Esta notable elección de trazos, puede tranquilamente ofrecerle al lector las herramientas suficientes para reconstruir la experiencia de un hombre: el Cordobazo, los cigarrilos Colorado con filtro, el recorrido de la línea 152.

Estos vestigios, insistentes como sus citas de otros poemas, novelas, y cineastas; reflejan su capacidad –como la de todo verdadero poeta– de resignificar constantemente al mundo a partir de sus sentimientos.

El indivisible Riachuelo, sin embargo, no presenta estas características de una manera aislada o paralítica. Se trata de un movimiento, creciente y decreciente como el riachuelo mismo, que en su anárquico desligamiento corroe incluso hasta lo indeterminado: nuevas ideas y reflexiones irrumpen sobre lo ya resignificado.[4]

Lo que comenzó como un proceso desmitificador, que recupera ciertas vivencias y recuerdos aislados o perdidos en la historia, termina comprometiendo al poema con el poeta. Lo compromete, como bien sabemos,  porque el tesoro –como el corazón– inevitablemente se halla en la isla.

 

Pueden renacer entonces los versos antes citados de Lowell: «¿No hay otra manera de arrojar mi anzuelo fuera de este arroyo dinamitado?».

Como decíamos, Boco responde a esta pregunta: no existe otra manera, porque nosotros mismos somos el arroyo, el incesante riachuelo dinamitado.

Pero la poesía debe imponerse por sí misma, como decía Coleridge,  no deben ejecutarse razonamientos sobre una obra.

Que sean del lector y del poeta las últimas palabras:

 

«Los árboles hamacan igual brisa que la finísima bruma con olor a podrido

A petróleo

A metal degradado y sulfuros calados en el agua (…).

La vela se desplaza sin mácula ni puerto sobre la espalda mugrosa.

En el mapa de la luna hay un espacio al que llaman Mar de la /

Tranquilidad».[5]

 

Juan Arabia, Julio de 2011 en Buenos Aires.

 

 

 

[1] Alberto BOCO, Riachuelo, Buenos Aires, Ediciones De la Quintana, 2008, p. 20.



[2] Alberto BOCO, Riachuelo, op. cit., p. 23.



[3] Robert LOWELL, «El pescador borracho», Poemas de Robert Lowell. Traducción de Alberto Girri, Buenos Aires, Sudamericana, 1969, p. 45.



[4] Al principio del poemario leemos «Uno empieza por volverse antipático y dejan de invitarlo a las fiestas» (op. cit. p. 9). Más tarde encontramos, en cambio: «Uno deja de volverse antipático y entonces ya no sabe si quiere ser invitado a las fiestas» (op. cit p. 27).



[5] Alberto BOCO, Riachuelo, op. cit., p. 28.





Breve Entrevista con Alberto Boco:





 

 

J.A: ¿Cómo surge la idea de Riachuelo? ¿Cuál es el objetivo del poema?

A.B: En principio empiezo por la segunda pregunta, la del objetivo. Creo que el poema no tiene un objetivo, tal vez ninguno de mis escritos poéticos lo tenga, en tanto entendamos como objetivo un propósito deliberado, planificado y puesto en ejecución con la finalidad de alcanzar algún resultado. Esto no quiere decir tampoco que no tenga un objetivo, tanto Riachuelo como cualquiera de mis otros trabajos anteriores y posteriores a él.

Creo que las personas no siempre, o casi nunca, sabemos con mucha claridad lo que buscamos; aún más, creo que cuando esto  sucede hay un quantum de desconocimiento e incerteza dentro de nosotros mismos respecto de los verdaderos motivos de por qué hacemos algo o el por qué de lo que buscamos haciéndolo.

Me parece que hay en la escritura poética una parte gris, opaca, la zona ciega como les gusta decir a los sicólogos, me atrevería a decir que esta parte ocupa casi todo el espacio en aquellos que buscamos acercarnos a la poesía. No se para qué, tal vez el poema sea una forma diferente de conocimiento

Así que, objetivo, creo que no lo hay, no lo hubo, no que yo reconozca, pero eso sí,  que quede claro, esto no me releva en absoluto de la total responsabilidad por la hechura del poema, Riachuelo y todos los demás, en todas las dimensiones que se los quiera considerar.  

Ahora la primera pregunta, ¿cómo surge la idea?

