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Lo que le pedimos a Felipe VI


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13/06/2014


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Más allá de mi condición de republicana, lo cierto es que siempre he creído más en la unidad que en la discordia, en el talento que en la vaguería. Felipe VI será Rey en unos días, y creo firmemente que puede ser un buen representante de los españoles, tanto en el exterior como ante nosotros mismos y nuestras diferencias. Puede representarnos a todos aunque no sepa, realmente, nuestros problemas o nuestras angustias, nuestros deseos y nuestras preocupaciones. Porque no las vive a diario y las cifras o los datos no son un reflejo de lo que sentimos.

Tengo 25 años, y en poco tiempo será uno más. Estudios universitarios, máster, y además de trabajar parcialmente o por temporadas, en lo que va saliendo, al menos puedo considerarme una afortunada. Mi generación, la generación perdida del futuro, no cree en el Rey. No cree en su trabajo y reclama en su mayoría poder votar lo que a nuestros padres les impusieron en un pack denominado Constitución y que pide a gritos ya una reforma, como prueba de que el consenso al que se llegó fue más un medio que un fin, y que cuarenta años después, ya apenas sirve a nuestros nuevos desafíos y necesidades. Todo evoluciona.

A pesar de todo lo dicho, creo que todos los jóvenes le pediríamos al menos que tuviese compasión, que fuese sensible ante nuestros problemas, que no sea un Rey que viaja a los Emiratos para conseguir un importante contrato a una gran empresa. Que se preocupe por los emprendedores y las pymes y sus problemas reales, que ellos forman la clase media y tienen el poder para construirla, y sin clase media no es posible una sociedad más igualitaria y equilibrada. Y sólo con equilibro es posible la estabilidad.

Le pedimos que esté ahí, que se preocupe de nuestros desafíos y que impulse desde su puesto y sus posibilidades acertadamente dictadas por nuestra Ley superior, un país más libre, más justo, menos mosqueado y más comprensible ante la diversidad. Que haga unión, equipo, como un entrenador de fútbol. Que sea una especie de timón de todos, y no de sólo unos pocos.

Y que su vida sea reflejo de su comprensión hacia su pueblo, y su interés verdadero y sincero. Que medie ante el disenso y que comprenda nuestras angustias de futuro. Que nosotros somos el pueblo del futuro, ese con el que deberá convivir y al que deberá escuchar.

No son sencillos sus desafíos ni deberes. Yo no me cambiaría por su lugar, a pesar de sus privilegios. Pero de él depende, sin duda, que el pueblo español comprenda que la mejor forma del estado es una monarquía parlamentaria, o que insista cada vez con más ahínco en un cambio de forma. El statu quo debe quedar superado en cierta medida para afrontar los cambios y las nuevas ideas que tanto necesitamos. De él depende entenderlo a tiempo o caer en el abismo. Y con él, me temo, nuestro país.



Etiquetas:   Monarquía   ·   Felipe VI

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