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Traición, perdón, emoción: cómo escribir sobre el padre


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16/06/2014


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Luis Gusmán, Claudia Piñeiro, Federico Jeanmaire y Mauro Libertella hablan de lo dulce y lo amargo de escribir sobre sus padres verdaderos. Y Betina González, de cómo y por qué hacer uno de ficción.


Hay un universo en el que la relación entre padres e hijos se resuelve fácil, con afeitadoras eléctricas, un almuerzo lo más en paz que se pueda o un televisor grandote y financiado. Hoy, ese universo en el que el marketing se asocia al almanaque ofrece lo que los políticos llaman “una oportunidad histórica”: el Día del Padre coincide con el debut de Argentina en el Mundial. Si el almuerzo termina en paz, tal vez se pueda estrenar el televisor gritando goles y con picada.

Para la literatura las cosas nunca fueron tan simples: los griegos ya hablaban en sus mitos de la relación entre padres e hijos. ¿Qué sería del psicoanálisis sin Edipo y Electra? El peso trágico que puede tener el mandato paterno determina el destino de Hamlet, y enPadres e hijos, que escribió el ruso Iván Turgueniev en el Siglo XIX, se adivinan los enfrentamientos ideológicos que una generación puede tener con la anterior.

En 1919, el checo Franz Kafka escribió a mano ciento tres páginas que, editadas póstumamente en 1952, dieron cuenta de ese vínculo: “Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas”, decía en su Carta al padre, texto canónico y catarsis.

La invención de la soledad (1982) es la primera novela que publicó Paul Auster y el texto que se puso a escribir después de que lo sorprendiera la muerte de su padre: la reflexión sobre su rol como hijo le permite pensarse como padre.

La Carretera, de Cormac McCarthy, es una escena apocalíptica y también la compañía que un padre y un hijo se hacen en ese fin del mundo. Y Patrimonio, libro que Philip Roth escribió en 1981, narra esos meses en los que un tumor cerebral terminal vulneró al padre protector de siempre y lo convirtió en alguien que necesitaba ayuda.

En la Argentina también se escribieron padres. Lo hicieron Guillermo Saccomanno en El buen dolor, Patricio Pron en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, y Matilde Sánchez, editora general de Revista Ñ, en La ingratitud.

En su última novela, Un comunista en calzoncillos, Claudia Piñeiro reconstruyó lo que define como “ un padre evocado y reparado ”: una anécdota que ocurre a los 13 años de la narradora y en los inicios de la última dictadura sirve para correr al padre del lugar del héroe y para reivindicarlo con más compañerismo que obediencia.

Federico Jeanmaire abrió un documento de texto al que llamó “Papá” el día que supo que el suyo se iba a morir. Unos meses después el archivo se había convertido en un libro que retrata a ese padre y el reencuentro afectivo de los últimos días, pasado el desencuentro de tantos años.

El año pasado, Mauro Libertella –periodista de Revista Ñ – publicó Mi libro enterrado: quien muere es su padre antes que el-escritor-Héctor-Libertella, y es Mauro quien ya no tiene a mano para divertirse los borradores que su papá abollaba y tiraba al piso ni los juegos retóricos entre los dos, y construye su voz literaria en la narración de esos últimos meses juntos.

“La enfermedad y muerte de mi padre fue el acontecimiento más decisivo de mi vida”, escribe Luis Gusmán en La rueda de Virgilio, en la que recuerda que la última vez que escuchó la voz de ese padre fue cuando le reprochó la biografía familiar que atraviesa su primera novela, El frasquito: “¡Cómo nos hiciste quedar!”, le dijo.

En Soy un bravo piloto de la nueva China, de Ernesto Semán, la muerte inminente de la madre dispara una serie de conversaciones que evocan al padre, desaparecido en 1978: un chico ya grande intenta entender mudanzas repentinas, el peligro constante y, al final, la ausencia.

Betina González ganó el Premio Clarín de Novela en 2006 con Arte menor y aunque allí, asegura la escritora, no hay autobiografía, también hay un padre para la protagonista: un padre ausente que se dedicó al arte con mediocridad, y al que su hija reconstruye a través del recuerdo de todas sus mujeres.

“El de la novela es mi padre, visto con la admiración y la bronca adolescente, pero también con la madurez de los años que pasaron, que me amigan con él. Por eso también la niña que fui es evocada y reparada en el libro”, explica Piñeiro.

Jeanmaire sospecha que “es imposible no traicionar al padre cuando se lo narra porque de lo que se trata es de no traicionarse a uno mismo”.

Gusmán no tiene fotos con su papá y cree que tal vez por eso escribió tanto sobre él: jugó y juega a que el chico desconocido que posa junto a su padre en el retrato de una orquesta típica es él, pero no. “Es posible que el padre ejerza siempre una fascinación como personaje literario. Pero basta recordar Los hermanos Karamazov para no olvidar que es una figura que siempre despierta ambivalencias: amor y odio; siempre es vilipendiado o enaltecido”, explica.

“La familia, para mí, es el gran misterio de nuestra cultura: las relaciones que acostumbramos a pensar como naturales son sólo una posibilidad más de organización social; no siempre se traducen en afectos. La familia es una promesa de felicidad que nunca se concreta y, dentro de esos misterios, el del padre tiene una gran potencia narrativa, porque la paternidad siempre fue un hecho social, menos ligado a lo biológico. Una puede no saber quién es su padre, hay espacio ahí para la mentira”, dice González. Y mentira puede significar ficción.

Para Semán, “en el libro puede haber una traición a las fuerzas que llevan a concebir a mi padre como un héroe o un villano, calificaciones totales que están muy presentes cuando se refieren a los desaparecidos”. La escritura en manos del hijo, sostiene, ofrece la oportunidad para “tomar las riendas de una relación en la que, por definición, ‘te tienen de hijo’; uno es dueño de lo que escribe”.

“Algunos psicoanalistas dicen que la muerte del padre es productiva. Hay duelos cuyo efecto es el silencio y duelos cuyo efecto es la palabra y la acción, y el del padre va por ese lado”, dice Libertella.

En esta nota, el único padre literal que no inspiró la creación de un padre literario fue el de González: es además el único que hoy sigue con ella. De los otros cinco, cuatro ya se habían muerto y el quinto seguía –sigue– desaparecido cuando sus hijos escribieron el punto final de sus libros.

Puede ser, entonces, que la escritura sea el episodio final de aquello de “matar al padre” para poder hacer el propio camino. Puede ser el primer intento para volverlo inmortal.

O puede ser las dos cosas, porque la literatura tiene más vueltas que una afeitadora eléctrica.



Etiquetas:   Escritores   ·   Literatura   ·   Cultura
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