En general mis escritos no son una primera idea que aparece y se desarrolla, mejor dicho que yo desarrollo. Creo que hay dos puntos por ver aquí, uno: cómo funciona en mí el estado disparador de un texto poético y el proceso creativo de lo que escribo, en especial de los textos más o menos extensos (Riachuelo es el más extenso de mis trabajos, pero no él único, hay varios poemas más, incluso uno de ellos, titulado "Para un programa de disolución",  que obtuvo el Primer Premio en un concurso en Argentina en el año 2005).

Respecto del mecanismo del estado disparador, tiene que ver con dos elementos, la mirada y cierto estado interno que sesga la mirada hacia un contexto o espacio que podríamos llamar poético. Hago esta salvedad porque a eso que llamo aquí “sesgo” se le suele atribuir un origen exterior al poeta, la famosa inspiración. Yo no creo en la inspiración como un hecho ajeno al que escribe, como quienes dicen que es un dictado, una voz externa, las musas y todas esas figuras que son muy simpáticas pero que no me convencen. Para bien y para mal es todo producto del que lo hace, del que escribe el poema, o lo que sea que se escribe.  Después está el trabajo, la seriedad, eso que llaman talento, el mayor o menor dominio del lenguaje, el conocimiento, la experiencia y el azar, siempre está el azar. Me parece una bella figura la asistencia de las musas que Homero solicita para cantar la cólera de Aquiles, que iba como la noche… etc., pero no más que eso; en esto, como en muchas otras cosas que cada uno crea en lo que quiera, este es mi pensamiento.

El sesgo es el resultado de la enorme complejidad presente y que a su vez atraviesa cada momento de la interioridad de un sujeto que escribe un texto y que se conjuga con la mirada cayendo sobre un hecho exterior con ese estado puesto por el sesgo de lo interno.

Lo que aparece, en mi caso, es algo más que lo no visto, no importa si lo que se ve se lo ve por vez primera o es una cosa de todos los días, ese plus vincula lo visto con un modo de expresión que sólo encuentro en la palabra poética. Hasta aquí en cuanto al modo disparador.

El otro punto es el tema, o en los textos extensos que escribo, el eje en torno al cual se suelen desplegar muchos temas.

Ahora voy al ejemplo, el caso Riachuelo, que no es un tema sino el eje alrededor del cual van y vienen por él, hecho poema, algunas visiones, algo de mi propia historia y algo de la historia común a la gente de mi generación. El Riachuelo existe y es algo muy significativo para muchos de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. De niño lo cruzaba por varios motivos, tomaba un tren en la vieja estación Puente Alsina, debajo del puente del mismo nombre en el barrio de Pompeya para ir a visitar a mis abuelos en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, también lo cruzaba con un colectivo para ir a visitar a unos primos que vivían en Monte Grande. Esto de muy niño. Recuerdo que mi madre me decía que me tapara la nariz porque había un olor muy feo. Yo la obedecía pero ponía la mano sin apretar la nariz para respirar y conocer con olfato propio qué tan feo podía ser. Así parece que el Riachuelo fue siendo en mí, a través de un sentido de los más primitivos, el olfato. Ya después, por mi simpatía con Boca Juniors, comenzaron las idas a la cancha a ver los partidos, después los tiempos en que me tocó la milicia (soy de la época en que los hombres en argentina hacíamos el servicio militar) y estuve un tiempo destacado en una pequeña unidad frente a las areneras, viendo las grúas cargar las tolvas y los camiones con canto rodado y arena, en la molicie de las tardes interminables de guardia, el calor, la humedad; era 1970 y pasaban muchas cosas en argentina, se preparaban muchas otras, ya todos lo sabemos. Vale la metáfora: el Riachuelo iba tejiendo lentamente su fermento, su presencia, su estar en mí. Sintetizaba esos ríos de llanura, de movimiento casi imperceptible, como el paso de la vida, como las agujas del reloj que se mueven pero no las vemos moverse, el paso del tiempo en el movimiento de las aguas oscuras, como realidad y como metáfora, el sordo latido del mundo propio de su entorno, cosas que son además muy comunes y evidentes, no hay, creo, gran originalidad en esto que digo, el poema en tanto eje.

Mucho después, en el año 2001, por razones de trabajo tuve que viajar semanalmente a la ciudad de La Plata. Fueron un par de meses. Lo hacía en el ferrocarril Roca, era invierno, unos trenes muy degradados, casi en ruinas, al amanecer, el sol despuntando sobre la bruma del río,  el cruce lento del el tren sobre el puente de acero, el Riachuelo ahí abajo, el frío, gentes en los bordes, cosas que veía desde el tren en esos cruces, en el invierno del 2001, cuando también eran visibles otras cosas en Argentina, para las miradas más o menos atentas y no demasiado ingenuas.

Allí apareció el sesgo de la mirada, las primeras notas, un armado fragmentario del texto entre lo visto, lo evocado, lo imaginado y el azar, siempre el azar, ya sabemos.

Lo que estaba esperando en mi memoria, muy significativamente fue otro hecho azaroso, también sesgado por la mirada y que se describe casi textualmente en el inicio del poema.

Unos años antes paseábamos con mi mujer por la ribera del Riachuelo ya devenido proyecto turístico en sus inicios, íbamos frente al museo Quinquela Martín, en dirección a la vuelta de Rocha; algunos años más atrás aún, recuerdo que habíamos paseado por allí, ella todavía convaleciente de una operación bastante severa; bueno, allí, anclado, un viejo barco de la empresa Mihanovich, el Vapor de la Carrera, lo usaban como bar y restaurante, vendían artesanías; al poco de conocernos con mi mujer habíamos hecho nuestro primer viaje juntos al Uruguay en uno muy parecido, uno de esos vapores;  bueno, caminábamos por ahí y entonces… el poema comienza diciendo “esperábamos…” … “y vimos las botellas de plástico y los bidones apoyados en la capa de aceite”….

Otra vez, nada muy especial ni del otro mundo, sin embargo un viento imperceptible los movía como con intención sobre la superficie, no había una estela en el agua por el movimiento de las botellas vacías, no se movía el agua, tal era la densidad de la capa aceitosa en ese preciso lugar; era como si flotaran y todo parecía rodeado de un silencio como si los únicos que estuviéramos ahí fuéramos ella y yo, el agua, las botellas moviéndose en el solcito de la tarde otoñal.

Ese fue un punto de condensación, un momento y un estado, a eso le llamo el sesgo de la mirada. A partir del recuerdo de esa figura el poema comenzó a articularse, a hilvanarse, lo demás fue trabajo, evocación, la memoria, los recuerdos, los olores, la música misma que el poema en dialogo con migo iba produciendo. Alrededor de febrero de 2002 el poema estaba terminado, descansó unos meses, lo revisé, corregí algunas cosas que me parecían mejorables. Así fue.

Todo lo demás es muy posterior, tiene que ver con la publicación y no tiene importancia salvo para señalar el cuidado en la edición, la decisión de hacer una tirada muy pequeña con acento en la calidad gráfica, el impecable trabajo de las monocopias de la artista plástica Ida O. que acompañan los ejemplares numerados 1 a 10 y las ilustraciones interiores (Ida es mi mujer, ella vio las botellas flotando, esas cuya imagen está en las monocopias y en la tapa y contratapa del libro), el bello diseño de tapa de la artista plástica y amiga Claudia Lucius, el generoso y lúcido prólogo del poeta Marcos Silber.

 

 

 

J.A: A lo largo de Riachuelo, podemos ver que ideas ya planteadas y esbozadas resurgen, tomando nuevos tintes y sentidos. ¿Hasta qué punto Riachuelo comprometió al poema con el poeta? 

A.B: Los poemas extensos que cada tanto escribo, y Riachuelo no es la excepción, parecen funcionar como procesos de trabajo donde la palabra operara modos de transformar las ideas y nociones que aparecen allí y que no buscan completarse o precisarse sino mostrarse en sus múltiples  matices, en sus posibles modos de ser y de ser vistas.

A veces releo algunos de estos poemas. Como es natural, unos me gustan más que otros, y en general me parece que casi todos resisten razonablemente el paso del tiempo.

A veces me dejo atravesar por ellos y tengo la sensación de que redefinen modos de vínculo de las cosas con ellas mismas y lo hacen de un modo peculiar; también pareciera que reconfiguran su relación con todas las otras cosas. Desde ese punto de vista me digo, secreta y acaso presuntuosamente, que tal vez el poema figura otro mundo posible.

Tal vez este sea el modo en que el poema Riachuelo me compromete con él, y en general parecería que ha sido un hito que signó la dirección y el sentido en que me comprometen y me comprometo, en general, con los textos que escribo. Pero no estoy seguro tampoco. ¿Quién se puede sentir seguro de algo en estas cuestiones?

 













Etiquetas:   Poesía

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